Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Desde el momento en que ingresaron a la normal rural, ellos tenían el convencimiento de ser maestros, y con este propósito acudían todos los días al salón de clases con miras de aprender lo necesario para poder conducir la enseñanza y la formación integral de los niños que en pocos años más pondrían bajo sus respectivas responsabilidades. Al escuchar a sus mentores de cómo enseñar a los niños y cómo trabajar en los pueblos marginados, se ilusionaban y ya se veían trabajando como docentes, introduciendo a los pequeños en los conocimientos fundamentales y desarrollando sus potencialidades humanas para hacer de ellos ciudadanos íntegros y útiles a sí mismos, a sus familias y a la sociedad. También sentían la ilusión de ser maestros rurales para, con emoción y la pasión propias de la juventud, organizar y animar a los habitantes de las comunidades, donde fueran adscritos, para llevar a cabo actividades de mejoramiento económico, de higiene, de salud, de cultura cívica, artística, deportiva y recreativa. Por ser netamente de origen campesino, ellos entendían que estas eran las actividades sociales de mayor prioridad que se requería atender para cambiar el rostro sombrío de las poblaciones rurales por una vida más llevadera y justa. De esta manera se estaba formando el espíritu de servicio y la visión misionera de estos jóvenes.
Individualmente y en su intimidad, ellos reconocían la situación económica precaria de sus familias, como la de todos los campesinos marginados; por ello abrigaban la esperanza de que cuando empezaran a trabajar como maestros sus vidas cambiarían, así como las de sus familias: tendrían manera de vestir mejor, de adquirir algunos bienes mínimos para llevar una vida digna, podrían comprar o construir una casa decorosa y formar su propia familia. Estas y otras ilusiones las tejían en su interior mientras escuchaban las clases de sus maestros en la normal, o cuando meditaban en los mementos de hacer sus tareas, o cuando descansaban después de realizar otras actividades. Así transcurrían los días de estos jóvenes, entre ocupaciones académicas y la recreación, entre el desarrollo de actividades varias y el descanso, entre las prácticas deportivas y las competencias, entre la nostalgia y la alegría, entre las bromas y las risas, entre la seriedad y el relajo, pero siempre con la ilusión de ser maestros.
Por la tradición de su Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, estos jóvenes tenían el ingrediente adicional de ser rebeldes, luchadores y combativos; llegando al extremo de manifestar públicamente sus planteamientos en forma agresiva, obstruyendo autopistas y casetas en perjuicio de terceros, pintando bardas y haciendo destrozos en los establecimientos; escudándose, para la impunidad, en el “derecho de ser estudiantes”. ¿Cuáles eran sus recurrentes peticiones? Incremento presupuestal para mejorar su educación y, también, más recursos para mejorar su alimentación, las condiciones físicas de su plantel, los viajes de estudio, sus uniformes, el equipamiento de las instalaciones educativas y otorgamiento de plazas automáticas. Y ¿cuáles eran sus ideales por los que luchaban? Crear conciencia en el pueblo para exigir cambios en la forma de gobernar, levantar al pueblo para instaurar un gobierno socialista en beneficio de los pobres e instalar un gobierno dirigido por obreros y campesinos.
En este contexto todo parecía rutinario, pero un buen día, paradójicamente, el gobierno local de la izquierda (socialista a la mexicana), acabó violenta y salvajemente con las vidas de estos jóvenes, truncando de tajo y para siempre con sus ilusiones, así como con las ilusiones y esperanzas de sus familias. La fundada esperanza de ser maestro, por legítimo derecho, quedó en la nada; la oportunidad para mejorar la calidad de la vida propia y la de sus seres queridos, quedó sepultada; el horizonte promisorio para transformar el rostro apesadumbrado de los pueblos marginados, quedó en la penumbra; y la construcción de espíritus para el servicio humano, quedó inconclusa y destrozada. ¿Qué mente irracional pudo haber pensado en esta maldad?, ¿qué mano abyecta y sin corazón pudo ejecutar tal crueldad? Los seres humanos tenemos el poder de la razón para llegar a entendimientos y acuerdos entre las partes; tenemos el don de la palabra tanto para hacer peticiones como para dialogar y solucionar conflictos; tenemos inteligencia para persuadir y ser persuadidos; pero, sobre todo, los seres humanos tenemos el derecho y la obligación de construir una sociedad con un ambiente de sana convivencia como resultado de hacer uso de la inteligencia y de la razón.
Los libros de estos jóvenes quedaron abandonados, los pupitres sin dueños, los ecos de sus voces dejaron de escucharse en los pasillos y en las paredes de su escuela; no más risas, no más angustias, no más esperanzas. Y allá en las montañas, en chozas humildes y ruinosas, madres campesinas lloran por sus hijos que no volverán a ver, con el dolor aún más intenso por no saber dónde depositarles ramos de flores, ni dónde hincarse para rezarles una oración. Sólo queda para ellas más desolación. Con todo esto los problemas no acaban.