Carlos Reyes Sahagún / Cronista del Municipio de Aguascalientes

Permítame cederle la columna de hoy a Horacio Westrup Puentes, y publicar su poema Declaración de amor a Aguascalientes, que resulta idóneo para este día, en que celebramos el documento que dio vida legal a la villa de la que surgió nuestra ciudad.

Horacio Westrup fue un personaje excepcional, miembro de una familia de artistas, fue poeta y cantante; pero también abogado entrón y atrabancado, que lo mismo aparecía en la primera página de la prensa local que en la de sociales, que era donde se publicaba alguna información cultural, o en la policiaca, metido en algún lío que traspasaba las paredes de los juzgados, aunque no las de la cárcel de varones.

En 1976 la UAA le publicó un librito titulado Poesías escogidas; un volumen impreso por Francisco Antúnez, en el que encontré este poema, que ahora le presento.

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A ti, ciudad azul, que en la mañana

brillante de mi vida fuiste hermana

mayor, madre bendita,

primera novia en la primera cita;

a ti porque nació bajo tu cielo

fantástico la hoguera de un anhelo

que está ya plenamente realizado;

a ti que en un silencio amortiguado

naciste con catorce torres viudas

y al nuevo día saludas

con fervor de retumbantes campanarios

y pitos del taller, extraordinarios,

que cortan como ráfaga el espacio

para que el tiempo corra más despacio,

a ti, que concebida por el vuelo

fugaz del gavilán eres de hielo,

y en cambio, ya de cerca, tienes fuego

corriendo por tus venas como riego

de vida y emoción,

a ti que tienes jardín de San Marcos

y templos de cantera y viejos arcos

erguidos de milagro en El Parián;

a ti, tierra de Saturnino Herrán

Te miro, traspasada por los rieles

que son, ¿a qué negarlo?, como crueles agujas

que te inyectan vida nueva,

y mi emoción filial a ti me lleva,

en alas de una loca fantasía,

hasta llegar a ti, con la alegría

del hijo que regresa,

que ve tu cara impávida y la besa.

Tú fuiste ideada por algún artista

y enclavas tu ambición ante la pista

del tiempo, cuya lápida te emplaza

a verse en el espejo de la raza

como crisol ardiente

que funde al Águila y a la Serpiente

Eres grande por Manuel M. Ponce

-sonoro taumaturgo-; por el bronce

genial que modeló Jesús Contreras;

por lo tortuoso de tus mil aceras

que son como serpientes en la tarde;

por las primicias de López Velarde,

por ese temerario y fino alarde

de Alfonso El Calesero,

porque es tu suelo próvido un venero

de cosas inauditas,

porque al mirarte a toda hora incitas,

¡Oh, silencio conventual!,

a amar tu sencillez impersonal.

Y todo el que en ti cree, se vuelve santo,

pues llevas en tu seno tal encanto

de música y de luces,

que el alma se anonada ante las cruces

de tus viejas iglesias

y, madre cariñosa, no desprecias

a nadie, hospitalaria proverbial

que sabes dar tu techo, pan y sal.

Ciudad polifacética, tú abarcas

mis raras ambiciones y las marcas

de luz con tu prestigio

de cuna señorial, y ante el prodigio

de haber dado la vida a tantos genios,

quisieras alargarte en mil decenios

y sin embargo, tú nunca envejeces

porque has amado ¡tantas, tantas veces!

Te quiero por tus viernes de Cuaresma,

por los hermanos Fernández Ledesma,

de fama que ha llegado hasta París

por los versos del vate Reyes Ruiz,

porque el miraje de tus horizontes

ya lo ha cantado Arnulfo Miramontes,

por todo lo que es llama de pasión,

por Pepe Nava, Pancho Díaz de León,

por Pedro de Alba, Alfonso Esparza Oteo,

por todos ellos, te amo y en ti creo.

Y aun lejos de ti, en la neurótica

Metrópolis, de cruel sonrisa cínica,

allí donde la vida se endurece

porque es dura la lucha y bien merece

templar los instrumentos,

allí, tumba de tiernos sentimientos

que han muerto como insectos en la llama,

es donde más se te ama.

Por eso he regresado, con la idea

de alzar mi inspiración a la azotea

más alta que tú tengas

y urdir entusiasmado mil arengas.

Espléndida será tu fiesta

de abril y la verbena en la floresta

que cuida con cariño Rafael Games,

y no en vano han logrado que te llames

la Atenas Mexicana;

mas yo, que te he deseado en la lejana

ciudad, pecaminosa y tentadora,

suspiro por llegar a ti en la aurora

de un nuevo día triunfal,

bañando a mi alma con tu agua lustral.

Tú seguirás la ruta milenaria

albergando, señora hospitalaria,

diez mil sueños, diez mil generaciones,

y en todos los amantes corazones

que te hayan venerado,

serás eternamente el inviolado

paisaje de un hogar que siempre espera

y si, hechas de tezontle y de cantera

se yerguen tus casonas coloniales,

y estética ante todo, siempre sales

ganando en esbeltez,

yo quiero que lo sepas de una vez:

que tu nobleza pródiga me abisma,

que te amo por lo que eres: por ti misma.

De nuevo estoy en ti, con embeleso,

ebrio de luz ante tu azul ileso.

Aspiro con fruición la mejorana

selvática de tus huertas de Triana

y siento que mi vida la difundo

por tus aceras todas y confundo

mi dúctil entusiasmo

con tu febril futuro hecho de espasmo.

Y pues que estoy en ti con toda el ansia

de besos a través de la distancia,

entérate ciudad: no te he raptado,

no obstante mi deseo encadenado,

porque no hay otro sitio bajo el cielo

para poner tu luz, que éste tu suelo

purísimo, fecundo,

propicio al pensamiento más profundo.

Yo quiero que mi canto

se impregne de tu aroma sacrosanto,

que cubra tu hermosura como un manto

de luz, hecho flamígero meteoro,

Que diga al firmamento: ¡Que te adoro!

(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).