Por J. Jesús López García

La arquitectura es un oficio milenario, su ejercicio se remonta al neolítico hace alrededor de nueve mil años, si bien en principio era un quehacer totalmente pragmático encaminado a proporcionar un hábitat más benigno a los seres humanos, y en ese proceso de establecer un lugar más humanizado y menos agreste para nuestros ancestros, fue ganando en significado, pues el arraigo en un lugar del mundo fue lo que estableció las pautas para una seguridad de la subsistencia y para una convivencia social más rica y duradera.

Después de siglos de una producción de edificios dedicados al uso común de la cotidianidad, hace alrededor de cinco mil años comenzaron a construirse los primeros edificios enfocados en la representación de una cosmovisión. Los pueblos de la antigua Mesopotamia, poco tiempo después los egipcios, luego los antiguos chinos e indios construyeron zigurats, pirámides y templos que trascendían el acontecer diario de la vida de sus comunidades y buscaron con esas espléndidas construcciones el desafiar al tiempo y fijar en él su lugar en el mundo.

Así, las generaciones de arquitectos se han alimentado ampliamente de la experiencia acumulada de ejercicio, distinguiéndose el papel de maestros y aprendices que se refleja en la edificación misma con todos quienes participan, albañiles, carpinteros, herreros, ingenieros y arquitectos. Por años esas generaciones de arquitectos, maestros constructores, se formaron en la práctica de la obra en construcción; a veces un albañil especialmente talentoso, se encontraba con un mentor o un mecenas con “buen ojo” y se convertía en un autor, como ocurrió con Andrea di Pietro Della Gondola (1508-1580  cuyo trabajo y formación fueron auspiciados por el poeta humanista del Renacimiento Giangiorgio Trissino (1478-1550) quien terminó por bautizar a su aprendiz Andrea como Palladio, en honor a la diosa griega de la sabiduría Palas Atenea. El arquitecto Andrea Palladio se convirtió así en una de las máximas figuras del Renacimiento con una obra ejemplar.

La industrialización de este último cuarto de milenio originó la creación de escuelas técnicas para la enseñanza del diseño y de la construcción para formar a profesionales técnicos de manera más expedita y especializada ante la demanda de servicios en materia de edificación. Por ello desde el siglo XVIII los arquitectos se empezaron a formar en Academias de Bellas Artes y del tronco primordial de la arquitectura se escindieron varios profesionales, siendo los primeros los ingenieros civiles, que inician históricamente su ejercicio con la Real Escuela de Puentes y Caminos de París de 1747. Así, arquitectos en Academias e ingenieros en escuelas de puentes y caminos, pronto se encontraron en universidades, politécnicos e institutos tecnológicos como hasta nuestros días somos formados. La enseñanza en escuelas de educación superior redujo el tiempo de experiencia en campo pero abrió las puertas a un público más variado y amplio.

Aun así, las líneas genealógicas formativas son claras, como la que unió a Le Corbusier (1887-1965) con sus maestros Peter Behrens (1868-1940), y sobre todo con Auguste Perret (1874-1954) la maestría en el uso del concreto armado, es por ello que como arquitecto y profesor de la carrera de arquitectura conozco el trabajo de algunos antiguos discípulos, ahora ya arquitectos plenamente formados, el sentimiento que se alberga es de satisfacción por ser parte de una formación que trasciende las generaciones. En la calle Sierra de Tepoztlán No. 701 de diseño y factura sobresalientes de profesionales que han pasado por la universidad y por despachos ha desembocado en lo que se augura será un excelente ejercicio que se engarza en la natural cadena de generaciones de arquitectos que han alimentado con su trabajo este oficio milenario.

¡Participa con tu opinión!