Luis Muñoz Fernández

Si hay un tema que ha copado la atención en esta última semana es el de la salud pública o la sanidad pública, como se prefiera. Y no lo digo por la epidemia del Coronavirus de Wuhan que, desde luego, debemos seguir con atención, sino por las recientes reformas al Sistema Nacional de Salud con la entrada en vigor del Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi) y la pugna por este motivo entre el Gobierno Federal y algunos gobiernos estatales.

En medio del vacío de información, la incertidumbre y la confusión reinantes, nutridas y amplificadas por las redes sociales en donde se vierten (como en el vertedero) todo tipo de opiniones y augurios apocalípticos a cual más peregrino y sin sustento, algo bueno ha surgido: se ha puesto en el centro de la discusión pública al Sistema Nacional de Salud y a los sistemas estatales del ramo. Se cuestionan viejas certezas y se ponen a prueba nuevos propósitos. Ya era hora.

Por eso, leyendo a Javier Padilla y su “¿A quién vamos a dejar morir? Sanidad pública, crisis y la importancia de lo político”, lo primero que salta a la vista es que tenemos una visión muy estrecha de la salud pública. Unas ideas desfasadas y una ignorancia vergonzosa. Aceptar, como aceptamos, la definición de salud que propuso la Organización Mundial de la Salud en 1946 -“estado de completo bienestar físico, psicológico y social”- no sólo es obsoleto, sino hasta peligroso. Suponer, como suponemos, que la salud pública debe limitarse a la prevención y la atención de las enfermedades es de una miopía inaceptable. En el terreno de la salud pública tenemos unas ideas de la edad de piedra.

Cuando leo o escucho eso de “ofreceremos atención con calidad y calidez” me vuelvo a acordar de lo que dice Padilla: “No puede existir atención primaria en sociedades que desprecian los cuidados y fían el papel de su principal nivel asistencial a ser una versión pública del McDonald’s, donde te atienden a cualquier hora, en cualquier momento, sin bajarte del coche y, eso sí, una persona distinta cada vez”.

¿Qué necesitamos? Dice Padilla: “Cobertura universal en salud, visión comunitaria de las políticas de salud, transformación del marco de propiedad industrial e intelectual de la investigación biomédica y centralidad en el diseño y funcionamiento del sistema de salud”.

Andamos lejos, ¿verdad?

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