Por J. Jesús López García 

Las maneras en que es producida la economía, establece contundentemente la manera de transformarse una ciudad; en ello radica la disposición de su demografía, la riqueza o ausencia de ella generada, la distribución de la misma y la materialización en edificios y superficie urbanizada.

Es así como la producción minera de Zacatecas consolidó la precaria Villa de Nuestra Señora de la Asunción, orillándola a llevar a cabo actividades de índole terciario, es decir al intercambio de bienes y servicios, lo que no sólo complementó una magra producción agropecuaria -si la comparamos con la de regiones nacionales como la del Valle de México o la del istmo, por ejemplo-, sino que la superó, asentándose de tal modo que a la llegada de nuestro tiempo independiente sirvió de cimiento para recibir la industria moderna.

El arribo a la ciudad acaliteña de los talleres del ferrocarril y de la industria siderúrgica, trajo consigo un nuevo dinamismo económico a la región y ello naturalmente aproximó a nuevos pobladores, y por ende nuevas modalidades de ocupar el suelo urbano. Las añejas huertas, los vetustos barrios empezaron a ceder su preponderancia y espacio a distintos paradigmas de ocupación del suelo; colonias de obreros y territorios generados por la apertura de calles renovadas desplazaron cada vez más lejos a las tierras agrícolas, la huella urbana aumentó su extensión y las líneas de infraestructura propiciaron la aparición de casas y edificios donde antes el espacio cerrado de las huertas producía callejuelas de ritmo lento.

Ya desde principios del siglo XX, antes de la Revolución hubo variados experimentos de planeación urbana y desarrollo inmobiliario como el de la Compañía Constructora de Habitaciones de Aguascalientes (Cocoha) fundada por Ignacio T. Chávez y Alejandro Vázquez del Mercado, quienes encargaron un proyecto al arquitecto Samuel Chávez -en las tierras de la Hacienda de Ojocaliente propiedad de la familia Escobedo- y cuyo resultado se conocería más tarde como El Plano de las Colonias, donde la importancia de una lucrativa ganancia para todas las partes comenzó a cambiar la imagen de Aguascalientes: de un bucólico pueblo de huertas y callejones estrechos, al de una ciudad de avenidas arboladas propiciatorias de recientes manifestaciones de ocio y convivencia social, al margen de muchas de las casas de rasgos afrancesados o anglosajones que aún en nuestros días pueden apreciarse en La Alameda.

Distintas calles abiertas con capital privado buscando aprovechar, por fines productivos o de mera conectividad, la cercanía de la infraestructura ferroviaria fueron, entre otras, la Álvaro Obregón, General Miguel Barragán y la avenida Vázquez del Mercado. Todas ellas originaron inéditas vías para modelar el desarrollo urbano y de inmuebles en la ciudad.

Algunos proyectos buscaban potenciar la situación capitalina del estado como sede de uno de los motores regionales de la industrialización nacional como es el caso del Plano Regulador de la Ciudad de Aguascalientes de 1948 del arquitecto Carlos Contreras Elizondo -hijo del escultor Jesús Fructuoso Contreras-, y a la par otorgándole a nuestra urbe las características de funcionalidad e imagen que una ciudad moderna debía tener para fomentar la mejoría en las maneras de habitarla. Los planteamientos de anillos de circunvalación y del trazo de la actual avenida López Mateos se encontraban ya presentes en ese trabajo.

Otro enclave urbano aguascalentense inscrito entre los fines y causas de los ejemplos citados fue el entonces llamado fraccionamiento Madero-Zaragoza que comprendía las privadas Agustín R. González y Alfonso Guerrero, desde la calle Doctor José González Saracho hasta la Avenida Francisco I. Madero y desde la calle Cosío hasta la calle General Ignacio Zaragoza, sitio anteriormente ocupado por huertas y establos que se parceló para detonar la construcción de un pequeño desarrollo de casas hibridadas bajo tendencias diversas, desde las que poseían rasgos modernos, hasta el neocolonial californiano y otras muchas aún sujetas a la tradición local.

La casa ubicada en la Privada Agustín R. González No. 202, fue diseñada para la maestra Catalina Martínez, siendo por ello la propietaria original, con una apariencia andaluza de unos vanos verticales sin marcos, sin embargo a la vez cuenta con un porche al estilo anglosajón rematado por una cubierta inclinada. La vivienda se construyó toda en ladrillo, dejando atrás el usual adobe, con cubiertas de cuña asentadas en rieles a manera de viguetas.

Esta finca, tal y como en las demás viviendas de los vecinos y el desarrollo urbano-arquitectónico, se proyectó en diferentes claves formales a lo largo de varias décadas, por lo que al tránsito del viandante, se presenta como un conjunto bien compuesto con su propia personalidad aun con todo lo heterogéneo de la procedencia estilística de cada inmueble. Tal vez por ello, la diminuta zona descrita de nuestra ciudad, es una muestra de lo que se alzó como la transición arquitectónica: del Aguascalientes tradicional semirural, a un Aguascalientes moderno. No fueron los grandes gestos de impacto profundo, fue el afianzamiento paulatino de la novedad dentro de lo ya conocido.

Sin duda alguna deberá ser recorrido inmediatamente y conocer ¡nuestros tesoros arquitectónicos de Aguascalientes!