“Sra. Robinson, ¿acaso está tratando de seducirme?”
En 1967, esta línea pronunciada por un imberbe, pero contundente Dustin Hoffman sintetizó la convulsiva modificación sociológica que los Estados Unidos venía experimentando a raíz de una pupa cultural violenta y cataclísmica, donde el mundo entero se vio como testigo y cómplice al advertir cómo la Norteamérica optimista y su espejismo utópico veía encarroñar gradualmente su icónico y metafórico pay de manzana que mantenía cohesivo a sus núcleos familiares mediante dosis graduales de revolución sexual, insurrección académica, libre pensamiento a raudales y el incipiente bombardeo a una nación asiática de la que ningún estadounidense sabía siquiera ubicar en un mapa, pero con un nombre que jamás olvidaría conforme los cadáveres de sus hijos regresaban en macabros cúmulos sin siquiera identificar la causa o razón de su sacrificio. Al momento en que las pantallas acogieron la historia de un joven universitario aterido emocionalmente por el marasmo existencial que representa la despedida de una vida forjada en aulas e incorporarse a un mundo de exigencias comunitarias y laborales, donde el perro fagocita a otro perro, la audiencia no pudo más que rendirse a los pies de tan moderno y bien trazado personaje y al cineasta que tuvo la audacia de mirar directamente a los ojos colectivos de la confundida mocedad para dialogar con inaudita frescura y madurez sobre los aspectos vivenciales que realmente marcan y definen su conducta y subsistencia: temor a un mundo más vasto de lo imaginado, oscilación emocional cuando el corazón y los genitales no operan en la misma frecuencia y la impenitente búsqueda por la identidad. El director que consiguió la consagración “de facto” era Mikhail Igor Peschkowsky, mejor conocido por su abreviado pero rítmico nombre de Mike Nichols, a la postre uno de los grandes satíricos sociales del país vecino gracias a su cándida y potente visión de los elementos culturales que lo rodeaban y filtrarlos en trabajos prosa metafórica donde la humanidad era un fascinante objeto de estudio para una disección psicológica que siempre coqueteó con el más visceral lirismo.
La vida misma de Nichols fue forjada en las aguas de un drama que ni le pide nada a cualquier cinta. Nacido en Berlín, Alemania, tuvo unos padres de ascendencia judía de condición opulenta radicados en Siberia y unos abuelos anarquistas que se vieron obligados a huir de la Rusia revolucionaria. Primo tercero de, ni más ni menos, Albert Einstein, Nichols y su familia se vieron obligados a huir de su país natal una vez que los nazis comenzaron a allanar las calles de Berlín, y lograron establecerse en la ciudad de Nueva York el año de 1939, donde su padre sajonizó sus apellidos con base en el patronímico ruso. Ahí, el futuro director se vio atraído por la vida de los escenarios y logró encontrar tutela en el Actor’s Studio bajo la supervisión del mítico Lee Strasberg. Después de algunos años de formación en las tablas teatrales y varios trabajos como comediante, logró dirigir diversas obras que le valieron incontables premios y la honrosa distinción de la revista “Time” como “el director teatral más renombrado de los Estados Unidos”, lo que llamó la atención de la Warner Bros., la cual no dudó en ofrecerle la dirección de la adaptación a la difícil y compleja obra “¿Quién teme a VirginiaWoolf’?” Así, en 1966, Nichols debutó con maestría y solvencia en la cinematografía, desarrollando uno de los dramas domésticos más nihilistas y psicológicamente oscuros jamás filmados, extrayendo dolorosas interpretaciones de la veterana pareja conformada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, todo un “tour de force” histriónico que injurió más de un oído conservador al proferir obscenidades, majaderías y sexualidad subtextual como nunca antes se había expuesto en pantalla. Un inicio en la ejecución de un arte tortuoso y metódico como lo es el cine casi análogo al de Orson Welles con su “Ciudadano Kane”. Le seguiría esa obra maestra de la confusión núbil y amores tormentosos que fue “El Graduado”, recaudando la hasta entonces insólita suma de 50 millones de dólares, todo un hito taquillero y fenómeno cultural donde los haya. Aún si hubiera decidido retirarse en este punto, el nombre de Mike Nichols encontraría posteridad garantizada. Mas su carrera despegó a otras latitudes narrativas con filmes posteriores como “Catch-22” (1970), “El Día del Delfín” (1973), “El Caso Silkwood-Escándalo Nuclear” (1983), “Los apuros de un recluta” (1988), “Secretaria ejecutiva” (1989) y “Closer: Llevados por el deseo” (2004), consagrándolo como un creador de poderío metafórico y una de las miradas más honestas de la industria hollywoodense, tal vez uno de los mejores ejemplos sobre la solidez de la vieja escuela capaz de adaptarse a la modernidad.
Su trabajo es referencia obligada para creadores contemporáneos, manteniendo su discurso en la amplitud geográfica de la madurez y propuesta, viéndonos seducidos irremediablemente por una obra que, al igual que Dustin Hoffman, simplemente no podemos dejar de ver mientras se desnuda frente a nuestros ojos. Descanse en paz, Mike Nichols.
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