Josemaría León Lara

Hasta el máximo exponente del romanticismo se quedaría corto, en comparación con la historia “oficialista” de nuestro México lindo y querido. Abrir un libro de historia mexicana es comparable con adentrarse en un cuento de hadas, puesto que muchos héroes terminaron convirtiéndose en villanos, además de batallas que nunca se ganaron o personajes que jamás existieron.

Algunos de nuestros afamados héroes nos dejaron un legado tan amplio que hasta celebramos su nacimiento, cosa que a casi a nadie le importa, solo porque tenemos puente cada año en el mes de marzo.

Para amar a un país es necesario amar su historia y ¿cómo no amar la historia patria? Donde existen acontecimientos tan estúpidos que parecerían producto de la barra de comedia nocturna de la televisora más conocida del país. Tal es el caso de dos personajes inanimados, que alguna vez tuvieron vida pero no por propia naturaleza, si no por haber pertenecido a alguien más, por su carácter de extremidades: la pierna de Antonio López de Santa Anna y el brazo de Álvaro Obregón.

Su “Alteza Serenísima”, fue presidente de México en once ocasiones, algunas veces apoyado por los liberales y algunas otras por los conservadores; no es de extrañarse que alguien así perdiera poco más del territorio del país, aunque como se dice, esa es arena de otro costal. El tema es cuestión es su pierna y esta es su historia.

Durante la primera intervención francesa, mejor conocida como la guerra de los pasteles, Francia bajo el argumento de pedir una indemnización por los ataques que sufrieron sus nacionales durante la guerra de independencia, realizo un bloqueo comercial en el puerto de Veracruz. El gobierno del país naciente decidió abrir fuego bajo el mando del mismísimo Santa Anna, quien durante la batalla perdió una de sus piernas, misma que recibió cristiana sepultura con honores militares.

La historia de la pierna no termina en un cementerio es Veracruz, ya que fue exhumada y llevada a la Ciudad de México para ser expuesta a través de desfiles cómo símbolo de la valentía del general Santa Anna.

Casi cien años más tarde México seguía sin evolucionar, y fue en Celaya Guanajuato donde la División del Norte del General Pancho Villa se enfrentó contra el ejército Constitucionalista bajo el mando de Álvaro Obregón, quien durante una batalla perdió un brazo, de ahí viene el apodo de “el manco de Celaya”.

Es cierto que la Revolución está repleta de sucesos “inexplicables”, tal es el caso de la fundación del PNR, más aún el encanto de la silla de Palacio Nacional echó para atrás el sueño de la no reelección y tras acabar su primer periodo presidencial, Obregón se reelige, más fue asesinado poco tiempo antes de tomar protesta por segunda ocasión.

El gran legado de Obregón, fue su brazo conservado en formol mismo que fue expuesto desde 1935 para su veneración en un monumento inaugurado por Lázaro Cárdenas, conocido como el parque La Bombilla (desconozco si es un mal chiste irónico, puesto que fue en La Bombilla donde el líder revolucionario fue balaceado) y que fueron décadas las que paso ahí para ser visitado patrióticamente.

Tal parece que las tradiciones precolombinas del uso de peyote han permanecido como un aspecto cultural en la vida de todos y cada uno de los mexicanos.

“México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy dormido y que me traigan a ti”.

Correo: jleonlaradiaztorre@gmail.com

Twitter: @ChemaLeonLara

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