Jesús Eduardo Martín Jáuregui

¿Quién te mete, Juan Bonete? Dícese cuando alguien se mete en lo que no le incumbe.

El viernes pasado una alta funcionaria de una ONG internacional con sede en Ginebra, con la que coincidí, luego de un foro, en el transporte al aeropuerto de la CdMx, me preguntó cómo se integraba el gobierno de transición en nuestro país. Le contesté que no había tal gobierno, que seguía en funciones el Presidente Enrique Peña Nieto y que el gobierno electo no tomaría posesión sino hasta dentro de poco mas de dos meses, ella no lo podía entender y pensándolo bien yo tampoco. Me dejó cavilando y como cavilar es un buen pretexto para no trabajar, la cavilación se ha prolongado hasta pergeñar este articulejo.

Los licenciados Joaquín Cruz Ramírez y Miguel Gerónimo Aguayo Mora que se profesaban una amistad y admiración recíprocas, coincidieron en el servicio público, uno como Secretario General de Gobierno, otro como Secretario Particular, aunque luego Aguayo fungió también como Secretario de Gobierno. En su etapa coetánea se intercambiaban misivas que eran además de un ejemplo de bien decir, es decir, de bien escribir, eran también modelo de comedimiento, humor y oportunidad, no en balde decía San Anselmo que el bien para ser verdaderamente bueno tendría que ser oportuno. Un tema constante de su intercambio espistolar era la “Política de Juan Bonete” que yo, ingenuamente creí, se trataba de un tratado similar (lo mismo pero más barato) que la “Política de Dios, gobierno de Cristo, tiranía de Satanás” de Francisco de Quevedo y Villegas, quien también era objeto de su devoción. El hecho es que Juan Bonete, según ellos, escribía premáticas, tratados, cuestiones y disquisiciones. Punto principalísimo de la política de Juan Bonete era no adelantar ni atrasar los tiempos. Como me dijo una chispeante dama “empieza cuando se inicia y acaba cuando termina”. Lo primero que hacía Juan Bonete era aplicar el consejo de Alonso Quijano, el Bueno, “ni menguar por no llamado, ni crecer por escogido”, cuando era invitado o nombrado para un cargo no se presentaba ni un minuto antes del principio de su encargo, lo segundo, entregar por escrito su renuncia sin fecha a su superior para que la hiciera efectiva el día que lo decidiera.

Entiendo que no sólo a la funcionaria extranjera sino también a Juan Bonete, le causara sorpresa que entre la elección y su declaración de validez y la toma de posesión y protesta del presidente electo transcurra casi cinco meses, durante los cuales el presidente en funciones se va extinguiendo como una pavesa (me sonó a bolero) y el entrante se va insuflando como un presidente electo. Desde un punto de vista estrictamente administrativo, de transparencia y practicidad es totalmente inadecuado. En el mejor de los casos, el tiempo que transcurre es largo y propicia vacíos de poder. El que termina pierde presencia y, quiéralo o no, pierde autoridad, pasó incluso con presidentes tan “dominantes” como Luis Echeverría o Carlos Salinas, no digamos con otros que terminan siendo punto menos que figuras decorativas en el panorama de la política, aún cuando permanezcan en los noticieros sociales.

En el peor, es un tiempo que la autoridad menguante aprovecha para (como dicen los políticos) “planchar” muchos de los temas pendientes. Cuadrar cuentas. Llenar vacíos. Adecuar presentaciones. Justificar faltantes. Darle soporte a cantidades no soportadas. Darles base a favorecidos. Ajustar percepciones a favoritos. Etc., etc., Probablemente también sea un tiempo en que el saliente logra acuerdos con el entrante, incluso de carácter económico, porque, ¿sabes? Trabajamos con números negros pero logré separar algo que te puede servir para hacer frente a los gastos de arranque y de la administración de los primeros meses. Localmente, no se si lo soñé, lo imaginé o lo viví, pero nada impide pensar que pudiera darse en la sucesión presidencial, particularmente cuando se trate de presidentes del mismo partido.

En las circunstancias que estamos viviendo en este fin de sexenio inédito (así dicen los comunicadores y opinadores políticos, seguramente los integrantes de la “pomposa” clase política), resalta el hecho de que, como nunca antes el presidente electo parece haber asumido de facto el gobierno del país, celebra reuniones, toma acuerdos, nombra representantes, dispone procesos legislativos, da licencia por interpósitas personas a senadores y gobernadores, convoca ruedas de prensa madrugantinas, hace guiños a Trump y, faltaba mas, da ejemplo de austeridad y de autoridad republicana. También es inédito el desgaste que está sufriendo aún antes de su toma de posesión, no ha sido infrecuente las contradicciones entre las declaraciones del presidente electo y las de algunos de los mencionados por él, para formar parte de su equipo de gobierno, para no mencionar las observaciones y enmiendas que le formulan actores de la vida pública del país.

Quizás conviniese leer, no ler, la Constitución General de la República para que nos quedase claro a todos, electos y no electos, con bonete o sin bonete, entrantes y salientes, que no hay, ni puede haber, en el marco constitucional, un gobierno de transición, que no hay mas que un gobierno y ése está en funciones. Ahora que, quizás conviniese retomar la propuesta, entre otros, del Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, a mi manera de ver, verdadero líder moral, de plasmar en un documento la realidad aspiracional y operativa del país, un nuevo pacto que concilie las tres constituciones que actualmente tenemos: la ultraviolada y ultraparchada consignada en el texto aprobado por el Congreso, la real, la que nos rige, la que se aplica, la que vivimos al margen de leyes y disposiciones, y la que creemos ilusamente tener, modelo inmarcesible de justicia y equidad. Creo que es tiempo de combatir tanta simulación partiendo de un documento producto de un gran consenso nacional. Nunca como antes se había presentado un momento tan propicio como el que a partir del primero de diciembre empezaremos a vivir, pero…

CAVE CANEM.- Quisiera poder escribir algo que reflejase la indignación, el asco, el enervamiento, la tristeza, la infinita tristeza que me provoca este mi país, mi pobre país de fosas clandestinas, de cientos de miles de asesinados, de decenas de miles de desaparecidos, de cadáveres insepultos itinerantes en proceso de descomposición en traileres fúnebres. Y pensar que gritamos apenas antes de antier ¡Viva México!. ¡No puedo! ¡Qué basca!.

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