Carlos Reyes Sahagún
Cronista del Municipio de Aguascalientes

Estaba pensando… Dándole vueltas al abundantísimo calendario de fiestas locales, sus características, sus manifestaciones, y llego a la conclusión de que si bien es cierto que todas tienen sus rasgos comunes, la celebración, el exceso más o menos controlado, la ruptura de lo cotidiano, etc., también existen elementos que las hacen excepcionales. Por ejemplo, sólo el 15 de septiembre vamos a la plaza a gritar vivas, o sólo en muertos nos disfrazamos de esqueletos, etc.
Teniendo en cuenta lo anterior, habría que decir que Navidad y Año Nuevo son días extraños, inusuales, no sólo por las obvias razones que todos conocemos, sino también porque son las únicas ocasiones en el año en que prácticamente toda la población está de acuerdo en algo y actúa en consecuencia, es decir, descansa. Entonces se produce la imagen alucinante de una ciudad abandonada, silenciosa, un espectro de sí misma, con una soledad que contrasta con la víspera; una soledad que conmueve y mueve a la compasión, como si sintiéramos que la urbe que nos acoge no merece que la dejemos ahí, abandonada a su suerte.
Basta un recorrido por la metrópoli, por su corazón económico, para concluir que tanto el 24 como el 31 de diciembre vivimos hacia fuera; nos volcamos en las calles y plazas, en los comercios. Las arterias palpitan con nuestras idas y venidas, y por todas partes se advierte una actividad febril; incansable. Los comercios rebasan las paredes de los locales y sientan sus reales en las banquetas; en el arroyo de las calles, buscando la valorización del capital, y en calles como Allende y Juárez los puestos invaden el área peatonal, en tanto otras, como Unión o Nieto, se cierran a la circulación de automotores.
Pero llegan la Nochebuena y la Navidad; el fin de año, y entonces ocurre lo contrario: las calles se vacían y las personas llevamos nuestra vida hacia dentro, aunque no me queda claro si de nuestras vidas, pero de seguro sí de nuestras casas…
En verdad se trata de algo excepcional, teniendo en cuenta la cotidianidad de nuestra automovilística urbe. Que subamos a la Sierra de Guajolotes –o Huijolotes– ahí, a un ladito del Cerro del Muerto, y disfrutemos del silencio que reina en esas alturas del viento, es algo de lo más común, totalmente predecible, pero que nos encontremos con este mismo silencio en plena Plaza de la Patria; en la zona del Parián, eso sí que es algo insólito. Como si se tratara de una plaga, la fiesta prolongada hasta las horas más tiernas del día siguiente, ahuyenta a las personas de las calles, y eso es algo digno de verse; de vivirse.
Por otra parte, tanto Navidad como Año Nuevo son como una de esas enfermedades que le bajan a uno las defensas, que para este caso sería todo aquello que hacemos normalmente para resistir las luchas cotidianas, encajar los golpes y seguir adelante como si nada, o casi, pero entonces llega este tiempo, que nos permite-invita-impulsa, aprovechando el cauce tumultuoso de la fiesta, a derrumbarnos un ratito, porque sí y/o porque no, pero derrumbarnos. Si está en esa situación hágalo; pero nomás un ratito, ¿eh? No abuse. Por cierto que éste es el estado de ánimo que produce situaciones como la que proclama José Alfredo El Grande, cuando canta aquello de “acaba de una vez; de un solo golpe” y “no quiero comenzar el año nuevo con este mismo amor, que me hace tanto mal”. Así que Feliz Año Nuevo y hasta nunca.
De regreso a la reflexión que abrió estas líneas, desde hace años he tenido la costumbre de fotografiar la ciudad en la mañana de Navidad o Año Nuevo. No siempre lo he hecho porque, evidentemente, es preciso tener el valor, la temeridad, de abandonar la cama a tan temprana hora como las 10 de la madrugada. Ya más tarde de esta hora la ciudad comienza a recobrar a sus hijos; a verlos andar por sus calles, a veces como si se tratara de gallinas sin cabeza.
En fin. Navidad o Año Nuevo, es casi igual. La ciudad aletargada, poseída por una soledad solemne, salvo unos cuantos lugares, algunos templos, los hospitales. Ahora le presento una sola imagen de lo que vi el año pasado, que seguramente será la misma mañana, cuando el Sol llegue puntual a su cita con la ciudad.
En la esquina de José María Chávez y Jardín del Estudiante, por ejemplo, ahí en la contra esquina del hospital de zona No. 1 del IMSS, y a falta de restaurantes abiertos, tres personas, una mujer y dos hombres, acaparan la clientela de hambrientos que buscan acallar de buena manera el clamor estomacal. Son las únicas personas que se divisan de aquí casi hasta el puente de avenida Ayuntamiento.
A la distancia observo que lo que venden son tacos. De seguro los guisados que la mujer agrega a las tortillas deben estar muy ricos, dado que no se da abasto para atender a su clientela, o tal vez suceda que no hay otras opciones. Quién sabe, pero el hecho es que seguramente se trata de personas que por azares de esta vida pasaron la noche en el área de urgencias del hospital, o llegaron temprano para acompañar a algún familiar doliente, en vez de estar en casa, soberanamente dormidos, y ahora el estómago les exige algo; algo que mitigue el hambre, el cansancio de la jornada.
Veo la escena y me acuerdo del dicho aquel –no es dicho, pues, sino una sentencia, algo que aprendí en la escuela o que quizá me enseñó mi esposa–: lo que te beneficia y lo que te enferma, entra por la boca. Teniendo en cuenta lo anterior, ¡quién sabe en qué condiciones estén los guisados! Así que bien podría concluir que aquí los enferman y enfrente los curan. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).