Luis Muñoz Fernández.

En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean estas o aquellas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno a una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.

Manuel Chaves Nogales. A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, 1937.

Nací en Sabadell (Barcelona) en el año de 1961, donde viví hasta los 15 años. En 1976 emigré con mis padres y mi hermano Alejandro –dos años más tarde se nos unió mi abuelo materno– a Aguascalientes, donde, salvo durante los años de mi preparación como médico especialista en la Ciudad de México, he vivido desde entonces. Casado con Lucila, que, si bien nació en la ciudad de Aguascalientes, se siente orgullosamente originaria de Pabellón de Arteaga, donde siempre vivieron sus padres, hace más de 25 años que juntos trabajamos en el Centenario Hospital Miguel Hidago y ambos tenemos el privilegio de ser los padres de dos hijos maravillosos, Brenda y Luis.

Esta introducción sólo tiene como propósito establecer un hecho incontrovertible: si bien mi hermano y yo nacimos en España y seguimos con atención el acontecer de nuestra tierra natal, somos ya unos auténticos y absolutos híbridos hispanomexicanos (o méxico-españoles, tanto da), con un interés más que marcado por la historia y el devenir de la tierra que nos ha dado tan generosa acogida. Y es en esa calidad de híbridos que solemos ser el puente natural entre ambas orillas del Atlántico. Tan es así, que Alejandro es cónsul honorario de España en Aguascalientes y Zacatecas desde hace 17 años oficialmente y 23 años de manera extraoficial. Por todo ello me atrevo a escribir lo que viene a continuación.

Para quienes vivimos durante el gobierno de Francisco Franco en España, nos es familiar la forma en la que el dictador se dirigía al público de los lugares que visitaba en sus giras a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Por ejemplo, si llegaba a Cataluña, empezaba sus discursos con aquel “¡Catalanes, españoles todos!”. Si visitaba Galicia, su tierra natal, decía: “¡Gallegos, españoles todos!”. De ahí el título que escogí para el presente texto que, como puede verse, está dirigido tanto a los aguascalentenses como a los españoles, especialmente a los que, como nosotros, tienen la suerte de vivir en esta tierra. Atentos a lo que sigue:

El pasado jueves 24 de octubre de 2019, por iniciativa del actual gobierno español, se consumó el traslado de los restos mortales de Francisco Franco Bahamonde, quien gobernara con mano férrea España entre abril de 1939 y noviembre de 1975, desde su mausoleo en el llamado Valle de los Caídos, ubicado en la Sierra de Guadarrama cercana a Madrid, hasta la cripta que su familia tiene en el cementerio de Mingorrubio, asentamiento que pertenece al barrio de El Pardo (Madrid) donde el dictador tenía su residencia. Allí también está enterrada Carmen Polo, su esposa.

Este hecho, sencillo en apariencia, está cargado de un poderoso simbolismo y gran valor para el pueblo español que transita hoy por el camino de una democracia que como tal, es siempre un proyecto en construcción a cuyo perfeccionamiento contribuyen todos los españoles.

La historia de España, como la de cualquier otro país, ha tenido muchos momentos convulsos que han sido fuente de terribles sufrimientos para sus habitantes. En el último siglo, el más importante fue la Guerra Civil (1936-1939), uno de los conflictos fratricidas más impactantes del mundo, donde, entre otras cosas, se enfrentaron dos visiones de la vida y la sociedad muy difíciles de conciliar. Por eso todavía hoy, a 80 años de su conclusión, sigue provocando grandes controversias y enconos.

Aquello comenzó con una asonada militar en la que se conjuraron varios generales del ejército español, entre ellos el propio Franco, cuya idea era llevar a cabo un golpe de estado rápido y fulminante que depusiera en poco tiempo al gobierno de la Segunda República Española que había accedido al poder mediante una elección democrática cinco años antes. A los conjurados les falló el cálculo, encontraron una resistencia mayor de la que habían supuesto y su rebelión desembocó en una guerra civil que duró tres años y dejó, según algunos cálculos conservadores, medio millón de muertos.

Una vez que Franco ganó la guerra, se convirtió en “Caudillo de España por la gracia de Dios”. La referencia religiosa no fue gratuita, pues gozó durante los casi 40 años que duró su dictadura del apoyo irrestricto de la iglesia Católica. En correspondencia, la iglesia Católica, en su faceta más conservadora e intolerante, tuvo a su disposición, además de jugosas prebendas materiales, el monopolio de la tutela espiritual de todos los españoles, en quienes ejerció un control de las conciencias que a veces rayó en el terror psicológico. Hubo, desde luego, excepciones.

En ninguna guerra de la historia hay bandos definidos de buenos y malos. Heroicidades y atrocidades sin cuento se dieron indistintamente en los dos ejércitos que se enfrentaron en la Guerra Civil española y, particularmente, en las retaguardias de uno y otro. Aprovechando el desorden propio de la guerra, se consumaron ajustes de cuentas, venganzas largamente anheladas y numerosas ejecuciones extrajudiciales de franquistas contra republicanos y viceversa.

Una vez concluido el conflicto bélico, Francisco Franco y sus adláteres mantuvieron por décadas una sanguinaria y concienzuda represión en contra del bando perdedor, incluyendo a la población civil. Represión que le desgració la vida a muchos españoles, llenó las cárceles, separó familias y, sobre todo, sembró todo el territorio español de fosas comunes con los cadáveres de los ajusticiados. Franco dispuso de 40 años para vengarse de quienes consideraba sus enemigos.

Paul Preston, destacado hispanista inglés, en su libro El holocausto español. Odio y exterminio en la Guerra Civil y después (Debate, 2011), señala lo siguiente:

Durante la Guerra Civil española, cerca de 200,000 hombres y mujeres fueron asesinados lejos del frente, ejecutados extrajudicialmente o tras precarios procesos legales. Murieron a raíz del golpe militar contra la Segunda República de los días 17 y 18 de julio de 1936. Por esa misma razón, al menos 300,000 hombres perdieron la vida en los frentes de batalla. Un número desconocido de hombres, mujeres y niños fueron víctimas de los bombardeos y los éxodos que siguieron a la ocupación del territorio por parte de las fuerzas militares de Franco. En el conjunto de España, tras la victoria definitiva de los rebeldes a finales de marzo de 1939, alrededor de 20,000 republicanos fueron ejecutados. Muchos más murieron de hambre y enfermedades en las prisiones donde se hacinaban en condiciones infrahumanas. Otros sucumbieron a las condiciones esclavistas de los batallones de trabajo. A más de medio millón de refugiados no les quedó más salida que el exilio, y muchos perecieron en los campos de internamiento franceses. Varios miles acabaron en los campos de exterminio nazis.

Por eso el pasado 24 de octubre, Pedro Sánchez, presidente en funciones de España, señaló que la exhumación de los restos de Francisco Franco del siniestro y monumental mausoleo en el que reposaban fue el fin de una afrenta moral que pesaba gravemente en la conciencia del pueblo español. No faltaron ni faltarán quienes critiquen la medida como electoralista (habrá elecciones generales el próximo 10 de noviembre) y desproporcionada, pero los que conocen la historia y son personas de bien celebrarán que este hecho sirva para que los españoles y todos los ciudadanos del mundo no olviden las dolorosas lecciones del pasado.

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