Por J. Jesús López García

78. Starbucks Coffee CompanyEn ocasiones los arquitectos hablamos de algunas obras refiriéndonos a sus características materiales o a sus formas, como parte de una manera de hacer arquitectura de tal o cual autor, de hecho el manierismo que en el siglo XVI en la parte final del Renacimiento y precursor del estilo barroco que se desarrollaría un siglo más tarde, era una alusión precisamente a la manera de un artista determinado –en italiano maniera, de ahí la palabra “manierismo”–. Es curioso que uno de sus principales promotores, aunque involuntario, fuese ni más ni menos Miguel Ángel, cuya genialidad le impulsaba a idear formas y disposiciones espaciales de una originalidad que propició entre las generaciones que le siguieron, búsquedas de repertorios personales inéditos.

Llama la atención que el maestro renacentista ya viejo, paradójicamente se quejaba en ese momento que los arquitectos habían perdido el sentido de y buena composición y mejor se dedicaban a materializar sólo extravagancias.

Contada la anécdota, volvemos a esas maneras de algunos autores destacados que van decantando el diseño y/o sus soluciones constructivas a la par de conformar un repertorio personal que definiera su manera de hacer arquitectura. De la manera de Luis Barragán Morfín han surgido, por ejemplo, otros exponentes como Ricardo Legorreta Vilchis o algunos insospechados como Tadao Ando que por su parte ha realizado una obra que ha evolucionado como una manera aparte, de graves masas como la del maestro mexicano pero imbuida de un minimalista y austero acento japonés.

El sello de un autor u otro es reconocible sobre todo para quienes aprecian la arquitectura, pero en nuestros tiempos de intenso consumo, parece exigible –desde un punto de vista mercadológico– que la antigua manera ahora se atribuya no sólo a un arquitecto o artista, sino a una marca o artículo; resultado de ello tenemos una intensa contaminación visual por anuncios de todo tipo interceptando nuestra vista, pero también algunos edificios de diseño atractivo o al menos cautivante para el usuario o para el transeúnte casual.

El producto o incluso lo que en mercadología pomposamente llamarían un “estilo de vida” asientan el tono del diseño arquitectónico en los inmuebles que albergan una franquicia, y ello puede ser desde la adecuación de una finca ya construida a la que se sobrepone una parafernalia alusiva a un producto –anuncios, carteles, mostradores–, a la construcción de un edificio específico para vender las mercancías o el servicio de la franquicia.

De los últimos tenemos bloques dedicados a públicos diversos, clasificados por edad, aficiones, gustos, entre otros. De ello depende su caracterización similar a la de un parque de diversiones o a la de un sitio dirigido a un usuario adulto. Lo importante del diseño arquitectónico en todos los casos es su énfasis en otorgar al visitante, o a quien ahí trabaja, a vivir una “experiencia” a la par de las básicas acciones relativas al comercio. Para ello los edificios presentan un cuidado del detalle muy destacado, componiendo imágenes perfectamente reconocibles.

Lo que Andy Warhol reconoció como la nueva iconografía del mundo contemporáneo, con base en la publicidad –de ahí sus latas de sopa Campbells o las cajas de detergente Brillo– y el mundo del espectáculo, se transmite de manera casi natural a la arquitectura de franquicia donde se muestran disposiciones espaciales, materiales y colores fácilmente reconocibles, sin hablar del logotipo. No quiere decir que lo que es óptimo para el mercado lo sea para el arte de hacer arquitectura pues algunos edificios son totalmente inconscientes al contexto urbano o cultural en que se involucran, relacionados más a su imagen corporativa que a la de la ciudad donde se asientan, sin embargo algunos de ellos, sin dejar de lado su repertorio de formas y materiales, muestran si no una expresión arquitectónica destacada, al menos espacios hospitalarios para quien los habita y para quien transita cerca de ellos.

Algo que debe ser aprendido de estos modelos es su atención a finura que requiere un proyecto igualmente detallado, un conocimiento pormenorizado de sus insumos y un estudio amplio y eficiente de los procesos y funciones a auspiciar en el espacio, todo ello para hilvanar una especie de narrativa en la que el cliente se sienta incluido.

Además de lo anterior, los ejemplares a veces vistos sobre el hombro de manera desdeñosa por arquitectos y público interesado en la arquitectura, no van a desaparecer, antes bien, tienden a medrar y proliferar en una trama urbana a la que se han ido adaptando hasta en algunas ocasiones, dictarle sus requerimientos –de estacionamiento por ejemplo–, así que no queda más que entenderlos bien y buscar junto con ellos, las mejores maneras de coexistencia arquitectónica y urbana. Un excelso ejemplo de lo vertido lo encontramos en los Starbucks.