Moshé Leher

Creo que quedó establecido que Janucá no es Navidad, pero que está asociada a las fiestas solares, o del fuego, del Mediterráneo, como las Saturnales romanas, las fiestas persas a Mazda, que solían realizarse justo en el solsticio de invierno, justo cuando los días son más cortos y las noches más largas -y frías, faltaba más-.

Solían ser fiestas donde se adoraba al Sol y con él a la fertilidad de la tierra; en el caso judío se celebra el triunfo de los rebeldes macabeos (los judíos, no los mamertos que aquí se hicieron llamar así hace años) sobre los conquistadores seléucidas y con la segunda consagración del Templo, que fue purificado tras la expulsión de los helenos, pues estos salvajes llenaron el recinto de imágenes paganas.

Cuenta la leyenda… ¿y qué diablos importa lo que cuenta la leyenda?

Lo que importa es que, decía, en mi humilde e israelita parecer (siempre hay que distinguir a los israelitas de los israelíes, como a mi prima Selene de los selenitas), la Janucá ofrece incomparables ventajas, de la cual la primera es que la puedo celebrar o no, según me venga en gana, como ya lo he dicho.

Obviando las deplorables imágenes del tal Santa (que sigo sin entender qué tiene que ver con el cristianismo), o los villancicos, de los que ya me extendí, lo mejor de la Janucá es que se limita a: uno, encender la Januquiá durante ocho días, al caer la noche; dos, a jugar un juego más bien bobo con el ‘dreidel’, que es una peonza de cuatro lados; tres, a comer frituras como el ‘sufganiot’, que son panecillos y donas, fritas, rellenas de caramelo, compota o chocolate; y, cinco, a cenar con otros judíos y darles a los niños gelt: monedas de baja denominación o de chocolate.

Yo como no tengo judíos a mi alrededor, no tengo más que encender las velas; mi hijo de mi sangre, de mi sangre azquenazi, anda lejos, muy lejos, y para más inri, anda ahora simpatizando con la causa palestina, de tal manera que si bien no es un judío antisemita (que los hay, claro), sí es un militante antisionista, amén de que no creo que le haga gracia que le regale monedas de un denario o moneditas de chocolate.

Esto implica dos cosas, la primera de las cuales es que no tengo que gastarme un peso en regalos, ni decirle a nadie que lo quiero mucho comprándole lociones Avon, ni libros de Paulo Cohelo, o como se llame ese mendaz escriba, tan de moda, me dicen.

Ahora bien, el que no regala, no recibe, lo que es lo mejor de todo, lo que te evita que algún majadero te regale un vino tinto chileno de Concha o Toro, o mucho peor, un vino dizque premiado sacado de lo que era un ejido de por Pabellón de Arteaga (y que para términos prácticos es un líquido nauseabundo y seguramente cancerígeno); también te evitas recibir, a saber: quesos elaborados con poliuretano, jerseys psicodélicos tejidos por una tía disléxica, corbatones de presunta marca italiana fabricados en un sótano en Vietnam, calcetines Donelli, o camisas de Zara confeccionadas para un tipo que tiene los brazos dos veces más largos que los tuyos, etcétera.

Yo festejé muchos años las navidades cristianas -más de las que hubiera querido- y, créanme que hablo de corazón, no extraño para nada esas fiestas que lo son de la banalidad, la hipocresía y el derroche.

¿Que si extraño algo de las fiestas de antes? Pues claro, cómo no voy a extrañar, no soy un insensible: extraño, no saben ustedes cuánto, el aguinaldo que se me entregaba por estas fechas, aunque ese tema no tiene nada que ver con que yo sea judío, sino porque soy desempleado, aunque este asunto nada tiene que ver con navidades, ni fiestas celtas, ni festivales paganos, sino con asuntos que no son tema de esta profunda disertación.

Y ya me voy que cae el sol y hoy se enciende la quinta vela y toca recitar eso de Baruj Atá Adonai…

¡Jag sameaj Janucá!

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