Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Me detengo ahora en lo excepcional de la fachada del templo del Señor de los Rayos; lo insólito, porque aun hoy esta obra tiene, digámoslo así, enemigos o malquerientes, 50 años después. Considere, por ejemplo, este comentario, extraído de una página de Facebook, subido a esta red el 20 de enero de 2020, que me parece que sintetiza la opinión de muchos en torno a esta obra. Y dice: Hoy por fin le pude hallar algo bonito a la horrenda fachada del templo del Señor de los Rayos (alias La salchichonería o la carnicería o las menudencias): Iba yo entrando al atrio y preguntándome cómo diantres se les ocurrió construir esa fachada, ¿en qué estaba pensando el que la autorizó? Casi para entrar al templo vi un detalle: En el paño del Cristo hay una grieta, ahí vi parado un gorrión que miraba hacia adentro y metía la cabecita, supuse que era un nido. Vaya lugar para un nido. Cuando terminé mi asunto ahí y salí, vi dos gorriones revoloteando en la cabeza del Cristo y parándose en las espinotas feas de su corona. No cabe duda que Dios sabe sacar algo bueno de lo feo , ya veo diferente ese espanto de arquitectura (pero sigo pensando que es horrendo)”. La opinión fue recibida por algunos comentarios de los amigos de esta persona: “Yo siempre le he dicho templo del Cristo descuartizado. Creo que es la definición más exacta. No la conozco, pero vi fotografías y las compartí y puedo entender el rechazo. Dentro de lo no tan bonito hay algo bello, sólo es buscarlo. Por otro lado, ¿qué mente pudo construir esta obra??”.

Muy bien. Como dice el dicho reformado: cada cabeza es una confusión. Francamente los comentarios me parecen excesivos e incluso injustos. A ver si lo que viene aporta alguna información que disipe tan lapidarias opiniones.

De entrada habría que decir que quien autorizó la edificación de la fachada debió ser el mismísimo obispo diocesano, Salvador Quezada Limón. No lo sé de cierto, pero lo supongo, dado que se trata de una época en la que la palabra episcopal era absoluta, y tal vez definitiva. Ahora bien, a despecho de lo anterior, no deja de llamar la atención el que un personaje como el yahualicense hubiera aprobado semejante proyecto, que aun hoy en día conserva su naturaleza vanguardista…

Por lo pronto voy con el autor, y para ello cuento con la información que me proporcionaron los señores Germán González Hidalgo y Gonzalo Infante. Guillermo González, originario de la ciudad de México, hijo de padre alemán y madre mexicana. Ellos se separaron y él adoptó el apellido de la madre. Nació en la Ciudad de México el 29 de marzo de 1929, y murió el 13 de enero de 2013. Entonces, si su vida transcurrió en la ciudad de México, y la mayor parte de su obra se encuentra allá, obliga la pregunta de cómo fue que vino a dar a Aguascalientes.

González trabajó muchos años para el CAPFCE, y ahí tenía un amigo, y por donde andaba el presidente, había que poner una exposición del CAPFCE; era un trabajo de divulgación. Tenía muchos amigos en la República porque tenía que tener contactos para poder montar las exposiciones. Siempre hablaba de Chito, el arquitecto José de Jesús Bernal Díaz, que en Aguascalientes, y en su momento debió ser personaje muy principal, pero del que no tengo ningún dato. Lo de personaje principal lo digo porque tiene su calle allá en las lomas del oriente, donde termina esta populosa ciudad. Bernal estaba relacionado con el obispo. Ahí es donde se establece el contacto, porque tenían el pendiente de que este templo no tenía la fachada. El obispo le pidió a González un proyecto, que presentó al mitrado en otra vuelta, y éste lo aceptó y que constaba de dos partes: en primer lugar, la estructura, y luego las esculturas integradas a esta. Durante varios meses González vivió en Aguascalientes, aunque sin desarraigarse de la Ciudad de México. Del obispado le proporcionaron una bodega donde trabajó ambas cosas al mismo tiempo, la estructura arquitectónica y las figuras, siempre ayudado por Bernal Díaz, su amigo. Luego de concluida ésta, le pidieron que realizara un viacrucis para colocarlo en el interior del templo, tal y como se observa en todos los templos. Este lo hizo en partes, aquí y en México.

Si me permite la expresión, esta vía dolorosa es aún más vanguardista que la fachada, muy fuerte en su expresividad, razón por la cual, supongo, algún capellán llegó, lo vio y se preguntó: ¿y esto que rayos es?, y lo retiró de su lugar y lo arrumbó por ahí. El Calvario que sustituyó al de González era de pasta; de esos que se encuentran en multitud de templos.

Pero las estaciones no fueron destruidas; sólo arrumbadas. A la muerte de González, la familia se preguntó por esta obra. Se estaba montando una exposición con trabajos del desaparecido, y aparecieron fotografías de las piezas, y con ellas el cuestionamiento sobre dónde habría terminado. La historiadora del arte Adriana Flores preguntó al capellán, a lo que éste recordó la bodega del templo, llena de tiliches, y sí, ahí estaba. Los familiares solicitaron su restauración y regreso a su lugar, así como la colocación de una placa que reconociera a González como autor de la fachada y del viacrucis, cosa que aceptó.

Se llevaron las piezas a México, en donde Edna Hidalgo, cónyuge de González, las restauró durante la pandemia. De regreso en Aguascalientes, fueron devueltas a su lugar y develadas el pasado 23 de abril. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).