Soy el hijo de una generación que vio desembarcar en este continente la ingente cantidad de producciones televisivas que inundaron las pantallas y la imaginación de un público instruido en su narrativa de ficción por los espejismos norteamericanos con series de animación japonesas entre finales de los setenta y principios de los ochenta, que tallaron un modelo perceptual que ni Disney o Hanna-Barbera habían siquiera contemplado en su maniquea visión argumental: el uso del personaje principal como un genuino eje dramático capaz de provocar un tumulto emocional en el espectador a raíz de sus peripecias, tan trágicas y emotivas como todo lo que un adulto consumía ocularmente en sus rituales nocturnos por vía catódica. Japón, nación herida por la guerra, sanaba sus traumas sociales y políticos mediante historias impregnadas de tristeza y tanatología que conectaban con potencia en los juicios sensibles de la infancia, quienes asentían con una mirada empapada en lágrimas las hazañas de Remi, Marco, Heidi y otros personajes motivados (otros dirían obsesionados) por la anulación de su condición de orfandad y desamparo. La línea se trazó exitosamente por años, llegando a un claro desgaste de sus linderos narrativos, hasta que un joven animador romántico llamado Hayao Miyazaki resquebrajó la fórmula con una intensa mirada hacia sus personajes y su entorno, madurando su propuesta hasta urdir una obra entretejida con temáticas universales y transversales que configuraban su mundo cinematográfico a través de la repetición de modelos, personajes con reiterados rasgos psicológicos, puntualizando la importancia de la literatura infantil a la hora de acometer la creación artística, su discurso no reprensivo sobre la preservación de lo natural y una intención didáctica revestida de ludismo y cuantiosa imaginación.
Miyazaki nació en Tokio el año de 1941, viendo su infancia marcada por dos componentes esenciales: la Segunda Guerra Mundial y el traslado de su familia a la prefectura de Tochigi, donde un tío suyo poseía la Miyazaki Airplane Corporation, fábrica que manufacturaba piezas para aviones, por lo que sus primeros recuerdos estarían invariablemente ligados al dolor que brota de un conflicto bélico y la aviación o un rechazo a los eventos meramente terrestres, ambos componentes recurrentes en su filmografía.
Aficionado al manga (cómic japonés) y el anime (animación japonesa), empleó ambos medios para catalizar su potencial creativo, trabajando como animador para la legendaria compañía Toei, hasta que desavenencias de índole político orillaran a su rompimiento, permitiendo al futuro director enfocarse a sus propios proyectos asistido por otros excolaboradores de la Toei, desencantados por el sistema industrial del gigante mediático y seducidos por las ideas del novel creador, sembrando la simiente del ahora indispensable Estudio Ghibli. Durante la década de los setenta, Miyazaki saboreó el éxito con series televisivas como “Panda Kopanda” (1972), “Heidi, la niña de la pradera” (1974) y “Conan, el niño del futuro” (1978), hasta que en 1979 logró concretar su primer trabajo en largometraje titulado “El castillo de Cagliostro”, obra insigne en la revitalización del cine animado nipón. Mas la aceptación masiva vendría hasta 1984 con “Nausicaa del Valle del Viento”, crisol de inventiva e ideologías enmascarado de ciencia ficción.
“Mi vecino Totoro” (1988), “Kiki, entregas a domicilio” (1989), “La princesa Mononoke” (1999) y “El viaje de Chihiro” (2005) son tan sólo algunas de las obras que nos mostraron un atisbo a ese mundo invisible que sólo Miyazaki podría vislumbrar, donde el universo del hombre y aquel que se esconde en las fronteras de lo natural colisionan en un estallido de lirismo bucólico, con plástica preciosista y capacidad de asombro infantil comprendido tan sólo por ese niño que aún mora en nuestro cínico exterior. El maestro Akira Kurosawa lo sintetizó bien en una carta a puño y letra dedicada a Miyazaki: “Siempre estoy entre lágrimas y risas ante el magnífico espectáculo de sus películas animadas. La belleza de las imágenes, su sentido de natura y su simplicidad no dejan de conmoverme. Me alegro al pensar que realizadores como usted han sabido lograr su independencia frente a los grandes estudios japoneses, que no han sabido evolucionar y han perdido el verdadero sentido del cine”.
Y cine mediante una expresión muy depurada de su lenguaje es lo que vemos siempre que nos deleitamos con un filme de la firma Ghibli, pues si el 7º Arte es, por definición y principio, narración, entonces mediante los trabajos de Hayao Miyazaki encontramos varios corredores que llevan a su identificación, pues son tanto crónicas como parábolas, fábulas y construcción de mitos. En sus filmes, se integra con frecuencia la ilusión de tomar vuelo, simbólica y literalmente, y eso es lo que logra convidarnos mediante su honesta y desatada imaginación: volar… hacia un destino poblado de melancolía, añoranza y un niño interno que siempre nos recibe con los brazos abiertos.
Nota: Los títulos mencionados más otros trabajos de Hayao Miyazaki se encuentran a la renta en el Centro Cultural Casa “Jesús Terán”.
Correo: corte-yqueda@hotmail.com
Tumblr: johnny-dynamo.tumblr.com

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