Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Para Regina Isabel, que recién probó el sabor amargo de la ausencia, con un abrazo encanijado.

Aunque poco más de dos meses después, en esta ocasión quiero contarle de una obra de teatro que vi el 13 de diciembre del año recién hundido en la bruma fantasmal del pasado, y si lo hago ahora, y no cuando le envié aquellas postales navideñas, es porque, en primer lugar, el tema no cuadra en absoluto con el espíritu de dulce inocencia que caracteriza a la temporada decembrina, y en segundo lugar, debido a que, pese al tiempo transcurrido, mantiene una desgraciada vigencia.

La obra lleva por título el que encabeza estas líneas, y el texto provino de la pluma del dramaturgo sonorense Daniel Serrano. El montaje, que tuvo temporada en el Edificio 49 de la Universidad de las Artes, contó con la participación de Roberto Martínez Belmont, Eduardo Gómez Bañuelos, Cecilia Daniela Chávez Vargas y Aldo Joan Macías Marín, estudiantes de la segunda generación de la licenciatura en teatro de esa institución, a quienes acompañaron en los papeles protagónicos los experimentados Heriberto Béjar y José Concepción Macías Candelas. La dirección estuvo a cargo del chihuahuense Rodolfo Guerrero. En su momento –1 de diciembre– el diario La Jornada anunció la obra como la participación de estos teatreros en el “movimiento nacional de crítica y lucha por la justicia sobre las desapariciones de los estudiantes de Ayotzinapa y violencia en general”.

En efecto, la obra gira en torno a las desapariciones forzadas; los que faltan de sus casas en contra de su voluntad. Aquellos que dejaron sola en la cama a una compañera, o viceversa; los que no llegan más a comer, pero ahí sigue su lugar; su silla. En fin, la gente que no ha regresado y todavía es esperada; hasta ahora alrededor de 22,000 en México, más los que se acumulen esta semana, y las próximas…

Esa noche de sábado llovió, y si lo recuerdo es porque a toro pasado me queda la impresión de que ese preámbulo; el recorrido para llegar al lugar de los hechos; la caminata por entre los edificios de la Universidad de las Artes, la lluvia, el silencio, el frío decembrino, la monumentalidad de los espacios, a esas horas casi tenebrosos, la oscuridad, apenas disimulada por un foco en lo que será el Hospital Hidalgo… Digo que todo esto me pareció como si unas manos invisibles me empujaran hacia la gradería de este improvisado teatro e introdujeran en la tensión dramática que respira la obra.

Hacer la tumba, enterrar a la difunta; aceptar que la desaparecida ha muerto. Pero ¿cómo, sin cadáver?; ¿cómo aceptar lo inaceptable? ¿Realmente murió, o está en otra parte? ¿Cómo está? Entonces hay que caer en la cuenta de lo mucho que ha cambiado el país porque señora, señor: aquí sólo desaparecía, pero por propia voluntad, el que debía y no quería, o no tenía con qué pagar; o el que no estaba dispuesto a cumplirle a la doña cuyas delicias había disfrutado.

Total que ahí estuvimos, en el piso de tierra de una tiendita de rancho, en el estado de ¿Michoacán, Guerrero, Morelos? ¿En dónde desaparecen a más personas? Ahí estuvimos unos poquitos espectadores, enterándonos de los padecimientos de estos hombres y mujeres en su mundo violento. Nos sentamos en la gradería justo frente al refrigerador de cervezas, los estropajos colgados junto con unas reatas y un calendario con la foto de una idílica cascada, a un lado de la mesita en la que don Rómulo espanta las moscas de la exigua mercancía que ofrece por una ventana, fruta y dulces.

En el programa de mano se da crédito a cinco personajes. En rigor son seis, porque también está ahí la ausente. Está, como todos los difuntos y desaparecidos, de recuerdo presente. La acción se ubica 10 años después de que Rosario no volviera a su querencia. Ahí está colgada su fotografía, encima de una estantería que guarda una grabadora, frascos, un sombrero, una caja de hojuelas de maíz endulzadas, y al lado una mesa en la que los parroquianos de esta tiendita de Tierra Caliente pueden beber una cerveza mientras le alzan uno y otro lado a la vida para intentar averiguar cuál es su naturaleza; qué ingredientes la conforman. Ahí, encima de los anaqueles, está la imagen de la muchacha, el recordatorio terrible de lo ocurrido no ocurrido. ¿Por qué desapareció; qué hizo para merecer tal suerte? Nunca se sabe, y esto no hace sino enfatizar aquello que Hannah Arendt llamó la banalidad del mal; su tremenda inutilidad.

“Hagámosle la tumba, pa’ que le chille a gusto”, propone Silvestre pensando en Ramiro, marido de la ausente, y luego de escuchar las remembranzas del padre de la muchacha, agrega: “Dicen que lo peor que le puede pasar a alguien es que se le muera un hijo, pero dicen que todavía es peor no tener la seguridad de dónde chingaos está”, y entonces, a lo largo del montaje los presentes le dan vueltas a la ausente; se relamen las heridas. Cuidan, como escribiera mi querida Carolina Castro Padilla, no perder lo que quieren olvidar; ponen a la luz de su reflexión descarnada sus vidas mutiladas por esta desaparición forzada, la angustiosa incertidumbre de si vive o muere, si estará bien, si será feliz, si necesitará algo, y siempre ese boquete en el alma; esa zona de muerte que vive en el padre; en el marido.

Buen manejo del espacio, limitado por dos paredes de tablas con huecos –como si fueran las rejas de una rudimentaria prisión–, con varias puertas por las que entran y salen todos, y una ventana que permite otear el horizonte –¿qué ven al fondo los personajes?, ¿qué que no vemos los espectadores?–, y que se transforma en una ocasión. Los mismos actores van desvaneciendo la tiendita acompañados por una serie de evoluciones circenses, para hacer aparecer sobre la fría tierra un páramo largo y angosto en el que por fin podrá erigirse la tumba, cuando menos para enterrar en ella la angustia y que se pudra la condenada, y así recuperar un poco de triste tranquilidad; cuando menos eso.

También dignas de remembranza son las caracterizaciones –y en particular la que José Concepción Macías Candelas hace de don Rómulo, viejo decrépito; casi inválido, absolutamente creíble– que se enriquecen con un buen vestuario y maquillaje.

Hacer la tumba, ponerse en paz con la vida, aunque sea injusta; aunque los ganones de siempre continúen en lo de siempre y el crimen organizado siga cebándose con una sociedad desorganizada, indefensa. ¿Será posible? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.migrante@gmail.com).