Luis Muñoz Fernández

La jubilación, si no es forzada, da mucho en qué pensar. Ya lo decía el filósofo danés Søren Kierkegaard: “La vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida hacia adelante”. Y tras años de trabajo en el sector público, llega el momento de mirar hacia atrás para tratar de aceptar y entender los muchos yerros cometidos en la vida pese que ahora, con lo aprendido de ellos, nos parezca mentira cómo fue que incurrimos en ellos.
George Steiner (1929-2020) fue otro gran pensador europeo. Leyendo una conversación que sostuvo con el periodista Antoine Spire en un programa de la emisora radiofónica “France Culture”, encuentro un pequeño párrafo que me parece de gran interés:
“La lengua francesa contiene un milagro casi intraducible: la palabra ‘hôte’ designa tanto a quien acoge (el anfitrión) como a quien es acogido (el huésped). Es una palabra milagrosa. ¡Significa ambas cosas! Aprender a ser invitados de los demás y a dejar la casa en la que estamos invitados un poco más rica, un poco más humana, un poco más justa, un poco más bella que como la encontramos. Creo que esa es nuestra misión, nuestra tarea”.
Debo agregar que en nuestro español tenemos también una palabra igual de milagrosa: ‘huésped’, con el mismo doble significado de la francesa. No sé si Steiner, poseedor de una erudición inmensa, lo sabía, aunque lo que importa es lo que nos dice sobre nuestra misión: dejar la casa mejor que como la encontramos. No podemos estar más de acuerdo con él.
Todos estamos de paso. Si habrá una vida después de ésta no lo sé, pero que somos en esencia emigrantes no me queda la menor duda. Tras ocupar una casa durante treinta años me doy cuenta de que la misión de la que nos habla Steiner ha sido relevante en nuestra propia vida. Pasamos allí muchas horas y creo que la dejamos mejor que como la recibimos. ¿Seguirán con esa misión los que ahora la ocupan? No podemos saberlo. Ya no está en nuestras manos. Todo lo que se ha logrado, eso que llamamos progreso, es una condición frágil e inestable, que se puede perder en cualquier momento. Por eso es mejor mantener cierto desapego con lo que logramos.
Mi esposa y yo fuimos huéspedes durante treinta años del Hospital Hidalgo. No sólo luchamos junto con otros para que se le construyese una casa nueva, sino que sabiendo que nuestra estancia sería pasajera, mejoramos e hicimos más agradables nuestros espacios en ella. De nuestro pecunio salieron los cuadros que decoraron las paredes, los muebles que nos permitieron ordenar y guardar los documentos y los libreros que luego llenamos de libros con cuyos autores conversamos a diario para no caer en la autocomplacencia que con frecuencia apaga el entusiasmo, los ideales de la juventud.
Durante esas tres décadas, mi primera tarea cotidiana fue preparar el indispensable café que estimuló nuestro quehacer y que sirvió para ofrecer hospitalidad y tejer conversaciones con colegas y amigos. Lejos de la frialdad burocrática propia de las oficinas públicas, las nuestras siempre tuvieron un toque personal que las humanizó e hizo acogedoras.
La misión de la que habla George Steiner tiene que extenderse a nuestra casa común, la Tierra, a la que deberíamos no sólo cuidar, sino mejorar, en lugar de empeñarnos en expoliarla y destruirla en esa carrera absurda hacia ninguna parte. Decía Aldo Leopold, ingeniero forestal y ecólogo norteamericano, que abusamos de la tierra porque la vemos como una mercancía que nos pertenece.
En realidad, estemos donde estemos, somos en esencia huéspedes, peregrinos que recalan sólo por un tiempo. Hagamos la casa más habitable pensando en quienes nos sucedan.

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