Por J. Jesús López García

98. Capilla de la Clinica de GuadalupeEn Aguascalientes el oficio del primer constructor: el arquitecto, data desde su constitución novohispana en el siglo XVI. El baluarte del presidio fundacional, las casas de los primeros colonos, los templos primigenios y demás edificaciones, fueron de las excelentemente establecidas en ésta porción del territorio americano pues anteriormente, -con la excepción de algunos sitios específicos como La Quemada en Zacatecas-, la población estaba conformada por grupos seminómadas que por la naturaleza de sus desplazamientos, no llegaron a cultivar la actividad edificatoria con el refinamiento y la técnica que sí mostraron sus regiones centro y sur antes del periodo hispánico, esto desde el límite de Mesoamérica con Aridoamérica hasta la parte septentrional del continente.

El oficio constructivo era aprendido en forma directa en los afanes de la obra, sobre la que se iba proyectando su <<delineamiento>> y estructura con base en procesos y cánones establecidos y avalados por la tradición; mas el aprendizaje técnico–académico del oficio desde el siglo XVIII devino en su carácter legal como profesión. Del maestro constructor o alarife adiestrado por la práctica, se llegó al actual arquitecto formado en las instituciones de educación superior.

Aunque los estudios de ingenieros y arquitectos en nuestro país se dieron al mismo tiempo en la etapa borbónica de la Nueva España -los primeros en la Real Escuela de Minería, los segundos en la Real Academia de San Carlos-, ya en el México independiente y coincidiendo con las tendencias decimonónicas positivistas, el progreso asociado con la creación de grandes infraestructuras propició cierta preponderancia por el estudio de la ingeniería. A nivel mundial ello se equilibró desde los primeros años del siglo XX, sin embargo en México la demanda de arquitectos tuvo que esperar el apaciguamiento del periplo revolucionario para ver incrementado su interés.

En Aguascalientes hasta mediados del siglo pasado apareció con fuerza la figura del arquitecto profesional con Francisco Aguayo Mora, que siendo precedido por algunos, se estableció de manera permanente en la ciudad a partir de 1942–obtuvo su título en julio de 1940 y radicó durante 24 meses en San Luis Potosí-, desplegando vigorosas actividades, laborales e intelectuales, de la que su arquitectura es muestra fehaciente. Termópolis en ese momento fue la ciudad idónea para un arquitecto como Aguayo Mora, así como Francisco Aguayo fue un arquitecto para el Aguascalientes de esa época.

Desde el último tercio del siglo XIX la ciudad experimentó un cambio en la vocación productiva dejando atrás su pasado hortelano y de comercio tradicional para involucrarse en una economía abierta al rendimiento industrial de bienes y servicios, y por tanto, también receptiva a un comercio intenso y lucrativo. Por consiguiente empezó a prosperar y a fortalecerse una burguesía local sin la presencia de conflictos sociales tan profundos, y casi ancestrales, que podían percibirse de manera tan clara en otras partes de la nación. De una vida provinciana reposada y apta para el cultivo de un ocio sano y la reconfiguración urbana tradicional de la villa, fue alentada a una más propicia para las actividades de una ciudad del siglo XX.

En este contexto local, los Aguayo Mora se alzaron como una familia sensible a las artes y al sano debate; cosmopolita desde la situación en provincia, despertó en sus hijos inquietudes intelectuales que en el caso de Francisco, germinaron en una actividad arquitectónica de gran interés para discernir el decurso de la historia de nuestra arquitectura.

De formación académica moderna, por su trasfondo familiar y su propia naturaleza singular y fresca, Francisco Aguayo Mora reunía muchas de las cualidades de un polímata, el Homo Universalis que en el Renacimiento se proponía como epítome del Hombre Moderno. Preparado para toda discusión intelectual, conocedor de saberes diversos, versado en disciplinas artísticas heterogéneas –experto en el dibujo y con conocimientos vastos de la Astrología-, pudo colocar su valía como arquitecto de edificios privados, públicos y religiosos; de escalas diversas y usos distintos.

Hábil constructor que compaginó la habilidad técnica con una claridad argumental para definir conceptualmente sus proyectos; lo mismo como Director de Obras Públicas Estatales (1950-1953), titular local del Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE), Presidente de la Comisión de Arte Sacro de la Diócesis de Aguascalientes o miembro fundador del Colegio de Arquitectos de Aguascalientes, Aguayo desplegó una práctica arquitectónica, artística e intelectual de la que surgieron edificios que representan el perfil moderno de la ciudad acalitana.

Francisco Aguayo Mora, Arquitecto –así, con “A” mayúscula-, tiene como principal obra, el encarnar no sólo al primer arquitecto profesional arraigado permanentemente en Aguascalientes, sino a lo que en esencia ha sido el arquitecto por siempre: el primer constructor, y todo lo que ello conlleva!!!

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