Ricardo Sánchez
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-Justo hace un año inició un prolongado periodo de confinamiento en México a causa del Covid-19, lo que trajo incertidumbre, riesgo, crisis, fatiga, desesperanza, sacrificio y un sin igual empeño por subsistir.

Tras 12 meses de medidas sanitarias de prevención, y con un impacto a la fecha de más de 2 millones de contagios, casi 200 mil fallecidos y una incalculable pérdida económica y social, el País encara el segundo año de la pandemia, el cual no pinta ser exponencialmente distinto.

Si bien aspectos como cifras no tan altas de nuevos contagios y decesos, así como la aplicación -a cuentagotas- de vacunas, parecen de pronto sugerir que el fin de la contingencia está próximo, ¿qué depara realmente un segundo año de pandemia?

“Respecto a la posible complacencia de todo el mundo pensando que las cosas van a continuar mejorando, es importante no caer en ello”, subraya en entrevista el infectólogo e inmunólogo Juan Gea Banacloche.

“Creo que la lección que deberíamos haber aprendido ya después de un año es un poco de humildad en el sentido de que no sabemos muy bien muchas cosas; no tenemos buena contestación a muchas de las preguntas más apremiantes.

No tenemos un entendimiento muy claro de por qué se producen las nuevas oleadas (de contagios) y por qué de repente empiezan a bajar súbitamente. Entonces, hay que mirarlo todo con cierta precaución”.

El especialista en enfermedades infecciosas de la Clínica Mayo, en Arizona, enlista a REFORMA una serie de retos diversos a sortear durante este segundo año de combate al SARS-CoV-2.

VARIANTES
UN VIRUS QUE LLEGÓ PARA QUEDARSE

Uno de los temas que parecen preocupar más y acaso minar el optimismo de estar cerca del fin de la contingencia es el surgimiento de las nuevas variantes de un virus que continúa mutando y mejorando su capacidad infecciosa, al grado que pareciera que su presencia pandémica jamás terminará.

¿Cómo hacer para que las nuevas variantes no se nos salgan de las manos?

En general, las variantes se producen cuando el virus se replica. Entonces, si fuésemos capaces de minimizar la replicación del virus, y eso quiere decir minimizar la transmisión del virus y el contagio, esa es la manera de minimizar las variantes.

La pregunta a largo plazo tiene una contestación más complicada porque nadie sabe qué es lo que va a pasar, pero creo que muy pocas personas o científicos, infectólogos o epidemiólogos tienen la sensación de que el virus vaya a desaparecer.

No tengo idea de cuál va a ser la situación, pero existe una posibilidad muy real de que durante el futuro previsible va a existir, igual que existe el virus respiratorio del catarro común, va a existir un virus respiratorio (el SARS-CoV-2) que puede causar enfermedad severa, necesidad de ir a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) e incluso muerte en un promedio del 2 por ciento de las personas que se infectan.

¿Cuál es la recomendación para las autoridades? ¿Habrían de mantener un monitoreo permanente, a través de la secuenciación genética de los contagios?

Así es, exactamente, de la misma manera que lo hacemos con la gripe. Eso parece un reto más difícil del que es; es una cuestión en la que lo que tenemos que saber, entender a futuro es cuál es la direccionalidad del virus y cómo podemos predecir cuáles son las cepas que van a circular en un hemisferio u otro en los meses subsiguientes. Y eso eventualmente lo aprenderemos, porque hemos sido capaces de aprenderlo en otras situaciones.

Habrá que monitorear la secuencia genética de las variantes. Que esa información se recopile y haya respuesta rápida por las compañías productoras de vacunas para estar siempre con algo disponible.

EL ARMA QUE NO TENÍAMOS

Una diferencia importante con respecto al año anterior, estima Gea Banacloche, es la enorme ventaja de contar ya con vacunas de probada eficacia.

“El reto va a ser conseguir que la mayor parte de las personas que tienen riesgo de tener la enfermedad se vacunen. Pero es un arma que no teníamos; es imposible ser pesimistas sobre ello”, considera el especialista.

Parte del desafío de inmunizar a la población por esta vía está en las incógnitas aún sin respuesta clara, como cuánto tiempo durará la inmunidad tras la aplicación, o si las vacunas actuales son o seguirán siendo eficaces contra las nuevas variantes.

Incluso si será necesario recibir una nueva dosis cada cierto número de meses o cada año con vacunas diferentes creadas en función de las variantes circulantes.

“Si ese es el final, no es un mal final. Porque estamos acostumbrados a hacer eso con la gripe desde hace muchos muchos años. Es un escenario creíble”, señala Gea Banaclohce.

Y es que para el infectólogo e inmunólogo el surgimiento de estas variantes, algunas de ellas con una mayor capacidad infecciosa, no representa como tal un obstáculo para la
vacunación sino, insiste, un reto.

“Tenga en cuenta que ahora sabemos que estas vacunas, por lo menos las de tecnología de RNA mensajero, funcionan”, sostiene. “Tenemos el potencial de crear vacunas específicamente contra las nuevas variantes, si es que es necesario”.

