Moshé Leher

Están pasando cosas que antes no pasaban, es la peregrina explicación que ahora, a propósito del cambio climático, dan los que nos tratan de explicar no sólo la ola de calor que mató a cientos de personas en la costa oeste norteamericana, desde la Columbia Británica, Canadá, hasta, Oregón, sino estos inviernos tibios de los últimos años (alabado sea el Señor del Clima), como estas estaciones lluviosas que hacen que esto parezca más Jalapa, que la ciudad de apaches que habitamos –que es un decir-.

Con mi artículo en la cabeza me dirigía a casa, luego de hacer unas gestiones por el rumbo. Viendo desolado, nunca mejor dicho, que a fuerza de llover y de nublados, hace ya tres semanas o más que no veo el Sol, mi auto pegó un brinco y casi pierdo el control del volante.

Estaba yo debatiéndome entre escribir, desde ya, unas breves memorias de un periodista casi retirado, a un año de los incidentes que me hicieron dejar la dirección del diario donde trabajaba (una exigencia de un grupo de morbosos que se dicen mis lectores), o meditar bien ese asunto y en su lugar escribir un pequeño ensayito sobre Tisífone, la Furia de la manta ensangrentada que, en la mitología griega era lo mismo la guardiana del Tártaro (el Hades, el infierno) y de castigar a los condenados por asesinato, fratricidio y parricidio.

Pronto me di cuenta que había caído en uno de los millones de baches que tan bellamente adornan esta ciudad lacustre (una especie de Venecia ranchera), que no pude ver, primero porque no tengo los cien ojos de Argos Panóptico y, segundo, porque con esta lluvia muchos de estos socavones están cubiertos de agua; cuando pude controlar mi vehículo y baje de él, pude constatar que, qué rabia, la llanta estaba perdida irremediablemente.

No puedo reproducir aquí, dada mi refinada instrucción y mi célebre educación, las peladeces que proferí y el nombre de los hijos de las madres que me vinieron a la memoria, pues lo que necesitaba era cambiar esa llanta, correr a casa y ponerme a escribir este artículo, pues yo seré lo que quieran y gusten tantos, pero como articulista soy de lo más formal.

Luego de cambiar la llanta bajo la lluvia, amablemente bañado por los depravados que circulaban a toda velocidad y salpicaban agua pura y cristalina de los charcos, me puse a pensar que no estaría mal ponerle a estos miles, millones de baches nombres y apellido, pues numerosos como son –como descendientes ha tenido el parricida del buen padre Abraham-, me cuentan que existe una leyenda de cómo cada uno de esos agujeros que llenan nuestras calles gritan, o más bien claman una palabra: ‘corrupción’.

Un amigo constructor, de los grandes, me cuenta el cuento: es tal lo que piden ciertas autoridades de ‘diezmo’, que el encargado de la obra comienza a adelgazar el grosor del asfalto, de diez a ocho, de ocho a seis, de seis a cuatro centímetros, según el tamaño del sablazo y también del tamaño de su codicia, de tal manera que lo que tenemos son calles que parecen no asfaltadas sino cubiertas con papel de china (esto último es una exageración, de mi autoría).

También está la autoridad que decidió que era mejor pavimentar veinte calles con mezcla de brea y arena, que cinco con concreto hidráulico, el mega empresario del pavimento que reutiliza el pavimento que va retirando de algunas calles, los que piensan que las calles se mantienen con el aliento divino o se reconstruyen ‘ex nihilo’ y esos otros –sigo hablando de autoridades y funcionarios, principalmente de la alcaldía capitalina- que dicen que, al fin de cuentas, eso del cambio climático es culpa de los imperialistas yankees y los malvados chinos.

Sería una buena práctica y un sentido homenaje a los (i) responsables del lamentable estado de nuestra ciudad, poner banderitas en cada bache como un reconocimiento a los que se han llenado los bolsillos de dinero con este desastre; si se necesita, yo estoy desocupado y puedo confeccionarlas a módicos precios (si se me hace este negocio me voy a forrar).

¡Qus emeq! (Esto es una frase soez en hebreo, que sigo escupiendo bilis).

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