Como usted sabrá, estimado lector, la mayoría de los meses del presente año, se han abordado una infinidad de temas relacionados con la pandemia, de la cual, desgraciadamente, aún somos testigos. Análisis de las diferentes estrategias tomadas por los líderes políticos y económicos del mundo, han generado todo tipo de opinión pública.

Dejando a un lado los temas de relevancia actual, se invita, durante este mes, hagamos un análisis de las corrientes económicas optadas por los últimos nueve sexenios presidenciales en nuestro país. De esta forma, se podrá conocer el resultado de la implementación de ciertas políticas y maniobras económicas, y cómo éstas, a través del tiempo, fueron o no benéficas para el desarrollo del país; ya que como mencionaba un tal Napoleón Bonaparte: “Aquel que no conoce su historia, está condenado a repetirla”. Indaguemos.

El primero de diciembre de 1964, llegaba a la silla presidencial Gustavo Díaz Ordaz. Este sexenio, representó la última etapa del llamado “milagro mexicano”; el cual, estaba caracterizado por un largo crecimiento económico, así como una profunda estabilidad política.

Durante todo su mandato, Díaz Ordaz continuó con el modelo del Desarrollo Estabilizador, cuyas estrategias consistían en la filosofía de eliminar las barreras económicas como la inflación, devaluaciones o el déficit en la balanza de pagos. Con esto, se buscaba una persistencia macroeconómica y crecimiento sostenido.

Durante este ciclo, existió un hombre clave el cual orquestó los pilares para una de las épocas de mayor bonanza de nuestro país: Antonio Ortiz Mena. El que fuera Secretario de Hacienda por doce años, instauró un eficaz programa, el cual pretendía incrementar el ingreso de campesinos y obreros, diversificar las actividades productivas del país, promover la industrialización, incrementar la productividad, estabilizar el tipo de cambio, generar nuevas fuentes de financiamiento para las empresas y garantizar la estabilidad interna.

Una parte central de la propuesta fue limitar la deuda al financiamiento de proyectos de inversión pública con claros rendimientos sociales. En sentido estricto, este siempre debe ser el objetivo principal de la contratación de algún empréstito; esto no necesariamente se da en la realidad. México logró constituirse como una potencia industrial.

Este gobierno ofreció a los empresarios reglas claras y la capacidad de construir consensos, para aumentar la calidad en servicios educativos, de salud y de seguridad social.

Esto se vio reflejado como un remedio perfecto para abatir la pobreza por medio de la incorporación de la población de menores recursos a la clase media. La sociedad mexicana, en términos generales, tenía la capacidad de adquirir mayor calidad de bienes o realizar inversiones que potencializaran su patrimonio y/o generaran externalidades positivas.

A la par de los grandes avances, también se consiguió mejorar sustancialmente la posición financiera de Petróleos Mexicanos a través de políticas de control presupuestal. Al mismo tiempo, se capitalizó a la empresa con impuestos que no había pagado al Estado en años anteriores. La idea era que Pemex pagara impuestos sólo por sus utilidades reales. Se extraña una paraestatal así.

Fue así como en el sexenio de Díaz Ordaz, el crecimiento promedio fue de 6.8%, la producción industrial creció 8% y la inflación solamente fue 2.5 por ciento. No se bromeaba cuando se manifestaba que nuestro país estaba listo para entrar al primer mundo.

A pesar de los números mostrados en su sexenio, las decisiones que comenzaron a generarse, fueron algo que fue calentando el declive económico que le explotó al sucesor de Díaz Ordaz. Ya se venía gestionando la llamada sustitución de importaciones, la cual fue acompañada de un freno total a la Inversión Extranjera Directa (IED). De esta forma, se fomentó una mexicanización de la producción, que originó la creación de un gran número de empresas paraestatales. Se tenía la creencia, de que era mejor tomar préstamos del extranjero que aceptar la IED.

Sectores como la minería, petroquímica, hierro, acero, vidrio fueron limitadas a una mayoría de capital mexicano, para poder contar con apoyos y subsidios por parte del gobierno. Las empresas extranjeras en el país, fueron obligadas a incrementar el uso de intermedios mexicanos.

OVERTIME

 

La noche del martes previo, fuimos testigos del caótico, agrio, crispado, desordenado e inclusive catastrófico primer debate presidencial en la carrera a la casa blanca. Por un lado, se observó a un respetuoso, calmado y hasta cierto punto tímido Joe Biden; y por el otro, un tradicional Donald Trump que no puede llevar una cierta línea de respeto, no por su adversario, si no por las reglas del juego en general. A pesar de esto, los insultos, interrupciones y acusaciones fueron lo más sonado en el debate. Existe mucho margen de oportunidad en las siguientes confrontaciones.

 @GmrMunoz