Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Uno jamás va al cine a ver una película de Godzilla esperando las narrativas más ricas y profundas o los personajes psicológicamente más densos. En la longeva y próspera carrera cinematográfica de esta icónica criatura creada por Ishiro Honda para la mítica compañía japonesa Toho Films hace ya 65 años, queda claro que lo único que interesa en sus filmes es ver cómo destruye alguna área metropolitana mientras se traba a golpes con otro ser gigantesco. Su primera cinta genera un interesante esfuerzo por desarrollar un drama humano análogo a la devastación del leviatán escamoso, mostrando el sufrir de sus víctimas como un eco metafórico de las frescas heridas producidas en el subconsciente nipón por los horrendos bombazos a Hiroshima y Nagasaki. Pero durante la década de los 60’s y mitad de los 70’s la imagen de Godzilla se diluyó al infantilizar su presencia como bienhechor gargantuesco y amigo incondicional de todos los niños que existe tan sólo para liarse en combates con multitud de engendros que buscan dañarnos (a la postre conocidos en la cultura popular como kaijus). Es por ello que la nueva película sobre el personaje, “Godzilla II: Rey de los Monstruos”, se percibe como una amalgama de ambas tónicas al favorecer los enfrentamientos entre el titular y sus quiméricos antagonistas a la vez que se persigue una historia sobre un matrimonio fallido y su hija envueltos en la vorágine destructiva, y esto sólo funciona a medias, pues queda claro que el amor del director Michael Dougherty (“Trick r’ Treat”, “Krampus”) es para los monstruos y no tanto para los personajes humanos, pues los mejores momentos de la cinta es cuando Godzilla y compañía hacen de las suyas, pero aun así hay suficientes elementos secundarios favorables para entronizar este filme como superior a la predecesora del 2014 dirigida por el maleta Gareth Edwards y protagonizada por Aaron-Taylor Johnson.
Ubicada en los cinco años posteriores a su predecesora, la cinta nos muestra un mundo confrontado por los “titanes”, monstruos enormes similares a Godzilla que son rastreados y estudiados por la organización clandestina Monarca, la cual busca protegerlos en un afán coexistente, poniéndolos en oposición directa con la milicia norteamericana que únicamente busca exterminarlos. Es aquí cuando entra la doctora Emma Russell (Vera Farmiga), una brillante científica que ha desarrollado un aparato denominado ORCA capaz de comunicarse e incluso controlar a dichos Titanes, mas ella y su hija Madison (Milly Bobby Brown) son raptadas por el ecoterrorista Jonah Alan (Charles Dance), quien quiere utilizar el dispositivo para despertar a los monstruos aún durmientes y purificar el planeta. Con el fin de detenerlo, Monarca acude al ex esposo de Emma, Mark (Kyle Chandler), quien trabajó en el diseño del ORCA, para que lo rastree y puedan recuperarlo. Mark accede, y la película se transforma en una persecución a nivel global donde madre e hija tratan de definir el propósito de las criaturas en el planeta –Emma está convencida de que la humanidad es una enfermedad y los monstruos son la cura, mientras que la jovencita busca salvarnos a todos– a la vez que Mark sólo quiere rescatar a su adorada hija. Mientras tanto, un saurio de tres cabezas llamado Rey Ghidorah logra despertar y recluta a otros Titanes (una suerte de pterodáctilo llamado Rodan y un miriápodo que posteriormente logra metamorfosearse en la mariposa gigante llamada Mothra) para devastar el mundo, encontrando oposición en Godzilla, quien en realidad quiere ayudarnos.
Aquí es cuando la cinta brilla en todo su esplendor, pues las batallas están muy bien articuladas con base en un montaje limpio y enfrentamientos básicos que no apelan a coreografías abrumadoras. La destrucción es avasallante y es obvio que la intención de esta cinta es apreciarla en una pantalla de enormes dimensiones, pues la puesta en escena apuesta por una estética macro y espectacular. Aquí los monstruos son las estrellas, como ocurriera en las añejas producciones de la Toho, mientras que los humanos son tan sólo adornos narrativos que cumplen funciones básicas para avanzar la trama (explican todo lo que ocurre, la procedencia y nombres de las bestias, muestran el suficiente antagonismo para ser considerados más monstruosos que las mismas criaturas, etc.) a la vez que buscan producir el suficiente pathos como para que no quede todo en mera devastación masiva, cosa que se cumple a medias, pues no resultan tan interesantes como sus contrapartes colosales.
Lo curioso es que “Godzilla II: Rey de los Monstruos” tiene un presupuesto que fácilmente conjunta el costo de todas las cintas producidas por la Toho hace décadas, pero posee el mismo sentido unidireccional y simple de entretener sin caer en rebuscamientos innecesarios o petulancias varias, lo que permite su disfrute sin problemas gracias a la pericia del director Dougherty y su amor por estos monstruos que así como se ganan nuestros corazones, quieren devorarlo en un santiamén. Buena opción para divertirse sin exigencias.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com