
De entrada, definir humanismo parece algo bastante sencillo, pero no lo es. El Diccionario de la Lengua Española contiene cinco definiciones distintas. En lo tocante a las actitudes de los médicos, humanismo se confunde con humanitarismo o humanidad, que se define como la “sensibilidad, compasión de las desgracias de otras personas”. Es justamente de la carencia de humanidad de lo que hoy se queja nuestra sociedad cuando se refiere a la deshumanización de los médicos.
De todas las definiciones de humanismo contenidas en el diccionario, la que me interesa particularmente es la que reza “doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos”. Coincide con la que en cierta reunión académica celebrada justo antes de la pandemia le escuché decir al doctor Leonardo Viniegra, quien fuera coordinador de enseñanza en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán allá por década de los años ochenta del siglo pasado. En aquella conferencia impartida en 2019, titulada Humanismo y educación médica, el doctor Viniegra dijo lo siguiente:
“El humanismo, una constante en diversas culturas humanas hacia la conquista del espíritu: el ascenso del hombre liberado de sus miedos convertido en actor de sí mismo y de la construcción del mundo… El ideal del humanismo con sus variantes y polisemia [múltiples significados] puede condensarse como la formación integral del hombre a través del conocimiento y de profesar los valores propios de la superación espiritual, moral y convivencial de la condición humana”.
Aunque no soy un experto en este tema (ni en ningún otro), esta definición me parece que es la que contiene la clave: cuando el ser humano busca y cultiva el humanismo se libera de sus miedos. No es un asunto menor, porque es justamente el miedo uno de los más importantes resortes de los que se sirve el poder para dominar nuestras vidas, tanto el miedo en el más allá como el miedo en el más acá. Pensemos, por ejemplo, en la policía, el ejército, la Secretaría de Hacienda y el fuego eterno del infierno. Por más amoroso que sea el mensaje eclesiástico, no acaba de disimular esa especie de música de fondo del borboteo de las calderas de Pedro Botero y los gemidos desgarradores de los condenados al averno.
Hoy el humanismo es especialmente necesario ante el desafío de la inteligencia artificial. Se insiste en la necesidad de que permanezca bajo el control humano, pero tal vez no esté lejano el día en el que se diseñe a sí misma y acabe por emanciparse de su creador. No se trata de reanimar al monstruo de Frankenstein anticipar el mundo posapocalíptico dominado por Skynet en la saga de Terminator. Y si ese escenario puede parecer exagerado, no lo es el creciente número de seres humanos que se echan en brazos de la inteligencia artificial generativa con alegre inconsciencia o con estudiada y artificiosa actitud innovadora, sucumbiendo al canto de las sirenas de la ley del mínimo esfuerzo.
Hace tres años que Sarah Blackwell, filósofa y escritora, publicó un libro cuyo título traducido literalmente al español es Humanamente posible: setecientos años de librepensamiento, indagación y esperanza humanistas (Humanly Possible: Seven Hundred Years of Humanist Freethinking, Enquiry, and Hope.Chatto & Windus, 2023). En su traducción al español, el libro se titula Provocadores y paganos. El asombroso viaje del humanismo (Ariel, 2024). Prefiero la traducción literal del título original porque me parece que refleja mejor el contenido del libro. Blakewell nos dice que el principal ideal del humanismo es que trabajemos para que germine la semilla de lo que ya somos, esto es, seres humanos con nuestras miserias y grandezas. Nos dice también que ese ideal no lo podemos alcanzar solos porque “el significado de nuestras vidas se encuentra en nuestras conexiones y vínculos mutuos, ya que todos estamos atados a la vida de los demás”. Para decirlo con otras palabras, Blakewell cita a Robert G. Ingersoll, librepensador estadounidense del siglo antepasado: “La manera de ser feliz es hacer que los demás lo sean”. He aquí los dos principios rectores de una buena vida. No se necesitan más.