Esto último, continúa, dependerá en parte de la eficacia de los anticuerpos de los pacientes vacunados en contra de las nuevas variantes. Algo sobre lo cual algunos estudios han comenzado a arrojar resultados diversos, como una mayor respuesta de algunas vacunas ante la variante del Reino Unido, mas no así a la de Sudáfrica.

“Eso no es una cuestión que le tenga a uno que generar angustia o temor, porque hay mucho más aparte de los anticuerpos”, remarca el especialista.

“El sistema inmunológico es un sistema muy complicado y muy redundante; hay muchas capas en el sistema inmune a la hora de combatir infecciones. Entonces, incluso si los anticuerpos son menos eficaces, eso no quiere decir que la vacuna vaya a ser totalmente inútil”.

Aunado a esto, está claro que algo que enfrenta el plan de vacunación alrededor del mundo es la distribución desigual y la escasez misma de vacunas.

Escenario complejo que ha llevado a decidir en varios lugares aplicar únicamente una dosis en lugar de dos con el objetivo de cubrir a un mayor número de personas, o incluso evaluar la posibilidad de combinar dos vacunas diferentes. Lo cual podría tener consecuencias riesgosas que aún no han sido estudiadas.

“Con las vacunas distintas, efectivamente, no sabemos qué es lo que pasa si uno se pone una dosis de una y otra dosis de otra. Eso, en principio, puede que no tenga mucho sentido inmunológico porque las vacunas son diferentes, para empezar, y además va a haber muchas más vacunas.

“En la página de registro de la Organización Mundial de la Salud hay 69 vacunas próximas a ensayos clínicos. De manera que decir ‘puedo combinar esta con aquella’, eso va a ser muy complicado”, advierte Gea Banacloche.
TRATAMIENTOS

SIN ATAJOS NI UNA CURA EN EL ARMARIO

A lo largo de este primer año de pandemia, y conforme pacientes infectados desbordaban las UCI por el mundo, los médicos han tenido que idear distintos protocolos de atención valiéndose de aquello que tuvieran a la mano para tratar una enfermedad que muy pronto se descubrió era mucho más que una mera afección respiratoria.

Al día de hoy, distintos fármacos y tratamientos continúan en desarrollo o en fases de autorización de emergencia -como el de anticuerpos monoclonales que la Clínica Mayo aplica para evitar cuadros severos en pacientes de alto riesgo-, sin que aún se tenga uno específico y estandarizado para la atención del Covid-19, como, por ejemplo, sí se tuvo de forma muy rápida en la pandemia de influenza A H1 N1.

“Para la pandemia de influenza teníamos medicación con antiviral contra la influenza, para empezar; había antivirales que eran eficaces contra la gripe.

En cambio, no teníamos antivirales eficaces contra los coronavirus en general”, explica el infectólogo e inmunólogo.

“Desarrollar un antiviral nuevo lleva muchísimo trabajo. Pasó muchísimo tiempo en el caso de la influenza hasta que fueran capaces de desarrollar el oseltamivir, el Tamiflu que ahora es estándar en el tratamiento de influenza”, agrega.

A decir suyo, algo que se ha aprendido del coronavirus actual es que no hay atajos. No se puede prescindir de los estudios controlados sólo porque se piense que alguna fórmula pueda resultar efectiva para la atención de los pacientes.

“El optimismo desaforado no termina bien en general. Uno realmente necesita recopilar los datos y hacer estudios controlados, que con mucha frecuencia lamentablemente demuestran que algo que parecía muy prometedor pues no funciona. Eso nos ha ocurrido durante el año pasado con la hidroxicloroquina”, ejemplifica Gea Banacloche.

“Hay una idea, que suena como realización de deseos más que realidad, de que a lo mejor tenemos la cura para el Covid en el armario, en alguna medicina antigua que nos sirve. Y realmente lo que hemos aprendido es que no, que hay que hacer estudios con los mejores controles que se puedan; hay que seleccionar el grupo de pacientes muy bien, y con eso poco a poco se va avanzando”, agrega el experto.

Para el especialista en enfermedades infecciosas de la Clínica Mayo, el actual proceso para tener fármacos y tratamientos para Covid-19 sólo parece lento por el desconocimiento de lo difícil que es hallar curas para las enfermedades virales.

Pone como ejemplo el caso del VIHSida o la hepatitis, padecimientos para los cuales ha tomado décadas de investigación desarrollar tratamientos específicos.

“Ahora nos quejamos porque al final del primer año de esta pandemia sólo tenemos soluciones parciales.

“Pero yo creo que la medicina ha funcionado muy bien, y que la lección es que no hay atajos, que hay que hacer ciencia como sabemos que funciona, y no pensando que tenemos una gran intuición sobre una medicina que funciona en el laboratorio como para estar dispuestos a dársela a las personas”, manifiesta en la entrevista el infectólogo e inmunólogo.