Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Cogito Ergo Sum virtual

(Nota: Esta película se exhibe en cartelera comercial y se incluye en este espacio por su naturaleza analítica y observadora del fenómeno cinematográfico, pero es responsabilidad del espectador si decide asistir a una sala cinematográfica ante la contingencia sanitaria que impera).

Curiosa es la manera en que los modernos guionistas de Hollywood deciden construir sus comedias tomando como base teorías filosóficas clásicas como la “Razón Vital” de Gasset o, en este caso, todo el discurso de Descartes para generar comedias de acción que se promocionan como ideas sofisticadas (el dichoso “high concept”), confiando en que el gran público no identificará sus raíces ideológicas, y eso puede ser molesto, con excepción de que se emplee en un contexto que, al menos, justifique su aplicación, cosa que sucede con “Free Guy: Tomando el Control”, una película que discurre en el virtual universo de los videojuegos, donde un personaje a modo de extra (o NPC, “Non-Playable Character” que vendría siendo un “Personaje No Jugable”, y no, desconozco el porqué la distribuidora no se toma la molestia en traducir éste y muchos otros conceptos de la cinta) en un juego muy al estilo de “Grand Theft Auto”, donde los ciudadanos viven para ser robados, golpeados o violentados de mil maneras por los sádicos usuarios que controlan a sus brutales avatares, logra adquirir consciencia de su entorno mediante una influencia externa (Perspectivismo) a la vez que cuestiona el bucle existencial en el que se encuentra (Escepticismo) hasta llegar a la verdad concluyente sobre sí mismo (Racionalismo): él no es real. Y así, entre las explosiones, impactos vehiculares, cacofonía de disparos y gritos por heridas, nuestro héroe Guy encuentra lo más cercano a la autorrealización a pesar de un entorno nihilista, lo que eroga en una experiencia muy entretenida que, a pesar de su constante deuda a diversas líneas filosóficas, concreta una diversión bastante clara al no tomarse siquiera a sí misma muy en serio, aún si maneja la tesis usualmente seria de ser uno mismo a pesar de cualquier cosa.
La trama amalgama la óptica optimista de “La Gran Aventura LEGO” a través de su protagonista con la comprensión sobre la verdad del mundo que habita estilo “Matrix” mediante un guion confeccionado a la talla de los jugadores compulsivos o cualquier “niño rata” que comprende la gramática narrativa y técnica de un videojuego, aunque el espectador no aficionado también logra adentrarse a la historia gracias a los mendrugos aclaratorios que se nos arroja ocasionalmente amén de su construcción clara y maniquea. En este caso, una aventura existencial donde seguiremos a Guy (Ryan Reynolds), empleado en un banco que reduce su vivir a despertar, saludar a su pez dorado, consumir café y trabajar mientras charla de nimiedades con su mejor amigo, un guardia de seguridad llamado Buddy (Lil Rel Howery) sobre aspectos de su cotidiano, incluyendo el señalar cómo los asaltantes o quienes portan armas siempre usan gafas oscuras, hasta que divisa a una atractiva avatar conocida como “Chica Molotov” (Jodie Comer) de quien se enamora perdidamente. Esto lo orilla a modificar su rutina hasta que, accidentalmente, descubre que vive en un mundo simulado usando una de esas gafas. Mientras tanto, en el mundo exterior, los programadores Millie (Comer) y Keys (Joe Keery) buscan recuperar un complicado sistema informático creado por ellos en posesión de su antiguo jefe, el megalómano, vanidoso e insoportable magnate de videojuegos Antwan (Taika Waititi), poseedor de los derechos del popular juego en línea “Free City”, que es donde habita Guy y ahora a punto de ser borrados por una secuela que Antwane prepara utilizando el software robado a Keys y Millie, esta última comienza una relación virtual con Guy al encontrarlo adorable por su ingenuidad y nulo deseo en dañar a alguien. Pero, a diferencia de un personaje sintético que adquiere “vida” fortuitamente como Johnny 5 en “Corto Circuito” (1985), Guy lo hace porque el sistema creado por Millie y Keys permite la generación de inteligencia artificial, elemento que activa la conciencia del protagonista del carismático algoritmo y que acarreará cuestionamientos funestos sobre sí mismo y lo que le rodea. Al final, todo se volverá una carrera contra reloj cuando Antwone decide eliminar a todos los personajes de “Free City” en un lapso de 48 horas para lanzar su esperada secuela con el fin de anular el programa hurtado a Keys y Millie, quienes, a su vez, harán todo lo posible, junto a Guy, para evitar que este ambiente electrónico, sus pobladores y su tecnología capaz de producir inteligencia artificial desaparezcan.
Shawn Levy (la trilogía “Una Noche en el Museo”) concibe su mejor película y realiza un trabajo pulido tanto en sus aristas dramáticas como escapistas, bien sostenido por Reynolds, Comer y Keery, quienes insuflan de credibilidad y armonía sus acciones e interacciones, sobre todo los dos últimos, quienes producen aceptablemente un trasfondo romántico análogo a la relación virtual entre Guy y Millie. Y hablando de ella, su presencia adquiere suficiente fuerza a lo largo del metraje mediante rasgos sensibles que le confieren femineidad sin diluir su fortaleza, la cual predomina al estar en el juego con Guy, lo que equilibra la predominante presencia testosterónica. “Free Guy: Tomando el Control” deslumbra por lo mucho que puede hacer con una premisa tan elemental cimentada en pormenores filosóficos sin dejar de lado su misión evasiva, creando un espectáculo sensorial que, sin lugar a dudas, jugaríamos otra vez.

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