Moshé Leher

Cito al Kundera de ‘La lentitud’: “Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, ni de sí mismo”. Fin de la cita.

El sábado, esperando la pelea de box en Ramírez home -sí, me gusta el box, una afición que me heredó mi abuelo Emilio-, alguien me reclamaba que en mi alegato contra las series, no contra los programas capitulados en la televisión, sino esas que nos entregan las plataformas a la carta en temporadas completas, para consumirse de golpe, como si fueran drogas altamente adictivas, parecía reclamarle a los que gustan de tales divertimentos de la posmodernidad, los de beberse temporadas completas de un sentón y hasta las heces.

‘No me regañes’, me dijo y le respondí que yo no regaño a nadie. Que yo digo qué me gusta y qué no y que cada cual, como si se sientan a ver todas las series de golpe y hasta la inanición. Por lo demás, yo no voy por la vida como apóstol de ninguna nueva moralidad: para el caso qué me hacen.

Lo que pasa, medité en voz alta, hasta que el mezcal me puso la boca pastosa y la lengua no obedecía, es que vengo de los tiempos, idos por supuesto, en que si uno quería ver una serie, sabía que hoy tenía una dosis de la historia y luego, una semana después, otra, así en temporadas que duraban meses.

Ahora mismo sí que me siento los miércoles a ver qué pasó con el agente Gibs, pues en esa programación semanal, las temporadas se agotan y hay que esperar dos o tres meses a que las casas productoras filmen otros diez o doce capítulos, de tal manera que a uno lo dejan con el recanijo pendiente, hasta que se anuncia que viene otro lote de capítulos de la historia; en la que yo veo, entiendo que de mañana en una semana vamos a saber qué pasó con Jettro Gibs, al que dejamos viajando en su famosa lancha que estalló repentinamente y al que suponemos hecho pinole, aunque con la certeza íntima de que, siendo el chavo chicho, de alguna manera va a salvarse.

Esto me llevó a otras famosas series que me han acompañado y que, lo principal, tampoco me quitan más de una hora a la semana, lo que permite ese otro placer de la lentitud de antes que es leer; hoy una decena de páginas, mañana otras tantas, sin esas prisas que nos impone la inmediatez de hoy, esa que nos hace sentir esa opresión de las prisas y ese apremio para que todo nos sea revelado de inmediato, pues cualquier fallo en la Internet o cualquier caída en las redes sociales, como pasó hace unas semanas, nos hace sentir que estamos ante un adelanto del Apocalipsis.

¿No siente usted que ahora siempre lleva prisa? ¿Qué todo es urgente y no sabemos exactamente qué diablos es lo que tanto urge? Celulares, tabletas, ordenadores portátiles que llevamos como extensiones de nuestra anatomía y nos sirven para saber, como si nos interesara, qué burrada mañanera dijo hoy el presidente, qué le contestó el aludido, en qué lugar del mundo acaba de reventar un depósito de gasoleo y cuál es el tiempo de la última vuelta de “Checo” Pérez.

Yo mismo, a veces, salgo de casa con un sentido de urgencia, con tanta prisa, que luego me pregunto si lo que tenemos no es urgencia de morirnos, mejor antes que después, pues tampoco pasa nada si recordamos esa virtud de la lentitud y ese placer de la espera (recomiendo esa obra, peligrosa como pocas, de que tiene su peligro, que es ‘Perder teorías’ de Vila Matas), o hasta esos libros sobre el urgente “Low movement” del gurú de la vieja paciencia, Carl Honoré.

Degustar a sorbos lentos un buen vino, beber ese café expresso con parsimonia, andar a paso lento para disfrutar el paisaje, esperar en una esquina ver venir a lo lejos a la mujer de la que estamos enamorados, olvidarnos de la histeria, de esa pulsión por el qué y el ahora. Y no es regaño, es un anhelo (yo mismo soy presa de esta histeria moderna).

¡Mazel Tov!

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