Noé García Gómez

En la conformación del sistema político mexicano, donde el priísmo hegemónico dio papel y funciones a cada una de las piezas del engranaje que lo mantuvo vigente, los gobernadores tenían un papel de comparsa nacional y practicante grises reyezuelos locales.

El destino de los gobernadores dependía de péndulo presidencial, tanto como para ponerlos, como para elegir a su sucesor, así como para quitarlos, según conviniera a los intereses del tlatoani del PRI. Esto se vio hasta con el debilitado Ernesto Zedillo, que aun con su figura gris. En apenas cuatro años, Eduardo Robledo y Julio César Ruiz; en Guerrero, a Rubén Figueroa; en Morelos, a Jorge Carrillo Olea, y en Nuevo León, a Sócrates Rizzo, fueron los “cambios” -destituciones- de gobernadores promovidas por Zedillo. De ese tamaño era la injerencia presidencial.

A diferencia de ese periodo, hoy los gobernadores tienen mayor relevancia política nacional, la conformación de asociaciones de ejecutivos. Paradójicamente la fortaleza de la figura ejecutiva de las entidades comenzó a tomar fuerza a partir del arreglo fiscal establecido en el sexenio de Zedillo, lo cual les aseguró recursos (sin el costo de recaudación) vía participaciones y aportaciones federales, así como con la alternancia del 2000 se adjudicaron muchas de las capacidades del llamado “presidencialismo mexicano”, por ejemplo: la selección de candidaturas (a gobernador, en el legislativo local y los principales municipios) y control de sus partidos en los estados.

Otro aspecto es su influencia en la agenda política nacional, y ante la abrumadora estrategia del presidente con sus mañaneras y constantes cortinas de humo que marcan la agenda de la semana, parece una misión casi imposible.

La realidad es que, ante la falta de un verdadero proyecto de gobierno, políticas que comiencen a generar indicadores positivos, los gobernadores que tengan agenda pueden llegar a encontrar el foro de contraste con el gobierno federal y ahí crecen mediática y políticamente.

Así se ha visto con Enrique Alfaro en distintos temas, pero también con nuestro gobernador Martin Orozco, que al menos en dos ocasiones ha puesto en contraste la línea del gobierno federal, la primera con la “no firma del INSABI” donde dijo lo que muchos gobernadores y estados pensaban y no se atrevían alzar la voz; la segunda esta semana con la impugnación presentada por desaparecer los fideicomisos.

Ante la falta de liderazgos nacionales, hoy los gobernadores están saliendo a contrastar con el gobierno federal. El resultado de dicha estrategia está por verse, pero la realidad es que están llenando el vacío que se dejaron peligrosamente los dirigentes de los partidos de oposición a nivel nacional.

Por lo que hay que estar atentos a su desenlace y como este nuevo contrapeso mediático y político contribuye a la consolidación de la democracia mexicana y evite retrocesos autoritarios.