Dra. Sandra Yesenia Pinzón Castro

El día de mañana, 24 de febrero, celebramos el Día de la Bandera Nacional. Más allá de la celebración y del repaso histórico de esta efeméride, quisiera aprovechar este espacio y la fecha en cuestión para invitarlos a recordar el significado profundo de compartir símbolos identitarios que nos hermanan a los más de 131 millones de personas que nacimos en este país, así como a los que, naciendo en otro sitio, heredaron su nacionalidad por vía de las relaciones familiares y, finalmente, a quienes, en un acto de enorme cariño a estas tierras, pidieron ser naturalizados mexicanos. No cabe duda de que conocer nuestra historia y la historia de nuestros símbolos es de enorme importancia para que los cimientos de nuestra identidad colectiva tengan profundidad y, ante los momentos de crisis sociales, aguantemos en pie y hermanados desde ese conocimiento y las profundas raíces que compartimos.

Pero mucho más importante aún que saber la historia de nuestra bandera, del escudo patrio o del himno nacional; más importante que deconstruir y cuestionar la historia de los pueblos mesoamericanos, la llegada de los españoles y las complejas relaciones que se produjeron en el encuentro de aquellos dos mundos; mucho más importante que todo lo anterior, reitero, es comprender que al final del día, en el aquí y el ahora, las y los mexicanos hemos abrevado de las mismas tradiciones, reconocemos como propio el mismo abanico de expresiones musicales y gastronómicas (trátese del mariachi, del son jarocho, la banda norteña o el huapango; así como de los tacos, el pozole, el mole o los chiles rellenos, por mencionar apenas un puñado de ejemplos) y sentimos afinidad y pertenencia ante el sinnúmero de costumbres regionales que, al mismo tiempo, nos recuerdan las formas de vida y las creencias de las culturas prehispánicas, así como las propias de los pueblos europeos e incluso orientales, que fueron importadas, asumidas y reinterpretadas en nuestra tierra.

Desde lo más íntimo e irrepetible de nuestro ser individual, como lo es el ADN, hasta lo más público y colectivo como son la mixtura de creencias, usos y costumbres que, con algunas variantes regionales, compartimos en el país, todo nos muestra que somos hijos del mestizaje, del diálogo y del encuentro; somos una familia en donde, si bien cada uno es distinto, como cada región también lo es, nos encontramos fraternalmente enlazados y nos reconocemos mutuamente como hijos de la misma historia; de la misma patria.

Atendiendo lo anterior, insisto en que más allá de sus antecedentes, que sin duda son importantes, lo más significativo de nuestra bandera es que en ella hemos construido una síntesis de quienes somos; una clave identitaria común, que lo mismo nos permite ubicarnos y empatizar con quien la porte en países extranjeros, que unirnos aquí para buscar el bien de las personas que nos rodean.

Así, sobre todo en tiempos donde las tendencias políticas e ideológicas parecen buscar nuestra división, yo las y los invito a recordar que ninguna sociedad crece fracturándose, ni mucho menos a través del encono. Todo lo contrario: los grandes triunfos colectivos surgen de la suma de voluntades, de la empatía común y de la hermandad.

A un día de celebrar el Día de la Bandera Nacional, quisiera exhortarles a que no dejemos de plantearnos cada día qué tipo de país, qué tipo de estado y, en el caso de la comunidad universitaria, qué tipo de universidad queremos: si nuestra apuesta es la polarización y la fractura por intereses personales o sectarios, o si deseamos honestamente la fraternidad y el bienestar común, para beneficio de todos y todas. Estoy segura de que, si hacemos bien este ejercicio personal, con ética y honestidad, escogeremos la unidad y el fortalecimiento de los lazos que nos unen. Espero que así sea, porque todas y todos merecemos un mejor país, donde impere la paz y la armonía, en lugar de la polarización y la violencia.