Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Hace 19 años el director de ascendencia hindú M. Night Shyamalan estrenó su cinta “El Protegido”, la cual logró desprenderse del éxito que significó “El Sexto Sentido” apenas un año antes al conjurar un argumento antitético al espectral relato del chiquillo que ve gente muerta, pues se concentraba en la traspolación de los arquetipos superheróicos a personajes de carne y hueso desde una perspectiva humanista e inquietante, con atmósferas melancólicas y oscuras. En ese entonces la palabra “cómic” solo se reservaba a ñoños irredentos que los consumían para no tener que lidiar con la realidad de sus vidas, pero ahora son piedra angular de la cultura pop y su lenguaje se ha visto enriquecido y validado por la masiva aceptación de las producciones cinematográficas de Marvel y DC que abarrotan las salas verano tras verano desde aquel inicio de siglo cuando Shyamalan, todo un fanático de las historietas, pretendió introducir su léxico fantástico en el cine. Y aquí estriba el gran problema de “Glass”, inesperada conclusión de lo que nunca supimos era una trilogía conformada por la mencionada “El Protegido” y “Fragmentado” (2016), cintas hermanadas aparentemente y tan solo por la presentación de personajes con capacidades sobrehumanas (en la primera, Bruce Willis incapaz de sufrir daño o enfermedad inversamente proporcional a Samuel L. Jackson, de inteligencia inaudita pero con huesos frágiles como el cristal, mientras que en la segunda James McAvoy era un hombre con 23 personalidades distintas y una nueva a punto de emerger con propiedades feroces denominada “La Bestia”) pero revelando al final del filme con McAvoy que ambas producciones convivían en el mismo universo, ya que el guión se construye mediante la constante explicación de dichos fenómenos arquetípicos y de la ficción ilustrada sin comprender que la audiencia conoce ya a la perfección tales componentes (héroes, villanos, enfrentamientos entre ellos, etc.) y su constante exposición en la trama sólo la debilita al negarle tiempo a la necesaria exploración psicológica de estos personajes, viéndose aquí confinados a repetitivas y sosas sesiones psiquiátricas coordinadas por la doctora Ellie Staple (Sarah Paulson), quien no cejará esfuerzos en tratar de convencerlos de que no son superhéroes y que su condición extraordinaria bien pudiera ser producto de sus propias fantasías o psiques trastornadas.
Esta premisa pudo funcionar muy bien, superando la idea absurda de que el superpoder está supeditado al estado existencial de quien lo tiene tal cual lo planteara el “Hombre Araña 2” de Sam Raimi hace algunos años, pero desafortunadamente Shyamalan transforma la película en una conducción automática y completamente unidireccional donde los personajes deambulan por el hospital psiquiátrico sin que algo relevante les ocurra o que ellos mismos produzcan. Tampoco puede considerarse aporte la participación de personajes secundarios sustraídos de sus respectivas películas (el hijo de Willis en “El Protegido”, la joven sobreviviente en “Fragmentado”, et al.) porque en el análisis final no producen algo que realmente afecte, beneficie o transforme e resultado final, o incluso el desarrollo. Shyamalan confunde los arrebatos de dichos personajes con dramatismo, así como la confrontación de palabras entre Willis, McAvoy y Jackson como una dinámica atractiva que contribuye a la trama, pues todo permanece en un plano elemental sin trascender lo planteado en los dos filmes previos.
“Glass” echa mano de todos los recursos lingüísticos que estructuran un cómic, mas éstos resultan tan triviales y trillados que producirían pena ajena al mismísimo Stan Lee, dando como resultado una película con un argumento no necesariamente de acero, sino frágil como un cristal.

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