Janette Rodríguez

Hace unos días tuve la oportunidad de dar una conferencia sobre los retos a los que se enfrentan las empresas en temas de atracción y retención de talento. Al hablar de las tendencias y aspectos en los que las áreas de gestión de talento deberán tener mucha más atención para mantenerse a la vanguardia, surgió una pregunta en la que vale la pena detenernos a reflexionar: ¿Puede la inteligencia artificial ser el sustituto definitivo de la inteligencia emocional humana? Responder a esta interrogante definitivamente no es fácil, ya que es importante visibilizar todas sus aristas. Aun considerando que la inteligencia artificial ha logrado grandes progresos en replicar ciertas habilidades cognitivas del ser humano, tales como el análisis de datos y la resolución de problemas, aún enfrenta dificultades en entender y manejar las emociones humanas.
Sin lugar a dudas, la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta clave en la sociedad actual, transformando la forma en que vivimos y trabajamos. Desde la asistencia virtual en nuestros dispositivos electrónicos hasta los sistemas de recomendación en plataformas de streaming, la IA está presente en casi todos los aspectos de nuestra vida diaria.
Una de las grandes bondades de la inteligencia artificial es su capacidad para procesar grandes cantidades de datos de manera eficiente y rápida, facilitando con ello la toma de decisiones. Un claro ejemplo de ello es observable en los avances significativos en la medicina, donde la IA se utiliza para analizar y diagnosticar enfermedades de forma precisa y en menos tiempo, siendo ésta una herramienta valiosa en el análisis de información médica, complementando así la inteligencia emocional de los trabajadores de la salud. La integración de estas dos capacidades puede brindar una estrategia más integral y eficaz en la atención sanitaria.
En México, la integración de la inteligencia artificial en la atención médica es un tema de creciente interés y debate. La sociedad mexicana puede beneficiarse enormemente de los avances en este campo, siempre que se aborde de manera ética y se mantenga un equilibrio adecuado entre la tecnología y la empatía humana.
En el ámbito empresarial, la IA también ha mejorado la forma en que los negocios interactúan con los clientes, ofreciendo recomendaciones personalizadas basadas en el historial de compras y preferencias.
Sin embargo, a pesar de que la inteligencia artificial puede detectar patrones en el lenguaje y el comportamiento humano que sugieren emociones, aún no experimenta emociones como lo hacen los seres humanos. La empatía, la intuición emocional y la capacidad de establecer conexiones profundas con otros son aspectos de la inteligencia emocional, así como la habilidad de adaptación, todas ellas fortalezas humanas que aún no han sido igualadas por la inteligencia artificial. Los seres humanos tenemos la capacidad de aprender y adaptarnos a nuevas situaciones de manera rápida y creativa, incluso en entornos emocionales y sociales; la inteligencia emocional va más allá de tener un alto coeficiente intelectual. No se trata sólo de ser inteligente académicamente, sino de tener la habilidad de gestionar nuestras emociones de manera adecuada. Ser emocionalmente inteligente implica tomar conciencia de nuestras emociones, entender cómo éstas influyen en nuestro comportamiento y en nuestras relaciones con los demás, y ser capaz de regularlas de manera constructiva.
Indudablemente, la fusión de la inteligencia emocional con la inteligencia artificial constituye una alianza formidable con una capacidad impresionante para enriquecer nuestras vidas de maneras aún por descubrir. En el ámbito de la medicina y en otras muchas disciplinas que están en plena transformación, el éxito depende de nuestra habilidad para identificar y explotar al máximo el potencial combinado de estas dos variedades de inteligencia.
La complementariedad entre la inteligencia artificial y la inteligencia emocional es un tema que ha suscitado un gran interés en el ámbito de la tecnología y la psicología. Estas dos ramas, aparentemente opuestas, tienen mucho que ofrecer cuando se combinan de manera adecuada y nos invitan a plantearnos varias consideraciones éticas cruciales. A medida que la IA evoluciona, surgen preguntas sobre la privacidad, la seguridad, la responsabilidad y el impacto potencial en los empleos humanos. La introducción de sistemas autónomos de IA en diversos ámbitos genera discusiones sobre el uso ético de la IA.
Hablar de un enfoque ético de la IA implica desarrollar y utilizar la IA de manera asertiva y en beneficio de la sociedad, basado siempre en el respeto a los derechos humanos, sin perder de vista que, en el contexto de la inteligencia emocional, la ética entra en juego cuando las personas experimentan situaciones emocionales complejas y toman decisiones que impactan directamente en el bienestar de los demás.
El gran reto al que nos enfrentamos es mantener una postura ética en congruencia y equilibrio, considerando que tanto la inteligencia artificial como la inteligencia emocional son aspectos integrales de nuestras vidas, a pesar de que difieren significativamente en naturaleza, habilidades e impacto. Aprovechar el potencial de la IA mientras se valora y se mejora la inteligencia emocional puede conducirnos hacia un futuro más equilibrado y centrado en el ser humano.

Janette Rodríguez
Directora General DIA1
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