Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Hace tan solo 60 años, norteamérica era un país fraccionado por limítrofes discriminativas que disgregaban género, sexo y raza. Las mujeres no eran sujetas a una valoración integral, las relaciones sentimentales eran objeto de desaprobación colectiva si no llevaban etiqueta heterosexual y el color de la piel señalaba estatus y condición social, al punto que toda actividad urbana se sometía a la división impuesta por el sistema político regional para asegurar que ningún caucásico tuviera el más mínimo contacto o roce comunitario con cualquier afroamericano. Las últimas tres décadas construyeron el espejismo de que tal segregación étnica pasaba al olvido conforme la comunidad negra no sólo comenzaba a verse integrada a la colectividad mediante la paulatina aceptación del resto de la población –donde el deporte, la música y el cine fungieron como herramientas esenciales para tal adaptación– al punto que la emulación de los cánones culturales afroamericanos era la norma, pues todos deseaban hablar, vestir, cantar, saltar y pensar en base al ghetto. Mas el detonante de intransigencia activado recientemente por Donald Trump se encargaría de derribar la fachada de tolerancia que por años la comunidad estadounidense había mostrado al mundo entero, y el resultado es una nueva perspectiva que ya evalúa desde sus entrañas rojas, blancas y azules la naturaleza de este racismo posmoderno. “¡Huye!”, película de suspenso con tintes de thriller psicológico dirigida por el comediante de color Jordan Peele realiza con mesura y mordaz inteligencia tal reflexión, al punto de mostrarse como una versión casi necesaria pero demencial de “¿Sabes quién viene a cenar?” (Stanley Kramer, E.U., 1967) con toques de sátira dirigidos a la yugular de puerilidades como “La familia de mi novia” (Jay Roach, E.U., 2000) para crear consciencia del panorama macro que ahora intranquiliza y atrae.

Chris Washington (la revelación Daniel Kaluuya) y Rose Armitage (Allison Williams) son una feliz pareja interracial que emprende un viaje a los suburbios para que él conozca, a regañadientes, la caucásica familia de ella. Una vez ahí, su padre Dean (Bradley Whitford) y su madre Missy (Catherine Keener) reciben al joven afroamericano con singular aceptación, esmerándose por mostrar que la condición étnica de la relación con su hija no es factor (“Si por mi fuera, hubiera votado por Obama una tercera vez”, le dice Dean en tono de sutil condescendencia), mientras que Jeremy (Caleb Andry Jones), el hermano de Rose, es un truculento y zarrapastroso individuo que parece no sumarse a la aprobación de este romance. La atmósfera se enrarece con la presencia de Walter (Marcus Henderson) y Georgina (Betty Gabriel), la servidumbre negra de la ostentosa casa quienes se comportan como afectuosos y gentiles autómatas. Conforme Chris comienza a relacionarse con ellos comienza a sospechar que algo anda mal, sensación fortalecida durante una tumultuosa fiesta realizada en casa de los Armitage cuando todos los asistentes muestran, entre sonrisas y extremas amabilidades, un enfermizo interés por él ¿Será tan solo paranoia del protagonista o existe algo detrás de estas excentricidades burguesas blancas? Digamos que el resultado refiere más a “El bebé de Rosemary” que a la película con Sidney Poitier.

El director Jordan Peele realiza un interesante debut como cineasta con una variante étnica a “Las esposas de Stepford” de Ira Levin para incluir los elementos descritos al inicio para enfatizar la hipocresía latente en la careta de cordialidad en el sistema cultural norteamericano, y brindar un relato bañado en la aparente alucinación de la aceptación racial, manifestando su trabajo como una sátira ataviada de thriller con sutiles toques de humor negro y un fino hilo de suspenso que, si bien puede telegrafiar su desenlace conforme los transparentes procedimientos se desarrollan, éstos no ven afectado su impacto gracias a la eficiente dirección y excelentes actuaciones. De hecho, los personajes funcionan mejor de lo que deberían debido al enorme compromiso que se refleja en el cuadro histriónico, quienes matizan sus personajes con un lenguaje corporal tan frágil y tenue que se perciben muy reales. “¡Huye!” no es una película de terror per se, pero como todo testimonio de su época resulta pavoroso por la cercanía de su tema. Habrá que seguir de cerca los futuros trabajos de Peele.

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