Dalia Elena Gutiérrez Gutiérrez
Agencia Reforma

Monterrey, México.-La celebración de la misa en latín podría ser algo no muy relevante para algunas personas, pero para otras representa un asunto de gran importancia.

Cuando hace unos días el Papa Francisco volvió a imponer restricciones para la celebración de la misa tridentina, celebrada en latín, hubo católicos tradicionalistas que reaccionaron en contra al considerarla un ataque contra ellos y la liturgia antigua.

“¿De dónde viene la acción severa y revolucionaria del Santo Padre?”, expresó el cardenal Raymond Leo Burke, uno de los principales en manifestarse, en un comunicado publicado en su sitio de internet el 22 de julio.

“Se trata de una realidad objetiva de la gracia divina que no puede ser cambiada por un mero acto de la voluntad, ni siquiera de la más alta autoridad eclesiástica”.

El Pontífice de 84 años emitió el 16 de julio una nueva ley, titulada Traditionis Custodes, que exige a los obispos aprobar la celebración de cualquier misa en latín en su diócesis y prohíbe que se realice en las iglesias parroquiales.

También ordena que cuando la eucaristía se oficie en el rito antiguo, las lecturas deben ser en el idioma local, y exige que los sacerdotes recién ordenados reciban permiso de los obispos para celebrarla, en consulta con el Vaticano.

Con esta norma se revierte una de las decisiones más emblemáticas del Papa Benedicto XVI, quien en el 2007 alentó las misas en latín al publicar una ley con la que se dejó en libre elección del sacerdote el uso de esta lengua en la celebración de los ritos católicos.

“Para la gran mayoría de los católicos no significa mayor cambio porque nosotros estamos casi todos acostumbrados a la celebración de la misa en nuestra lengua”, considera Rixio Gerardo Portillo, profesor de la Escuela de Humanidades de la UDEM.

“Vamos a una misa en la parroquia y en el caso nuestro, es el español”, añade el experto en ciencias sociales y articulista en Vida Nueva, revista sobre la Iglesia católica.

No obstante, apunta, esto no es lo mismo para algún sector de la Iglesia donde sí está muy marcada la celebración de la misa en latín, como algunas partes de Estados Unidos y algunos países de Europa.

“Son los que han criticado la decisión porque evidentemente ya no tienen la (libertad) para decidir qué rito van a celebrar, sino que ahora tiene que ser autorizado por el Obispo y el Obispo tiene que pedir autorización a Roma”, indica.

“En términos reales, el Papa está restringiendo ciertas libertades y esta normativa está centralizando la decisión en el Vaticano”, añade el autor del libro El sucesor de Francisco. La Iglesia tras el pontificado de Jorge Mario Bergoglio (2020).

Con esta ley, el Pontífice se convierte en el primer líder católico en echar abajo una disposición de uno de sus antecesores aún en vida.

Sin embargo, dice Portillo, hacía mucho tiempo que no había dos papas vivos al mismo tiempo. Y no es el primero en revocar una medida de sus predecesores.

Cambio de rituales
Por decreto del Concilio Vaticano II, la misa tridentina fue sustituida por la liturgia en el idioma local alrededor de 1970. Un grupo llamado Fraternidad Sacerdotal San Pío X se oponía a ese cambio.

En un intento por acercarse a esta congregación, el Papa Juan Pablo II permitió en los años 80 que se pudieran realizar las misas en latín con ciertas condiciones. Tiempo después, el Papa Benedicto XVI liberó por completo estas restricciones.

“No es una decisión contra Benedicto XVI”, dice Portillo sobre la disposición del Papa Francisco, “sino que al ver que la decisión de Benedicto no obtuvo los resultados, él volvió a la disposición de Juan Pablo II”.

Dos de las críticas más fuertes que recibió el líder católico, considera, son las del cardenal Burke, quien cuestionó la autoridad del Pontífice para tomar esta decisión, y la del cardenal alemán Müller.

En un artículo publicado en The Catholic Thing, Müller afirma que la clara intención del Papa es condenar la extinción a largo plazo de la celebración de la misa en latín y asegura que los cambios contradicen la verdad de la fe y la unidad de la Iglesia.

Al anunciar las medidas, el Pontífice argumentó buscar la unificación, pues la reforma de su antecesor se había convertido en una fuente de división entre la Iglesia que había sido explotada por los católicos que se oponían al Concilio Vaticano II.

“Es cada vez más evidente”, expresó ese día, “que existe una estrecha conexión entre la elección de las celebraciones según los libros litúrgicos anteriores al Concilio Vaticano II, y el rechazo de la Iglesia y sus instituciones en nombre de lo que ellos consideran la ‘verdadera Iglesia'”.

También dijo basar su decisión en una encuesta a todos los obispos del mundo.

“Busca la unidad a través del reconocimiento del Vaticano II”, opina Portillo, “que la misa no sea expresión de desconocer al Vaticano II”.

Al catedrático le parece difícil que los pocos cuestionamientos que hay lleguen a una separación de la Iglesia. Las implicaciones reales, considera, se verán reflejadas al término del pontificado.

“Creo que ahí es donde realmente vamos a ver lo drástico de la medida porque de alguna manera estos cardenales, (con) la posibilidad de elegir uno nuevo, van a pedir una próxima reivindicación de todo aquello que creen que han perdido”, indica.

“Hay que ver qué tanto poder tienen en ese momento de la próxima elección”.
Para Iglesia regia no hay cambios
Para el Padre Jorge Rodríguez Moya, Secretario de la Pastoral Litúrgica de la Arquidiócesis de Monterrey, la disposición papal no genera ningún cambio.

“No hay nuevas normas”, escribió por WhatsApp a través del área de Comunicación de la Arquidiócesis.

“Son las mismas, sólo que ahora queda el permiso en la libre decisión de cada Obispo”.
Comunicación de la Arquidiócesis señaló que no habría declaraciones sobre el tema.

Con información de Daniel Santiago