Por J. Jesús López García

La nostalgia es un sentimiento que aunque parezca profundamente particular e íntimo, posee un sustrato colectivo muy fuerte. Los mecanismos para hacer que surja son muy variados y poseen diversas maneras de manifestarse. En arquitectura, por ejemplo, en 1994, pasado la actual Fundación Fomento Cultural Citibanamex, editó en dos elegantes tomos de pasta dura, un acervo fotográfico comentado sobre las haciendas de México. Al inicio de esa década, observamos cómo aparecieron algunas fincas de gruesos muros pintados de un rojo similar al que produce la grana cochinilla componiéndose con otros más en adobe y algunos elementos de piedra. Hubo entonces cierta reconciliación nacional con el porfiriato y con episodios anteriores al siglo XIX por celebrarse quinientos años del Descubrimiento de América y, con ello, se festejaba la hispanidad manifiesta en nuestro país a través de la puesta en escena arquitectónica de elementos de apariencia virreinal. Los centros históricos de Oaxaca, Zacatecas o Morelia fueron declarados Patrimonio de la Humanidad, experimentando programas de remozamiento para resaltar sus características novohispanas y decimonónicas.

En 1997, se llevó a cabo el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, en Zacatecas, México, donde asistieron los reyes de España, y, con todo esto y a la distancia, se arma un rompecabezas memorioso en que figuran edificios como el hotel Quinta Real en nuestra ciudad, posterior al de Zacatecas (1989), que hizo uso de la antigua plaza de toros y que, al igual que ese, se realizó con una fuerte carga castiza. El hotel Quinta Real Aguascalientes posee notas barrocas en su fachada de piedra, en cuyo cuerpo central se aprecia el remate mixtilíneo tan usual en las portadas del siglo XVIII; nichos rematados por veneras coronan unas fuentes en la fachada que muestra también contrafuertes de piedra. Coincide el hotel con la última parte de un historicismo posmoderno que arrancó tal vez desde los años setenta, se fortaleció en los ochenta y finalmente culminó en el primer lustro de los noventa.

El fin del periplo posmoderno en Aguascalientes, y en nuestro país, sucede a la consolidación de España como nación moderna pasada la década de los ochenta de su “destape” social y, cada vez más insertada en la comunidad europea, más abierta al mundo y al mañana, eso la proyectó internacionalmente, basta recordar que España vivió la Exposición Universal en Sevilla en 1992 y la Olimpiada en Barcelona en 1994. Es paradójico que al tiempo que España viviese una proyección muy fuerte hacia un futuro más global, México viese en ella parte de su propio pasado que con alguna nostalgia se rescataba en formas arquitectónicas como las referidas, de cara al pasado y viendo hacia el interior de nuestra propia historia y a punto de iniciar el país su particular acelerada internacionalización.

En estos tiempos en que parece que México nuevamente se vuelve a mirar dentro de sí mismo, ya no son bien vistos los aires hispánicos, al menos no por parte del oficialismo federal, tampoco la modernidad de tipo internacional parecen ser muy apreciados. La vía que emprenderá el país es incierta, pero la arquitectura siempre encontrará la manera de interpretar su tiempo, sea por medio del kitsch de la nostalgia, por la resignificación de un espíritu nacional o por el pragmatismo de volverse hacia el mundo. En un futuro, es probable que La Fundación Fomento Cultural Citibanamex se deshaga de sus acervos y ya no editará libros, pero el nuestro es un país con un sinfín de imágenes listas para ser parte de la composición de un nuevo collage que nos volverá a hablar de nosotros mismos.

Tal vez en la posteridad reelaboraremos formas como las de edificios como el Quinta Real, al irse agotando nuevamente el ansia de modernidad. La nostalgia por formas que nos hablen de pasados gloriosos o simplemente entrañables siempre tratará de darnos algún consuelo. Lo curioso es que la nostalgia por ciertos tipos de modernidad también sucede.