Poco método para esta locura

La historia: Esta adaptación cinematográfica de la aclamada novela de Maggie O’Farrell, coescrita por ella y la directora Chloé Zhao, narra la historia de la familia de William Shakespeare (Paul Mescal). A través de la sensible esposa de éste, Agnes (Jessie Buckley), la presenciamos enamorarse del gran bardo y sus planes para una vida juntos. Cuando su único hijo, Hamnet (Jacobi Jupe), sucumbe a la peste a los once años, su gran amor corre peligro de extinción. En medio de esta terrible tragedia personal, Shakespeare, sumido en una profunda desesperación y dolor, comienza a escribir «Hamlet», uno de los grandes dramas en la historia de la dramaturgia.
Parafraseando a Shakespeare y su “Hamlet”: “El tiempo está desquiciado ¡Oh, maldito rencor, que yo nací para corregirlo!”. La famosa obra, la exportación cultural más popular de Inglaterra de todos los tiempos, trata, en esencia, de la venganza en forma de conflicto generacional, donde un hijo no acepta a su nuevo padre ni su gobierno, sabe del asesinato de su padre biológico por parte de este y jura venganza. Como ocurre con muchas obras de arte que se han incorporado al canon occidental, esta santificación cultural a menudo genera desinterés por la obra en sí y, en cambio, una fascinación incondicional por su mito. La novela “Hamnet” de Maggie O’Farrell contribuye a tal mitificación proporcionándole a la historia el fondo deseado: detrás de la trágica obra sobre el príncipe más famoso de Dinamarca se encuentra el gran amor de Shakespeare, Anne «Agnes» Hathaway (Buckley <https://moviebreak.de/person/jessie-buckley>), y cómo su infatuación por el entonces profesor de latín (Mescal <https://moviebreak.de/person/paul-mescal>), cuyo nombre la directora Chloé Zhao (“Nomadland <https://moviebreak.de/film/nomadland>”) omite deliberadamente al principio de esta adaptación cinematográfica, estuvo marcado por la tragedia. Comenzando como un romance prohibido al estilo de Romeo y Julieta y terminando en dolor y pérdida, las imágenes infundidas de la naturaleza que conjura la cineasta forman un espejo sentimental de la obra de Shakespeare, pues lo que terminó en venganza en el escenario comenzó con ternura y amor, su violencia definida solo por el amor ilimitado de una madre. El problema es que nada de eso es merecido. El nombre de Shakespeare puede estar ausente, pero la película no puede exorcizar el espíritu de su vida. Su mito sirve de justificación a la extravagancia visual de una tragedia familiar que, alejada de su escenario histórico y de su puesta en escena poética, podría encontrarse en cualquier parte.
Tachada de “bruja”, Agnes, la hija del cetrero, se retira al bosque, su vestido rojo contrastando marcadamente con el verde paisaje que la rodea de manera simbólica. Su primer encuentro con el hombre de su vida tiene lugar durante el entrenamiento diario de cetrería. Más tarde, él parafraseará la historia de Orfeo y Eurídice, conquistando su corazón. Su primer encuentro amoroso, filmado a distancia por la cámara en un ángulo dentro de la habitación, ocurre sobre una mesa cuyos platos y mantel deben, por supuesto, ser arrojados al suelo con pasión previamente. Con el paso del tiempo, Agnes se retirará completamente sola al bosque para dar a luz a su primer hijo, tal cual dicta una tradición entre las féminas de su familia. La película de Zhao se sumerge en el mito de la feminidad, íntimamente ligada a las fuerzas de la naturaleza, pero sin emparejarse como organismo narrativo. En la historia jamás contada de la amante de Shakespeare, ella es capaz de reconocer un mundo opuesto al culto de la creación, dominado por los hombres. Sin embargo, todo esto no deja de ser una afirmación, y de principio a fin, la película se hunde en un kitsch -impulsado tanto por la música sentimental de Max Richter como por la cinematografía poco naturalista de Lukas Zal- que nunca cumple su promesa visual y emocional. El reflejo de la obra permanece vacío: mientras que el propio Shakespeare poseía un don narrativo incomparable y un extenso vocabulario capaz de transformar incluso las groserías más simples en maravillas fonéticas, Zhao parece contentarse con ofrecer solo groserías reales y afirmaciones trilladas (como el ya mencionado “milagro del nacimiento”) como contraste. El hecho de que Agnes dé a luz a su primer hijo sola en el bosque pretende transmitir poéticamente la indescriptible fuerza de esta mujer. Pero a medida que se desarrolla la escena del parto, la película se corta a negro, mostrándonos en la siguiente toma a Agnes ya sosteniendo a su hija recién nacida en brazos negándole la potencia y drama al que aspira.
La película opera bajo este principio en todo momento, donde las intensas emociones y el poder abrumador de los personajes son constantemente enfatizados y bombardeados con truenos sentimentales que semejan potencia por el excelente trabajo de Jessie Buckley un apenas correcto Paul Mescal, pero solo mientras el público permanezca dentro de los límites de la comodidad aceptable. El parto aparentemente indoloro en soledad no se puede mostrar, ya que solo sirve como un efecto visual, un hecho que se vuelve aún más evidente cuando Agnes tiene que dar a luz a su segundo hijo, el Hamnet titular (Jupe <https://moviebreak.de/person/jacobi-jupe>), solo en la comodidad de su propio hogar, bajo supervisión, con la cámara capturando casi cada segundo de su dolor insoportable y con la asistencia de la madre de Shakespeare (Un Emily Watson como siempre, espléndida). Zhao no encuentra imágenes para la belleza invocada del parto natural, mientras que la representación del sufrimiento es evidente por sí misma. Jessie Buckley llora, grita, arremete, gatea y sufre para la cámara, una actuación que debe convencer a su público en cada momento de cuán intensa y directa, cuán empática y abrumadora es realmente. Sus gritos de dolor, alegría y pena despiadada finalmente se fusionan a la perfección, a diferencia de este filme que no interpreta el drama en el teclado de las emociones, sino que las martilla sin piedad.
Todo el mundo intermedio del relato simplemente son las contemplaciones cotidianas que marcan el derrumbe gradual en la relación de los protagonistas, marcadas por los roles destilados del hombre y la mujer en su vida de pareja sin que haya mayor consecuencia: él debe partir a Londres constantemente para sostener a la familia sin mayor asomo a su proceso creativo o indicativos sobre su brillantez como dramaturgo y ella como eje familiar, desgarrándose internamente ante cada partida (literal y alegórica) mientras cumple como madre mística para sus dos hijas, Judith (Olivia Lynes) y Susanna (Bodhi Rae Breathnach).
Sin embargo, surge una simbiosis de representación e interpretación, como lo ejemplifica el final en el legendario Teatro Globe: el drama en el escenario y el drama de la vida finalmente se miran a los ojos a través de las lágrimas y se reconocen en un clímax donde el Hamlet de los escenarios y aquel que lo inspiró convergen. Es una visión del proceso artístico que no podría estar más vacía de contenido y más equivocada: el arte no como algo trascendente, sino como una mera representación del dolor privado.
Este drama sentimental shakespeariano es un quiebre creativo a una tendencia popular en el grueso de los argumentos cinematográficos que promueve la narrativa profundamente antiética a sus principios según la cual el significado del gran arte solo se encuentra en las tragedias privadas de sus creadores. Si bien la película presume de música competente, cinematografía y actuaciones acordes con la dirección, estas ejercen una descarga emocional desgarradora que reprime sin piedad cualquier emoción genuina. El resto es silencio.

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