ELI WALLACH (12/7/1915 – 24/6/2014)
COLUMNA CORTE“Cuando tengas que disparar, dispara. No hables.” Esa línea de diálogo enunciada por el majestuosamente guarro Tuco en “El bueno, el malo y el feo” (Leone, Italia, 1966), expresa lacónicamente la carrera de Eli Herschell Wallach, quien encarnara al personaje que diera cuerpo y humor al inmortal spaghetti western. Su rostro delineaba antagonismo, sus ojos eran la declaración expresa de una lujuria ahogada en susurros de delicadeza y su risa era la que debe resonar en los callejones del purgatorio por su sardónico encanto. Nunca fue el rostro pétreo y cincelado que engalanara un protagónico, pero su histrionismo en proporciones colosales y la destreza para mimetizarse con cada personaje en ambientes y situaciones que le vendían al espectador una realidad en espejismo, hicieron de su nombre sinónimo de relativa grandeza, aun si al espectador casual de hoy día su nombre sólo es un pie de nota en la historia del cine. Pero para aquellos conscientes de su labor en pantalla, siempre será uno de los más grandes referentes de un antiesteticismo provocador y apabullante, con un carisma que lograba palidecer la enorme sombra que proyectaban sus compañeros protagónicos. Y si eso no fuera suficiente, me basta recordar cómo mi padre siempre sonreía cada vez que Wallach provocaba al estoico Clint Eastwood, bautizándolo “blondie”, encarándolo con su aguardentosa voz que no contrastaba y sí complementaba la sosegada y mística figura del Hombre Sin Nombre. Y por ello, Eli Wallach siempre fue de las efigies fílmicas predilectas de un servidor.
Nacido en Brooklyn, hijo de inmigrantes judíos-polacos, trabajó como actor en varias puestas en escena sobre los afamados textos de Tennessee Williams, hasta que en 1956 debuta en los sets cinematográficos de la mano del exacto Elia Kazan con “Baby Doll”, una oda al erotismo trasgeneracional que antecede a la “Lolita” de Kubrick (1962). Wallach encarna a Silva Vacarro, un siciliano que rivaliza tanto por la propiedad de unos campos de algodón con Karl Malden, el protagonista del filme, como por los afectos de la hermosa y manceba criatura titular, interpretada por Carroll Baker y que se gana el mote de “Baby Doll”, no por sus frágiles, pristinos y porcelanizados rasgos, sino porque duerme en una cuna, símbolo de una inocencia que se resiste a extraviarse en una vorágine de lujuria representada por estos dos maduros entes. La película le valió a Wallach premios y reconocimientos como un talento a seguir, y a partir de ese momento su carrera despegó, encajándose en la imponente categoría de “actor de carácter” en cintas memorables como “Los siete magníficos” (Sturges, E.U., 1960), donde interpreta al desalmado Calvera y detonante narrativo para que broten los paladines del título; “Los inadaptados” (Huston, E.U., 1961), alternando su nombre con monstruos sagrados de Hollywood como Clark Gable, Marilyn Monroe (la última cinta de ambos) y Montgomery Clift; “La conquista del oeste” (1962), epopéyico y episódico relato sobre una dinastía cuyas transiciones y situaciones fungen como cuadro para narrar la doma del salvaje Oeste norteamericano, con un ensamble actoral que acrisolaba los nombres míticos del género como James Stewart, John Wayne, Gregory Peck y el mismo Wallach y “Lord Jim” (Brooks, G.B., 1965), la exploración sobre honra y dignidad escrita por Robert Conrad con un Peter O’Toole en plena forma y Wallach enaltecido con un soberbio personaje militar. Mas el mito se fundaría con “El bueno, el malo y el feo” un año después, catapultando a la fama a su reparto y obsequiando al mundo la reconfiguración y desacralización del vaquero norteamericano, meros entes de barro que sólo son dioses para sí mismos. Fascinación pura y el culmen del poder creativo trasgresor de los años sesenta.
El nombre de Wallach se acuñaría en los sinónimos de la gloria hollywoodense de antaño y su presencia era referencia de dicho relumbre, apareciendo en papeles pequeños pero trascendentes en filmes diversos, pero con dirección sólida como “El Padrino III” (Coppola, E.U., 1990), “Río místico” (Eastwood, E.U., 2003), “El escritor fantasma” (Polansky, Francia/G.B., 2010) y “Wall Street 2: El dinero nunca duerme” (Stone, E.U., 2010). Aplicado, sucinto, correcto. Permeando de dignidad a filmes con su sola presencia. 98 años tenía al momento de fallecer hace pocos días y ahora Tuco sólo podrá reír socarronamente en algún lugar donde nosotros no escucharemos.
Descanse en paz, Eli Wallach.

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