Jesús Eduardo Martín Jáuregui

(Me galopan en la sangre

Dos abuelos, si señor.

Uno lleno de silencios

Y el otro, medio cantor…

Atahualpa Yupanqui)

En su monumental obra “El corazón de piedra verde” Salvador de Madariaga describe con una riqueza literaria y una extraordinaria sensibilidad el llamado “trauma de la conquista”, que no es solamente las consecuencias humanas y materiales: pérdida de vidas, suplantación de cultos, transformación de costumbres, nuevas y terribles enfermedades sino un gran salto cultural. En unos cuantos años, de sopetón se brinca de la edad antigua al pre-renacimiento. Sabemos que España llegó tarde al Renacimiento, pero sabemos también que ya se gestaban en las cortes, en los conventos y en las universidades las inquietudes que invertirían el orden del universo quitando a la tierra del centro y colocando al hombre como eje, cuestionando la autoridad papal, reordenando la visión del mundo y utilizando el instrumento más maravilloso que imaginarse pudiera para la socialización del conocimiento: la imprenta de tipos móviles.

Si el Renacimiento habría de ser una revolución cultural, se quedaría pequeño ante el brusco cambio que la cosmovisión y la cultura de los pueblos mesoamericanos y andinos (que eran los más avanzados de América) experimentaron con la conquista. De un día para otro, valga la expresión, tras los días nefastos surgió el nuevo sol. Un mundo nuevo. La mitología mexica con una visión pesimista explicaba la creación del hombre a raíz de una mala pasada que el perverso Tezcatlipoca le juega a Quetzalcóatl, quien había sustraído del Mictlán los huesos del anterior para hacer un nuevo hombre convencido de haber resuelto el problema en la creación que le hacía ir siempre en contra de la naturaleza para la que fue creado, pero engañado por Tezcatlipoca, que le hace beber el pulque, trastabilla y cae quebrándosele los huesos. Lamentoso Quetzalcóatl se dirige a su nahual, (especie de ángel de la guarda, daimon socrático o “sombra” jungesca ) y le dice: “Nahual mío, puesto que ya salió mal, salga de ello lo que saliere”. La leyenda sugiere dos características para el humano, ir en contra de la naturaleza para la que ha sido creado y haber surgido de una mezcla impensada de los huesos que no aseguraba que la visión de Quetzalcóatl se plasmara debidamente en su creatura.

En una de las partes de su obra Madariaga toma el tema fundamental de la conquista de México: “Guerra en la sangre”, se llama esa parte y desarrolla la cuestión del mestizaje. Recrea anécdotas de los primeros mestizos como un punto de partida para elevar la visión hasta el análisis de la creación de una nueva raza, la “Raza cósmica” diría José Vasconcelos, que no es la sumatoria ni la resultante de vectores, sino un nuevo ser a partir de un crisol en que confluyeron desde fenicios, romanos, celtas, iberos, godos, germanos, árabes, judíos y todos los grupos de árido América. Demasiados ingredientes para un solo platillo. En esas múltiples raíces Vasconcelos quiso ver el destino futuro de la humanidad, visión optimista que superaba el estereotipo del proverbial pesimismo indígena y la mezcla explosiva del conquistador.

Transcurridos quinientos años, doscientos once en independencia formal, los fantasmas del pasado ya no debieran asustar a nadie. El mestizaje es un hecho y el mestizaje es también la negación del pretendido aniquilamiento de las comunidades indígenas, millones de personas hablan todavía lenguas indígenas, practican sus ritos y costumbres ancestrales, en su mayoría interactúan con el resto de los mexicanos y luchan por conservar su cosmovisión en un mundo cada vez mas complejo para ellos y para el resto de los mexicanos. También se nos ha derrumbado un mundo, las fronteras se han vuelto líquidas quedando sólo como reductos para la defensa de un nacionalismo demodé. Mis alumnos de hoy saben quiénes son los talibanes pero ignoran quiénes integraban la triple alianza, reconocen los emojies pero no identifican un glifo tolteca. No pueden conjugar los verbos irregulares pero manejan a la perfección las nuevas aplicaciones y tendencias en el internet.

Se dice que alguna vez dijo el Gral. Charles de Gaulle que era casi imposible gobernar a un país en el que habían trescientos quesos distintos y de España se podría decir que no se puede gobernar un país con medio centenar de advocaciones marianas. Cada poblado defiende sus bienes y valores y en conjunto dan forma a una nacionalidad.

La nación mexicana tiene que ser una construcción cultural para la cual contamos con maravillosos ingredientes. Quinientos años después seguimos llorando una pérdida que no perdimos, nos lamentamos de una derrota que no fue nuestra, no podemos asimilar una tragedia ajena. La destrucción de una cultura curiosa con evidentes muestras de fina sensibilidad, con una cosmogonía retrasada tres mil años a la dominante en Europa, con técnicas rudimentarias en las que ni siquiera se había incorporado la rueda y con una domesticación precaria de los metales. Si no con los españoles se hubiera perdido ante los ingleses o irlandeses y quizás estaría reducida a reservaciones y películas. México, el México de los Mexicas no es nuestro México, los mexicas (aztecas) fueron los derrotados y fueron derrotados por los de su propia sangre, pueblos nahuatlatas, incluso los texcocanos con los que habían constituido la formidable triple alianza.

Lejos de buscar como decía Manuel García Morente la conciencia de un pasado común, que se actualiza en el presente y se proyecta hacia el futuro, los gobiernos autonombrados herederos de la revolución, incluido MORENA y los fugaces de la derecha se han planteado la división como estrategia, que ha sido, quizás, buena para sus fines pero mala para el país y pésima para construir una nación que es la asignatura pendiente en nuestra patria.

Parece que el autoconvicto Tlatoani del Palacio Nacional, ante la incapacidad de dar un rumbo y un sentido, aglutinando las diversas fuerzas nacionales que confluyen en este país ha optado por asumir las pesimistas palabras de Quetzalcóatl: como la cosa va saliendo mal, salga de ello lo que saliera.

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