René Urrutia De la Vega

Hoy en día todos hablamos sobre violencia contra las mujeres, todos opinamos, todos estamos enojados, ellas tienen miedo y coraje, a todos nos duele, a todos nos afecta, todos exigimos, todos queremos que sea distinto y queremos que alguien haga algo para cambiar la realidad que nos recuerda a gritos que estamos ante una grave crisis, y en esto prefiero pecar de exagerado que quedarme corto.
Hoy hablamos de Fátima, ayer hablábamos de Ingrid, hemos hablado de muchas de ellas, de muchos nombres de mujer, tenemos años, lustros, décadas hablando de violencia feminicida, de violencia familiar, hablando de violencia y de miedo… hablando y hablando.
La figura típica (delito) de feminicidio ha logrado hacer visible un problema grave de nuestra sociedad, el feminicidio es la más cruel manifestación de violencia en contra de las mujeres y de las niñas, de una realidad – dura, triste y cruda – que viven miles y miles de mujeres, niñas, adolescentes, madres, hijas, abuelas, empleadas, estudiantes, es un problema de todos, en el que todos debemos asumir nuestra postura y actuar, menos discurso y más acción.
Que el delito de feminicidio se quede en nuestros códigos penales, pero que se unifiquen criterios en su configuración a nivel nacional y se perfeccione su redacción para que sea un factor de solución, no parte del problema, que se haga todo lo necesario, sin austeridad y sin pretextos, para que las investigaciones sean profesionales en todos los casos y, como resultado, se apliquen las consecuencias jurídico penales correspondientes a quienes lo cometan, que prevalezca la eficaz aplicación de la norma, no la impunidad. Debe quedar claro que ello no depende del nombre que le demos a un delito, depende de que hagamos bien las cosas, depende de la participación de la sociedad, por un lado, y de que por fin haya capacidades técnicas y operativas de las autoridades, por el otro, del fortalecimiento de las instituciones y, tengo que decirlo, de que logremos dejar atrás de la raya a la política y a los políticos en esta función.
Lo que sí deberíamos estar haciendo, y digo “deberíamos” porque es un trabajo en el que los integrantes de la sociedad debemos participar más y de mejor manera, es revisar y perfeccionar la configuración del delito y de diversas normas penales para hacerlo cada vez más una herramienta que ayude realmente a resolver y no a entorpecer, que tampoco sea solamente parte de discursos y posturas demagógicas, no podemos seguir cayendo en la tentación de aumentar penas y tipificar cada vez más conductas de manera irracional e indiscriminada, debemos enfocar el esfuerzo de manera correcta ayudándonos de la ciencia del derecho y particularmente del derecho penal, en vez de jugarle en contra.
No es posible que sigamos pretendiendo crear soluciones con la generación indiscriminada de leyes penales, incrementando penas y penalizando conductas que llegan al grado de lo absurdo (populismo penal) y que generan mayores problemas de los que se supone deberían resolver, no al abuso de la ley penal, no a la producción de leyes al margen de la ciencia jurídica solo para pretender satisfacer necesidades políticas, como una salida fácil que entorpece y estorba, no soluciona.
Revisemos entonces nuestras leyes, quitemos todo aquello que no sirve y enfoquemos mucho más el esfuerzo en lograr su cumplimiento mediante acciones enfocadas en mejorar las capacidades institucionales, en el fortalecimiento de las instituciones encargadas de prevenir, de investigar, de procurar y administrar justicia, pues mientras no atendamos las capacidades técnicas y operativas de nuestras policías, de nuestras áreas de prevención social, de ministerios públicos, de jueces, del sistema penitenciario, en vano será seguir haciendo modificaciones y más modificaciones legislativas, atribuyendo cada vez más obligaciones y tareas a las mismas autoridades, dependencias e instituciones, sin proporcionarles herramientas operativas, ni presupuestales, sin dotarlas de recursos materiales y humanos suficientes para hacer frente a tantas encomiendas, la prueba está en que los problemas no se resuelven, ni siquiera han empezado a resolverse.