Godzilla definitivamente está atravesando una racha triunfadora. Primero, la película “Godzilla Menos Uno” (Yamazaki, Japón, 2023) resultó todo un triunfo creativo y taquillero que le dio acceso a su primer premio Oscar en 70 años de carrera, y ahora su versión occidental en “Godzilla y Kong: El Nuevo Imperio” ya se consolidó como un éxito en salas cinematográficas a nivel global, lo que seguramente alentará al estudio Warner Bros. a proseguir con sus proyectos estelarizados por el lagarto gigante, sobre todo al considerar el modesto desempeño de los dos filmes anteriores (“Godzilla vs. Kong” y “Godzilla II: El Rey de los Monstruos”). Y esperemos que sigan aplicando la fórmula vista en esta reciente producción, pues al fin se han acoplado al esquema dramático de las añejas cintas que manufacturaba la compañía Toho en los 60 y 70, privilegiando los puñetazos y mordidas entre estos colosales personajes, amén de algunos nuevos que se suman al melé, y dejando más de lado a los personajes humanos, aquí representados sólo mediante cuatro actores que ofrecerán toda la explicación pseudocientífica, mística y ñoñerías varias intercaladas entre las enormes peleas ahora efectuadas en escenarios internacionales (Italia, Sao Pablo y El Cairo, por mencionar algunos) y explicando de una buena vez la intrínseca relación entre la humanidad y estos seres desmesurados como se vino aludiendo en las otras películas.

Justo es decirlo, la trama es simplista y absurda (como debe, supongo, en un filme de esta caladura), dividiendo sus arcos en dos puntos principales: aquel donde la científica de la Corporación Monarca, Ilene Andrews (Rebecca Hall), junto a Jia (Kaylee Hottle), la jovencita muda de la milenaria raza Iwi que habita en la Isla Calavera capaz de comunicarse con Godzilla y ahora con la gargantuesca polilla Mothra –protectora de Godzilla–, el podcastero dizque gracioso Bernie (Bryan Tyree Henry) y Trapper (Dan Stevens), un médico aventurero y dentista de ocasión (una escena de delirio antológico lo muestra haciendo una extracción dental al mismo Kong mientras está inconsciente), deben detener la amenaza que supone la confrontación entre estos Titanes, mientras que del lado monstruoso, Kong, quien ahora sí tiene un arco más detallado dándole considerable tiempo en pantalla en comparación a su contraparte escamosa, llega a los confines de la Tierra Hueca, donde habitan entidades igual de inmensas, incluyendo al simio megalómano Skar que pretende llegar a la superficie para conquistarla, y un pequeño mono al que Kong terminará adoptando. Ambas historias convergerán en un clímax de destrucción masiva que está de verse para creerse.

Como la dirección corre nuevamente a cargo de Adam Wingard (“Tú Eres el Próximo”, “Godzilla vs. Kong”), los componentes fantásticos sobrepasan a cualquier intento del reparto humano por destacar, prodigándole a estos personajes los rasgos y detalles narrativos más básicos que les permitan transitar en un mundo donde bestias mastodónticas andan libres por nuestro planeta. En este mundo, toda lógica sucumbe a la tontería que ciega los aspectos más obvios de la trama: ¿Por qué hay sol y cielo azul en la subterránea Tierra Hueca? ¿Cómo puede Godzilla desplazarse de un punto A a un punto B sin que nadie lo detecte? ¿Por qué estos formidables monstruos siempre terminan peleando en zonas turísticas icónicas? Y lo peor, ¿por qué entre estas batallas donde hay golpes a diestra y siniestra en una especie de cruza psicotrónica entre “John Wick” y el cine kaiju a alguien, absolutamente a alguien, le preocupa que devasten algunas de las 7 Maravillas como las pirámides egipcias? Supongo que nada de esto, entre muchos otros detalles, debe importar. El espectador debe tan solo sujetarse a su asiento y dejarse llevar por el viaje, uno que debo admitir, está ensamblado con las piezas necesarias para que entretenga a un nivel muy básico, como el convincente e intrincado diseño de las criaturas y sus conflictos o todo el submundo donde pululan las monumentales quimeras, de evidente conjuración digital pero bastante vistosas. “Godzilla y Kong: El Nuevo Imperio” al final se siente como una versión de presupuesto igual de colosal que sus protagonistas de aquel cine baratón digno de matinée que disfrutamos en nuestra infancia.

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