Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Si queréis conocer a un hombre, revestidle de un gran poder.

El poder no corrompe, sólo desenmascara”

Pítaco de Mitilene (640-568 a.c.)

Con la debida anticipación estuvo lista la logística. El señor Presidente había fijado la fecha oportunamente y todo, hasta el menor detalle preparado para que el evento sirviera un múltiple propósito, aunque no en orden jerárquico, había que mostrar la fuerza del partido y la unión en torno a su líder nato y a la vez Presidente de la República; enseñar a la oposición, que por cierto se encontraba dividida y desmoralizada, como se tenía el control, el apoyo, la simpatía y la lealtad de sus partidarios; mandar un mensaje al extranjero, particularmente a los EEUU, de la unidad de los mexicanos en torno a su Presidente; salir al paso de las críticas que señalaban la supuesta superficialidad y la actitud populista del titular del Ejecutivo de cómo el pueblo entendía, comprendía y ratificaba las decisiones presidenciales; y finalmente, ¿por qué no?, fortificar su propia persona con la energía popular en un lugar simbólico como el Zócalo de la Ciudad de México. Desde muy temprano los servicios de limpia y seguridad tuvieron despejada y limpia la gran plaza, las calles adyacentes debidamente vigiladas, el acceso de los vehículos que trasladarían cuidadosamente ordenados, las colaciones y tentempiés a la gente y en particular a sus dirigentes, así como sus estímulos para unos y otros, las porras rigurosamente preparadas y ensayadas, los grupos para amenizar mientras el acto político daba comienzo. Había que ser muy cuidadosos porque al Presidente le molestaba profundamente cualquier aspecto por pequeño que fuera, que quedara al margen del control. El templete, el sonido, las pantallas, las flores, los accesos, las personas “espontáneas” que rompieran las vallas para acercarse a estrechar la mano, dar un beso, o entregar una cartita, el niño simpático que eludía la vigilancia para dar un beso al Presidente. Las transmisiones preparadas, tanto la radio como la televisión cubrirían toda la duración del acto. La seguridad preparada. El ejército atento. Servicios de emergencia en alerta. Todo preparado, todo listo, ya se anunciaba que en breves minutos se tendría la presencia del Presidente de la República, licenciado José López Portillo, hace casi cincuenta años.

Si algo ha tenido el Presidente Andrés Manuel López Obrador es revivir los viejos rituales del sistema presidencialista mexicano. El culto a la personalidad. Lo que usted diga Señor Presidente. Nadie nunca lo había dicho mejor que usted. ¿Cómo es que a nadie se le había ocurrido antes? Es cierto, se hacía algo parecido, pero sin ese acento democrático y de justicia social. La pureza de intención, Señor Presidente, redime cualquier falla operativa que se pudiera tener. Lamentablemente se enfrenta no sólo a las acechanzas de sus enemigos, sino también a la incomprensión de muchos de los que se dicen sus amigos. En fin, la letanía es larga y es también un proceso al que muy pocos pueden sustraerse, menos aún, si como dice el dicho: de por sí es sonriente y le hacen cosquillas.

Se dice que en la llamada hermana república de Yucatán, en sus pueblos se practica una especie de diversión local a la que llaman “cultivar”. Una vez escogida la víctima que suele ser un fuereño o recién llegado, y precisado el fin del cultivo se empieza a trabajar. En la mañana alguien se le acerca, le saluda, le pregunta cómo se siente, le insiste y le aclara que lo nota algo decaído. Mas tarde en el restaurante el mesero le pregunta si se siente bien, porque luce demacrado. Entra a alguna tienda y el dependiente le aclara que no es botica pero que le puede conseguir un médico porque luce bastante mal. Así, uno tras otros, de suerte que para el medio día, el hombre “cultivado” perversamente por el pueblo se siente francamente mal, enfermo, decaído y a punto de desfallecer. Pero, desde luego se da el “cultivo” al revés, del que suelen ser sujetos los gobernantes por la corte de servidores, colaboradores, asistentes, lambiscones que lo rodean.

El Pbro. José Rosario Ramírez, del merito Jalostotitlán, quien fuera secretario de tres cardenales de Guadalajara, me platicaba que cuando fue designado cardenal uno del que ya no fue secretario, fue a conversar con un cura que había sido su maestro, deseando prepararse para la grave responsabilidad. Su viejo maestro con sabiduría y jocunda le dijo: Ahora que ya eres cardenal van a pasar tres cosas: la primera que no te volverás a preocupar de qué comer y de qué beber, de aquí para adelante lo tienes asegurado; la segunda, que nadie te va a decir las cosas como son para que no te preocupes, para que no tengas úlceras, para que duermas tranquilo, para que no te dé una crisis nerviosa; y la tercera, que cuando finalmente te enteres y comprendas cómo están en realidad las cosas, todo te va a valer madres.

Se cuenta que al emperador romano Marco Aurelio, de los Antoninos Píos, le gustaba pasear por las calles y plazas de Roma y que recibía vítores y aclamaciones de los ciudadanos, pero que solía hacerse acompañar de un esclavo que caminaba algunos pasos detrás de él y que de vez en vez, el siervo se acercaba discretamente al emperador y le susurraba al oído: “Recuerda, sólo eres un hombre.

Lo cierto es que el Senado de Roma tenía prohibido que los ejércitos romanos entraran en la ciudad. Cuando un general volvía victorioso, el protocolo permitía que solo el comandante de la tropa, su guardia personal y los músicos, hicieran la entrada triunfal. El general en el Senado, recibía como reconocimiento un esclavo y una corona de laurel. El esclavo situado un paso detrás del triunfador, con una mano sostenía la corona de laurel sobre la cabeza del general y  cuando subía la intensidad de las aclamaciones, se acercaba al militar y le susurraba al oído: “Respice post te! Hominem te esse memento!” que en español significa: «¡Voltea, recuerda que sólo eres un hombre!». Memento mori”, «Recuerda que puedes morir».

En el acto conmemorativo del primer aniversario del triunfo del Presidente Andrés Manuel López Obrador sólo hizo falta el siervo que le susurrara al oído: “Respice post te! Hominem te esse memento!”.