Moshé Leher

Nunca, aclaro –y el que avisa no es traidor-, he presumido de mi alta educación. Porque no la tengo. Como sea se impone un gesto de urbanidad: la presentación, ahora que inicio con estos artículos en estas páginas.

Soy Moshé Leher y soy judío. Una extrañeza, lo reconozco, en esta tierra de apaches. Judío askenazí, con estudios de periodismo, letras hispánicas y lingüística. Un hijo, ya ido y poca cosa más.

Esto de decir quien es uno, nos remite de inmediato a un curioso pasaje del Éxodo: la zarza ardiente y la voz que llama a Moisés, mi tocayo. La Biblia Septuaginta dice que cuando Moisés preguntó quién le hablaba, la voz de la zarza contestó: ehyeh asher ehyeh, que en buen castellano podría traducirse en “yo soy el que soy”. Antes de eso, cuando la voz le llamó, el patriarca salió con un campechano, y obvio, “aquí estoy”.

Esto, la de citar el nombre de Dios, luego de que se fijó el Tetragrámaton hebreo Yahvé, podría resultar blasfemo, de hecho no podría sino que es blasfemo, para los judíos practicantes, aunque bien mirado (hay muchas lenguas, el francés y el inglés, verbigracia), que no distinguen el aquí estoy al soy, como lo hacen otras lenguas, como la nuestra, por ejemplo. To be or not to be.

Aclarado este asunto teológico y gramatical, quiero decir que durante 26 años, con regularidad escribí artículos en otros espacios, de tal manera que supongo que muchos de los que ahora leen me habrán leído, o escuchado hablar de mí, aunque llevaba el nombre gentil de Agustín Lascazas; para los que no, es que me presento antes de comenzar con mis divagaciones.

En el año 2019, un poco cansado de ese ejercicio retórico, me regalé un año sabático; justo al fin de ese año fue que decidí dar el zarpazo y declararme judío. ¿La razón? Una muy sencilla, pues porque se me pegó la gana. Incluso unas semanas fui un judío medianamente piadoso o por lo menos observante de las fiestas, como pasó en la Janucá de ese año. Pasada la festividad, decidí que la vía de la piedad no va conmigo –que soy de natural bueno-, y pasé a las filas del judaísmo liberal.

El resto es decir que soy medio neurasténico, medio paranoico, y que escribo, pinto, canto (en la ducha), alguna vez fui profesor universitario, que soy de los que prefieren los malos arreglos a los buenos pleitos y que, esto es importante, soy en el sentido epicúreo un hedonista, aunque –dijo Pater-, no me gusta que se diga, pues me hace quedar mal con los que no saben griego.

Lo que más me gusta, y por eso mi regreso y mi presencia aquí, es que me cuenten y contar historias, un oficio desacreditado en estos tiempos en que el diálogo fue ya abolido por gracia de Facebook, Twitter y compañía, que entre otras cosas van a borrar nuestra identidad, como ya lo están haciendo hasta con la democracia.

Al comenzar el 2020, sería en febrero de ese año aciago, volví a escribir artículos, a razón de dos veces por semana, sin sospechar que pronto, muy pronto, me caerían todas las plagas bíblicas: la marcha del hijo, las cuitas de la pandemia, mi particular éxodo al desierto; por allí ando todavía, aunque, por salud mental, ya buscando las orillas fértiles, o por lo menos un oasis.

Ya les contaré, a quien quiera y guste, los detalles o mi visión de las cosas, aunque nadie espere tampoco –por si alguno lo esperara-, que vengo yo a ajustarle cuentas al virus, a la Internacional populista, a los bacilos, a las cuitas de la economía, o a los gérmenes (humanos), pues casi termino citando aquí mi última frase de mi último artículo en las páginas donde estuve casi cuatro décadas: la ruindad, se las dejo a los ruines.

Articulista de largo aliento, debo parar aquí, que no es que me sienta Pedro por su casa, dejando un último dato, desde hace años que renuncié a lo que Savater llamó la “luciferina tentación de tener siempre la razón”; estoy aquí por la sencilla razón de que quiero seguir contando historias, por si hay por allí algunos que sigan gustando de que se las cuenten. Cantaba el flaco Spinetta y aquí lo dejo hasta el martes: si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro.