Carlos Reyes Sahagún
Cronista del Municipio de Aguascalientes

Hoy es nochebuena… Así que permítame compartir con usted alguna reflexión en torno a este tiempo agridulce y mágico, época pletórica de agradables aromas, luces de colores y melancólicos recuerdos.

Nada más de ver la ciudad, a la gente, el pulso de la urbe; de ver lo que nos ocupa e interesa, lo que claman, proclaman y reclaman los medios de comunicación, las carreras, los empujones, los gritos y sombrerazos, el amontonadero, los carteristas, que se frotan las manos ante tanta clientela involuntaria, etc., nomás de ver todo esto me queda la impresión de que pervertimos la fiesta, la convertimos en todo aquello que pasa por el estómago y la piel, y no mucho más, y en esta babel comercial perdemos el sentido íntimo, profundo de la festividad. Y sin embargo, a la hora de definir esto último se pone de manifiesto lo que afirma el refrán revisado: “Cada cabeza es una confusión”. O sea que cada quien ve, vive estos días con lo que puede, con lo que su educación y cultura le permiten, a lo que en muchos casos habrá que sumar la capacidad de compra, y si es en meses sin intereses, pues mejor. Bienvenidas las tarjetas participantes; aplican restricciones.

Pero exagero. De seguro mi apreciación es exagerada y la Navidad no es sólo lo que digo que no tendría que ser. Para comprobarlo bastaría con irse un rato a la plaza, y observar a la gente; la manera como disfruta los adornos de temporada, y en particular a los padres de niños pequeños. Iluminados por las luces de colores, los ojos infantiles rebosan inocencia, en tanto que los de los adultos están cuajados de esperanza; y en todos los casos los ojos se abrillantan en la visión asombrada de las figuras sagradas.La escena se repite una y otra vez: el joven padre que levanta a su hijo pequeño; lo más alto posible, en busca de la gran piñata instalada frente a la presidencia municipal, la familia que se toma una foto con el teléfono a los pies del gran árbol.

Veo esto y concluyo que exagero en mi apreciación inicial, y después del comercio y la voracidad del capital, es decir, después de todo, la Navidad sigue siendo ese tiempo mágico, esperado, que ofrece un calorcillo rico a los espíritus.

Veo estas escenas no sin nostalgia por el tiempo perdido; por lo que todos perdemos conforme crecemos, llegamos a la madurez y la dejamos atrás, en tanto dirigimos nuestros pasos hacia el Sol poniente; lo que dejamos en el camino, aquello que poco a poco, por diversas circunstancias, hemos ido perdiendo, la luz que brota de nuestros ojos, esa que derrochan los infantes. La perdemos y por la fuerza del tiempo y la vida, nos vamos opacando, y quizá a la manera de Cioran, en más de algún caso terminamos sintiéndonos culpables de algo; de todo, y hasta de haber nacido…

Pero mejor me concentro en la plaza, en los gritos y las risas de los inexpertos patinadores sobre hielo, a las que de cuando en cuando se suman las caídas, las carreras infantiles, la pose para la foto, el comentario gozoso sobre tal o cual figura, y nuevamente compruebo la enorme fuerza; la sabiduría de la sentencia evangélica: ser como niños para entrar en el Reino de los Cielos… Ser como niños, inocentes, con esa luz que sólo da la pureza de alma…

Pero no hay tal; no lo hay. La Navidad es una quimera, la olla de oro del otro lado del huidizo arco iris, el espejismo en un carretera ardiente, el recordatorio de una aspiración nunca satisfecha, como si antes de nacer nos hubieran impreso en la mente; en el corazón, una meta, una imagen, que quizá nunca llegamos a visualizar de manera nítida, y menos a comprender, pero que perseguimos toda la vida, a veces con desesperación. Es aquello que querríamos ser, pero no somos. ¿Acaso no es esto lo que expresan las artes, la aspiración a ese destino; la belleza entrevista, imaginada tal y como se recuerda un sueño al día siguiente, pero también la frustración, la rabia, ante la imposibilidad de alcanzarlo? A final de cuentas la vida es así porque estamos hechos de una pobre materia que falla, se cansa; se hastía y se corrompe, pero al mismo tiempo somos capaces de soñar con la eternidad y el infinito; el cielo cuajado de estrellas, la belleza.

Hoy es nochebuena… Los negocios cerrarán más temprano, aunque no faltarán aquellos inmisericordes que permanecerán abiertos hasta más tarde, tiendas de abarrotes, de regalos, jugueterías.Poco a poco las calles se irán vaciando de personas, que correrán a acicalarse a toda prisa. Finalmente el Sol se dará por vencido y cederá a la oscuridad el firmamento en el que reina como amo y señor. La noche lo invadirá todo, y ni siquiera las luces de colores que alumbran las casas alcanzarán a mitigarla. La gente se concentrará en los templos, en las casas, disponiéndose al momento culminante de la celebración. Poco a poco comenzarán a escasear los automotores, pero en las esquinas; en los semáforos, estarán todavía los vendedores de adornos, pequeñas piñatas para el espejo del vehículo, largas bengalas. Son hombres y mujeres en cuyos rostros no se reflejan las luces navideñas.

Hacia las 21 horas el cierre es generalizado, las fábricas, los comercios, las cenadurías, aunque algunos establecimientos permanecen abiertos, los hospitales, las farmacias y, finalmente, las funerarias, dado que la despiadada muerte no descansa ni le importa que al menos por esta noche; al menos en nochebuena, queramos librarnos de ella, ¿verdad, abuela, verdad?

En fin, que hoy es nochebuena, y mañana Dios dirá. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).