A mediados de 1988, se cumplían diez años de una inestabilidad política y económica, que llamaban a la sociedad la necesidad de un cambio en el timón del país. La estructura del partido en el poder, por primera vez en la historia, lucía sumamente debilitada. La candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano como una posibilidad real de asumir la presidencia de la República, era una realidad.

Al final y después de una polémica elección, el economista Carlos Salinas de Gortari llegaba al poder por los próximos seis años. Con él, llegaban una serie de jóvenes que harían cambiar el pensamiento y la filosofía económica de nuestro país. Con esto, se daba un cambio, aunque no de partido, en el modelo económico en nuestro país, lo cual forjaría la realidad que hoy vivimos.

Bajo la administración de Salinas, se llevaron a cabo una serie de reformas estructurales, que ayudaron a consolidar el México de nuestros días. Desde el comienzo de su mandato, se aceleró la privatización de las empresas públicas, comenzada por su antecesor. De esta forma, pasaron a manos de capital privado las industrias de telefonía, comunicaciones viales y las aerolíneas, el sector químico, el siderúrgico, seguros, cadenas hoteleras, radiodifusión y, muy importante, la banca.

Con esto, se lograba quitar un peso administrativo a la función pública, para dar paso a que la iniciativa privada fuera la encargada de establecer las condiciones de funcionamiento de un determinado sector. Esto daba pie, al menos en la ideología, a que la competencia regulara el propio mercado.

Estas privatizaciones, dotaron de recursos al Ejecutivo. Tan solo en el año de 1991, se recaudó alrededor de 11 mil millones de dólares, los cuales fueron destinados al pago y reestructura de la deuda pública; la cual, representaba un severo problema, heredado por los últimos sexenios presidenciales.

De igual forma, una parte del excedente monetario, fue destinado a impulso del emblemático programa social: “Solidaridad”. Como ningún otro, Salinas buscó erradicar los niveles de pobreza en el país, y este programa era su principal herramienta. Los resultados, desgraciadamente, no fueron los esperados.

El presidente Salinas, a diferencia de todos sus antecesores, ostentaba un nuevo concepto económico nacional, orientado a una producción hacia el exterior, en deterioro de la consolidada industrialización. Esta liberación comercial, era la pieza clave para cumplir sus expectativas de progreso. De tal forma, se propuso la inclusión de México en el área de libre comercio ultimada por Canadá y Estados Unidos, país que por sí solo concentraba poco más del 70 por ciento de los intercambios mexicanos con el exterior.

De esta forma, se robustecía el sector de América del Norte, como uno de los más atractivos para la inversión en el mundo, en vías de poder competirle al gigante europeo, así como al innovador desarrollo, en ese momento, de las industrias asiáticas. Los resultados fueron gigantescos, tan solo en un mediano plazo.

Para los primeros diez años de operatividad del Tratado de Libre Comercio para América del Norte, se registró, según datos del INEGI, un aumento en los sectores de manufactura, maquila y servicios, de 262 por ciento; de la mano de un incremento en la creación de empleos de un 97 por ciento, para el mismo lapso. Los números hablan por sí solos.

A la par del TLCAN, Salinas vigiló toda posibilidad que admitiera a nuestro país adherirse a las iniciativas emergentes de la nueva economía globalizada. Con el propósito de diversificar la gama comercial, México fue el primer país latinoamericano que ingresó en la Cooperación Económica Asia-Pacífico, así como a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Esto ponía a México, aparentemente, ante la posibilidad de codearse con el primer mundo.

A pesar de los resultados positivos en materia económica, el aspecto político comenzó a degradar lo que parecía uno de los sexenios con mayor fruto para el país. Su poca flexibilidad para aceptar la entrada de la alternancia en algunos estados del país, fue lo que comenzó a cavar su propia tumba, teniendo como toque final, el asesinato de su sucesor presidencial.

Todas estas cuestiones políticas, comenzaron a generar incertidumbre sobre la economía nacional, lo que originó una severa crisis financiera, a tan solo unos días de la conclusión de lo que pudo ser uno de los sexenios más exitosos de la historia de nuestro país. Una verdadera pena.

OVERTIME

Al momento del cierre de esta prestigiosa columna, no se habían presentado datos certeros sobre quién habría llegado a la casa blanca por los próximos cuatro años. Esta elección, resulta una de las más cerradas en toda la historia reciente de nuestro vecino del norte. Sin importar el ganador, esperemos que los resultados, sean acatados por ambos candidatos y se evite la desaprobación de los mismos, buscando eliminar la polarización de la sociedad. Como se dice coloquialmente: “El horno no está para bollos”.

 

 @GmrMunoz