Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

 (Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por la naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico del mismo, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Nos encontramos en uno de los momentos culminantes del Universo Monstruoso creado por la Warner Bros. y su amiguete de producción Legendary Entertainment desde hace 7 años, cuando se creó el primer proyecto occidental del milenio sobre el inmortal kaiju Godzilla, entonces dirigido por el sobrevalorado joven estrella Gareth Edwards, quien venía de asombrar a todos aquellos que jamás habían visto cualquier cosa que incluyera criaturas gigantes en su película “Monstruos – Zona Infectada” (2010), una zopenca simbiosis kitsch–romántica. Su interpretación del clásico personaje, creado por Ishiro Honda en los 50 dividió opiniones, por lo que tuvimos que esperar 5 años para disfrutar una versión más apegada a los cánones establecidos por la Toho en casi 6 décadas con la mucho más honesta, y casi me atrevo a escribir inteligente, “Godzilla 2: El Rey de los Monstruos” (Dougherty, E.U.), donde el escamoso protagonista se enfrenta y derrota a varios de sus congéneres monstruosos. Por otro lado, King Kong, una de las creaciones insignes de la cinematografía fantástica norteamericana, encontró un vehículo muy coherente y refrescante en “Kong: La Isla Calavera” (Roberts, E.U., 2017), la cual amasaba los deliciosos delirios argumentales que Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack propusieron en la década de los 30, cuando debutaron al personaje con una sensibilidad visual y visceral deudora tanto a Peter Jackson con el “Apocalipsis Ahora” de Coppola. Fue justo en el punto concluyente de ésta cuando se reveló que ambas criaturas inevitablemente se enfrentarían y aquí estamos, presenciando este duelo de titanes que, justo es decirlo, ya lo habíamos disfrutado en 1962, cuando el mismo Ishiro Honda filmó el enfrentamiento con todos los elementos característicos de la época, los cuales que distinguieron a sus producciones (botargas con zíperes visibles, maquetas de enormes metrópolis hechas añicos, subtramas melosas, etc.) y que, curiosamente, esta puesta al día rescata en cuanto a sus propiedades narrativas, pero con valores de producción de lujo y alta tecnología. El resultado es una cinta digna de la Toho, pero pasada por la vistosa maquinaria hollywoodense, donde lo fundamental es la escaramuza entre los dos monstruos titulares y los seres humanos, por más arcos argumentales e ires y venires que les den, son y siempre serán el elemento secundario.

La historia principal consiste en darle seguimiento a Kong y Godzilla hasta el momento en que deban confrontarse, pero el hilo conductor lo dan diversos personajes que ya aparecieron en las cintas anteriores, bifurcando la trama en dos vías paralelas de narración que trazan un relato macro. Primero, tenemos a la investigadora Ilene Andrews (Rebecca Hall), quien tiene bajo su cuidado en una simulación virtual de la Isla Calavera a Kong, controlado en mayor parte por una pequeña niña sordomuda llamada Jia (Kaylee Hottle), que logra comunicarse con el gargantuesco antropoide mediante lenguaje de señas. Ambas terminarán aliadas con un escritor llamado Nathan Lind (Alexander Skarsgård), a quien se le ha comisionado por instancias de Walter Simmons (Demian Bichir), director de una megacorporación llamada Apex, el investigar una teoría de Lind sobre un mundo subterráneo llamado Tierra Hueca donde, muy probablemente, habiten otros seres como Kong y Godzilla, acompañados por la severa y misteriosa hija de Walter, Maya (Eiza González), para que supervise la operación. Por su parte, Madison Russell (Millie Bobby Brown), quien hiciera amistad con el reptil gigante en “Godzilla 2”, traspasa los muros de Apex junto con su regordete amigo nerd Josh (Julian Dennison) y un podcastero paranoico y torpe de nombre Bernie (Brian Tyree Henry) para descubrir que esta corporación sólo busca controlar a los monstruos mediante enlaces psiónicos canalizados mediante el cadáver del fallecido kaiju Ghidorah. De este modo, y una vez más, los verdaderos enemigos son los ambiciosos humanos, mientras que Godzilla y Kong, habiendo intercambiado golpes en su primer enfrentamiento, deberán unir fuerzas cuando se desata la fuerza de…¡Mecagodzilla!, creación robótica de Apex para dominar el mundo, o algo así.

Toda la estructura del cine de matinée está aquí, donde la lógica, la verosimilitud o cualquier rasgo de realidad se lanza por la borda para entregarse a un frenesí de fantasía donde cualquier pieza de tecnología es posible. El espectro del maniqueísmo se cierne sobre todos los personajes (los buenos y los malos poseen distintivos rasgos físicos y morales para evitar confusiones), la puesta en escena favorece la parafernalia visual con saturados tonos cálidos e intenso cromatismo neón y los colosales protagonistas son antropomorfizados para adecuarse a los modelos de conducta humanos. Y, al final, todo cuaja, gracias a que el director Adam Wingard (“Tú Eres el Siguiente”, “Death Note”) elimina cualquier solemnidad que adhiriera su historia a la sensibilidad posmoderna por otorgarle realismo a lo inverosímil y mejor quedarse con los aspectos salvables de esta abrillantada película B de millones de dólares (155 para ser exactos), como el carisma de sus actores (particularmente Hall y la adolescente Brown) y el irresistible encanto de dos de los más grandes leviatanes de la historia del cine, ya que, sin importar quién de los dos resultara ganador, el público es el verdadero triunfador en este desmesurado combate.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com