Iván Sosa 
Agencia Reforma

CDMX.- A la mayoría de los guadalupanos no podrá atribuirse la expansión de la epidemia, ya que cumplieron y evitaron las tradicionales concentraciones multitudinarias.

Limpias las calles utilizadas para descansar, vacíos los biciestacionamientos masivos y sin la sucesión de familias organizadas para obsequiar alimento a los peregrinos, esta vez ausentes, las rutas hacia la Basílica lucieron desoladas.

Desaparecieron de los accesos por las calzadas Ignacio Zaragoza, Tlalpan, Insurgentes o Paseo de la Reforma las columnas incesantes de caminantes con la estampa de la Virgen, aunque sí fue frenado el viernes un convoy de tres autobuses en la caseta a Puebla ante sus intenciones de llegar al Tepeyac.

Surgieron sobre Calzada de Guadalupe por lo menos doce filtros con personal de Gobierno, cuya misión era inhibir a los escasos devotos en busca de llegar a La Villa.

En el trayecto a los recintos había más personal de la Alcaldía Gustavo A. Madero y de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, que guadalupanos en tránsito.

Acompañado de hijos y nietos, Raúl Ramos Mora caminó 20 kilómetros durante cuatro horas desde el pueblo de Santa Fe, sin la compañía ni el entusiasmo de las peregrinaciones.

“Tenemos 27 años de venir, no podíamos fallar a la Virgen de Guadalupe”, mencionó el peregrino.

En los filtros dejaban pasar a personas individuales y rechazaban a los grupos. La familia Ramos Mora se separaba y así superó casi todos los filtros, hasta el penúltimo ubicado 100 metros antes de la explanada. Sólo trabajadores de la iglesia libraban el último.

Ante las vallas oraron y, en menos de cinco minutos, apurados por el personal del filtro, debieron retirarse.

Enseguida, voluntarios de Topos Adrenalina sanitizaban con un aspersor las vallas en donde los pocos peregrinos posaban las manos, para neutralizar al virus que, por primera vez en la historia, impidió la visita a la Guadalupana.