Mircea Mazilu

El villismo fue uno de los más grandes movimientos sociales y políticos durante la Revolución Mexicana. Caracterizado por un fuerte agrarismo, el levantamiento buscó la consecución de la igualdad y la justicia en el campo a través de la reducción de las grandes propiedades territoriales y su redistribución entre los campesinos despojados. Gracias a su atractivo programa, los villistas ganaron una gran popularidad entre la población rural a lo largo del país, convirtiéndose en una de las mayores fuerzas revolucionarias. Su lucha en el conflicto armado representó el triunfo de la Revolución y la reivindicación de los derechos sociales concernientes a las clases desfavorecidas.

El líder del movimiento, Doroteo Arango, nació el 5 de junio de 1878 en el Rancho de Río Grande, cerca de San Juan del Río, en el estado de Durango. Francisco Villa, como será conocido por la Historia, era hijo de unos peones mestizos de escasa educación. Siendo de origen humilde, muy pronto se convirtió en un campesino rebelde que atentaba contra las propiedades de los hacendados ricos, ganando de esta forma admiración y popularidad entre los rurales empobrecidos. Después de asesinar a un terrateniente, se refugió en las montañas donde se adhirió a grupos bandoleros y pasó la mayor parte del tiempo hasta 1910.

Cuando Francisco I. Madero llamó al país a alzarse en armas contra el régimen de Porfirio Díaz en noviembre de 1910, Francisco Villa decidió unirse al movimiento revolucionario. Reclutó gente para sus tropas y participó en las batallas que contribuyeron a la caída del dictador. Posteriormente, cuando Madero fue asesinado en febrero de 1913, luchó junto a Zapata y Carranza contra la dictadura contrarrevolucionaria de Victoriano Huerta. Una vez derrocado éste en julio de 1914, Villa y su División del Norte se volvieron contra el carrancismo, contra el cual lucharon hasta que finalmente fueron derrotados en la batalla de Celaya en abril de 1915. Después de esta derrota, el Centauro del Norte se replegó hacia el norte, perdiendo de esta manera su influencia en la Revolución Mexicana.

Las tropas de Villa estuvieron integradas mayoritariamente por grandes sectores del campo, entre los que destacaban rancheros, ganaderos, caporales, vaqueros, campesinos despojados y miembros de las comunidades indígenas. Sin embargo, también fueron reclutados proletarios de las pequeñas ciudades como mineros, transportistas y pequeños comerciantes. Su División del Norte no sólo estaba compuesta por norteños, sino también por muchos campesinos desarraigados provenientes de Jalisco, Zacatecas, Durango y el Bajío. Asimismo, cuando Huerta fue derrotado, muchos federales se cambiaron al bando villista. Su hueste alcanzó el máximo apogeo en 1915 cuando el número de sus integrantes alcanzaba los 25 mil hombres. El mismo año, cuando Villa fue derrotado y refugiado en Chihuahua, sus soldados volvieron a sus casas. La División del Norte empezaba a desintegrarse hasta quedar finalmente reducida a un puñado de hombres fieles a su jefe.

La mayoría de los rurales desposeídos se adhirieron al movimiento villista porque veía en él el remedio para recuperar su tierra y la libertad perdidas en el pasado. El villismo, al igual que el zapatismo, se conducía bajo el lema de “Tierra y Libertad”, proclamándose como defensor de las clases campesinas pobres. Por otra parte, algunos escogieron a Villa porque discrepaban con el anticlericalismo y la crueldad que caracterizaban a los carrancistas. Finalmente, muchos reclutas vieron en las tropas villistas una manera de ganar dinero, ya que el jefe llegó a pagarles hasta 1,5 pesos diarios, además de entregarles el botín de guerra.

En definitiva, el movimiento que surgió de las manos de Francisco Villa se convirtió en uno de los más influyentes de la Revolución Mexicana. Su lucha por la restitución de la tierra y la reivindicación de los derechos campesinos, le permitió ganar popularidad y cosechar muchos adeptos a lo largo del país. Gracias a su participación en el conflicto armado, se consiguió derrocar el régimen dictatorial y represivo de Porfirio Díaz. Además, su sacrificio impulsó la promulgación de leyes que, con el tiempo, devolvieron la tierra a los agricultores y reconocieron el derecho de los indígenas sobre los territorios ancestrales.

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