Jesús Eduardo Martín Jáuregui

El Instituto Nacional Electoral hizo transmitir 370,000 spots en los medios, radio y TV, más un número no determinado de mensajes en las redes sociales, facebook, instagram, youtube. Repetidos mensajes y entrevistas de los consejeros en los medios impresos y en los electrónicos. Los delegados en todo el país abundaron en la promoción en todos los medios. El presidente de la República, inició una campaña publicitaria poco después de ganar las elecciones, cuando de hecho asumió la titularidad del Poder Ejecutivo, desde que Enrique Peña Nieto hizo mutis y dejó los espacios públicos, declaraciones, anuncios, determinaciones, etc., etc., a López Obrador. La campaña promocional de linchamiento a ex presidentes continuó desde entonces hasta las vísperas de la consulta, violando las propias reglas establecidas por el Congreso y propuestas por MORENA, los bots morenistas inundaron las redes sociales, material publicitario en forma de carteles, pegatines, anuncios diversos, proliferaron sin respetar tiempos y vedas. La consulta fue un fiasco, no obstante la sospecha fundada de que en regiones como Hidalgo, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, difícilmente podrían registrar mayor afluencia de votantes que en las zonas mejor comunicadas de carácter urbano de la altiplanicie. El resultado fue paupérrimo, menos del ocho por ciento de los votantes, porcentaje irrelevante en un ejercicio estadístico de opinión.

¡Ah! Pero ya apareció el peine y el peine se llama INE. Si la gente no fue a votar fue porque el organismo encargado de organizar la consulta no la hizo con el entusiasmo, promoción y esmero que la intención presidencial requería.

El presidente ha declarado que el INE, o al menos el INE como lo conocemos y algunos consejeros, Córdoba y Murayama con seguridad, desaparecerán de la faz electoral del país. El úkase del predictador ha sido pronunciado.

Es innegable, sin embargo, que ningún acaecimiento social obedece a un sólo vector, sino que por el contrario, en cualquier acto u proceso social confluyen factores múltiples, no siempre conocidos ni siempre mensurables. Nada impide pensar, por ejemplo, que la intención expresa de López Obrador no coincida con su intención real y que el resultado, aparentemente contrario a sus intereses, no haya sido desde su perspectiva un fracaso, sino que, por esperado, se encontraba en sus planes para fines todavía no confesos y quizás inconfesables.

Algunos hechos pueden resultar puntos de partida para conjeturas. Los primeros, objetivos, contrastarían sin duda con las especulaciones. La línea divisoria no es clara ni firme, pero en un espacio de opinión se pueden aventurar con tal de que no sean falsedades.

Es un hecho que antes de su ascenso al poder, López Obrador tenía como el enemigo público número uno al “innombrable”, forma en que nombraba a Carlos Salinas de Gortari.

Es un hecho también que investido como presidente, las baterías del presidente se han enfocado preferentemente contra Felipe Calderón, en menor medida contra Vicente Fox, menos contra Enrique Peña, no obstante que por ser más reciente estaría más en la mira y contra Ernesto Zedillo sólo incidentalmente.

También es un hecho que la mayoría, por no decir la totalidad de las faltas o delitos que hubieran cometido Salinas y Zedillo, ya han prescrito y no serían susceptibles de enjuiciamiento a estas alturas del partido. Evidentemente la acusación tiene un efecto mediático pero nada más.

Recién la semana pasada, el presidente anunció un decreto que, obviamente tiene la finalidad de ahorrarse lo que actualmente cuestan muchos reos, estableciendo una serie de causales para liberar a presos bajo ciertas circunstancias, lo que haría nugatorio un juicio, porque no terminaría en una sentencia ejecutable. Coincidentemente ese decreto favorece a Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Vicente Fox, quienes rebasan la edad prevista para ser condenados o permanecer como reos.

Es un hecho notorio, que, Ernesto Zedillo, se hizo de la vista gorda y permitió que López Obrador llegara a Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, no obstante que no cumplía los requisitos que en ese tiempo marcaban las leyes electorales.

Es un hecho sabido también, que no obstante el desacato del jefe de gobierno al mandato de una autoridad judicial federal, finalmente López Obrador libró esa grave responsabilidad sin manchas en su plumaje. Una impunidad de facto que sin duda contó con el placet del jefe del ejecutivo federal: la hoja del árbol no se mueve sin la voluntad de Dios.

Para nada es un secreto, que durante la última campaña presidencial, los ataques mas furibundos contra el presidente Peña Nieto, provinieron de Ricardo Anaya, el candidato del PAN, quien también sin ambages declaró que haría objeto de investigaciones y en su caso de castigo sin miramientos al priista. Es un hecho que la respuesta presidencial fue una denuncia que le involucró en manejos turbios, lavado de dinero y asociación delictuosa, que a media campaña fue un torpedo bajo la línea de flotación del buque panista.

Así las cosas, parecía más conveniente, y esto es pura especulación, para Peña Nieto el triunfo de López Obrador. La pasividad del morenista al no realizar acciones contra el ex presidente inmediato anterior, reforzaría esta suposición, volviéndola no tan descabellada.

Es un hecho innegable que el presidente López Obrador está obligado a denunciar los delitos de cuya comisión tenga conocimiento. Lo es también que, sin duda, al asumir la presidencia tomó conocimiento de muchas irregularidades, muchas más de las que suponía. Pudo, o mejor dicho, debió haber formulado, si no directamente, sí a través del jurídico de la Presidencia la denuncia contra los ex funcionarios a efecto de que se investigara y castigara a los responsables. No lo hizo y eso abre el terreno de las especulaciones.

AMLO puede ahora, luego del resultado de la consulta, tener una justificación para cumplir pactos; puede descalificarla y soltar su jauría encabezada por Epidemio para presionar un juicio y veredicto “popular” y mantener vivo el tema; puede mover sus peones y aprovechar su mayoría en el Congreso y deshacerse de Córdoba y Murayama; puede reestructurar luego de medir su apoyo real, sus fuerzas y redefinir los procesos para la consulta de revocación de mandato.

La consulta fallida quizás no lo fue tanto, y una mente truculenta como la del predictador, seguramente hallará la forma de sacarle partido.

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