Cuando lo que quema es estar vivo…

Una casa rodante arde en llamas en una soleada planicie de Nuevo México en el más absoluto silencio. Mientras tanto, en Portland, Sylvia (Charlize Theron) contempla con abandono a su nuevo compañero de cama mientras se yergue desnuda en la ventana de su apartamento para entregarse al alba grisácea que se funde con la oscuridad de la habitación. Ambos elementos colisionarán de forma inesperada pero necesaria…
Así comienza un relato que marca el debut como director del guionista mexicano Guillermo Arriaga, quien habiendo escrito las aclamadas “Amores perros”, “21 gramos” y “Babel”, todas dirigidas por su ex-colega Alejandro González Iñarritu, además de la excelente “Los tres entierros de Melquiades Estrada” con un Tommy Lee Jones de protagonista y estrenándose en la silla de director, logró labrarse un prestigio internacional y consolidar su idiolecto: la fatalidad como gatillo emocional del humano, ya que en los filmes antes mencionados, el drama surge directamente de la desgracia cotidiana que se torna extraordinaria por las cualidades y defectos inherentes a los personajes, quienes deben lidiar y superar la paradójica anormalidad de lo normal (la muerte, la pérdida, el amor, etcétera).
En la cinta “Fuego”, el conflicto se reitera, mas no se repite. El filme narra la trayectoria no lineal de dos mujeres cuyo vínculo será la sangre, tanto hereditaria como derramada: La primera, Sylvia (Theron), la gerente de un restaurante de comida marina, quien lleva una existencia autopunitiva e incapaz de mantener una relación estable y cuya cama se torna puerta giratoria para varios sujetos que no llenan su vacío emocional. Aún así, pretende entablar un romance con su sous-chef (John Corbett). Sin embargo, comienza a verse asediada por un mexicano de nombre Carlos (interpretado con mesura por el normalmente insoportable José María Yazpik) quien, acompañado de una niña, pretende transmitirle un mensaje.
Por otro lado está Gina (Kim Basinger en una actuación digna de reconocimientos), quien vive en una humilde casa de Nuevo México a un par de kilómetros de la frontera con su esposo y cuatro hijos. La rutina de “basura blanca” resulta sofocante para quien evidentemente tenía un futuro más brillante y encuentra catarsis en Nick (Joaquín de Almeida), con quien entabla una relación más fogosa que romántica en su apartada casa rodante en el desierto. Desafortunadamente, Mariana (Jennifer Lawrence), la hija mayor de Gina, se percata de dicha situación y se transforma en el pivote emocional y esencial de la cinta cuando aprende a lidiar con la infidelidad de su madre y su relación con un joven chicano de nombre Santiago (J. D. Pardo), por cierto, hijo de Nick.
Ambas historias fluirán entrelazándose para formar un tapiz, cuyos elementos integradores se revelarán sorpresivamente en el tercer acto y que me resulta imposible abordar sin arruinar la experiencia al lector de los descubrimientos que se puedan generar. Lo que sí puedo escribir, es que el tiempo psicológico se ve enaltecido, como ya ocurriera con las otras cintas escritas por Arriaga, por una desfragmentación cronológica que pone en guardia el consciente del espectador conforme se va descifrando la intención y presentación de situaciones y personajes, y la importancia argumental que poseen dichas viñetas en el contexto del relato, hilvanando en la mejor tradición de “Tiempos violentos” (Tarantino, E. U.,1994) una historia que jamás pierde coherencia, pero que tal vez sacrifique concreción narrativa en aras de un montaje que aspira a ser ingenioso más que inteligente, un guiño muy gastado a Godard en esta época posmoderna (o a Rulfo, si tomamos en cuenta que la traducción literal del título en inglés es “El llano en llamas”, lo que también pone de manifiesto las ambiciones temáticas de la cinta).
Sin embargo, es inevitable no resaltar las cualidades artesanales de Arriaga en su primer trabajo con el megáfono, ya que se descubre como un notable director de actores conformando un reparto estelar sin ser abrumador en pantalla y de histriones ya probados en el género dramático, esto permite que las actuaciones estén medidas y controladas sin recurrir a estridentismos dignos de culebrón mexicano (desgarramientos de vestiduras, escenas abundantes en lacrimogenia, etcétera).
Aun cuando incluso logra salvar los escollos moralinos predominantes en el cine norteamericano actual -difícil, considerando que en el filme se tocan elementos tales como el abandono familiar, el adulterio y la perspectiva nihilista ante las relaciones interpersonales-, Arriaga no logra amarrar del todo su ambiciosa premisa narrativa, poniendo en evidencia su falta de pericia en el ámbito de la dirección y enfocándose inevitablemente en los cuadros bien construidos y la plástica bucólica más que en sus personajes. Sin embargo, la cinta debe verse como una ejecución correcta de las normas fílmicas básicas que permiten apreciar la evolución de un sentir a un relato, donde las personas deambulan en un marasmo sentimental y que se sienten, en una idea muy Galdosiana, atrapados por el tiempo.
Esperemos con relativo entusiasmo el siguiente proyecto en largometraje de Arriaga, a quien aparentemente le ha sentado de maravilla el divorcio creativo con Iñárritu.

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