Por J. Jesús López García

Las formas de una ciudad obedecen a cierta cantidad enorme de variables: la topografía -la manera en que está dispuesto el suelo natural-, donde colinas, montañas, escurrimientos de aguas pluviales, proximidad de lagos, ríos, playas, entre otros, dan como resultado configuraciones diversas y aún más variadas combinaciones de factores, la manera en que la ciudad se relaciona con su región estableciendo caminos, anteponiendo murallas -que por cierto a la larga resultaban inútiles, tal cual es hoy-, garitas, sectores y distritos “seguros” o zonas de amortiguamiento, las modalidades de tránsito que obedecen a la circulación a pie o en diferentes vehículos y así una abundancia de circunstancias y situaciones que van legando a las ciudades sensaciones distintas.

A esas formas que van adquiriendo las ciudades se van amoldando sus edificios, a veces de maneras ingeniosas, otras de forma precaria, en ocasiones permanentemente y otras más solamente de modo transitorio. Mercados y zonas comerciales populares van ocupando huecos tratando de aprovechar todo tipo de tránsito, edificios altos buscan hacer rentable la repetición de su planta de manera vertical y algunos inmuebles se encaraman de modo vertiginoso a los accidentes del terreno desde el cual se desplantan como el conjunto monástico de la Iglesia ortodoxa griega en el Monte Athos.

La arquitectura encuentra variadas maneras de adherirse al suelo, tal como la naturaleza se empeña en manifestar sus florescencias donde haya tierra vegetal y eso es apreciable no solamente en sitios donde la naturaleza plantea desafíos especiales, sino también en lugares donde la misma estructura urbana se torna compleja debido a la superposición de estructuras viales y construidas que el sitio manifiesta.

Los conventos novohispanos del siglo XVI y XVII en la región yucateca disponían a los templos de tal manera que su masa proporcionase sombra al claustro para evitar un fuerte asoleamiento como un remedio para mitigar las altas temperaturas. Los templos romanos se desplantaban desde un podium para mitigar la percepción de pequeñez de esos templos frente a las grandes masas de las basílicas cercanas en las plazas y atrios de los foros de las ciudades del imperio romano.

Las configuraciones de las ciudades contemporáneas presentan cambios drásticos en lapsos mucho menores a los presentados en las ciudades hasta antes del siglo XIX. Con la explosión urbana contemporánea desatada por la Revolución Industrial y sus ritmos acelerados, los cambios en la morfología urbana son más radicales y se realizan en muy poco tiempo, por lo que los edificios tienen que adaptarse a esas condiciones de manera rápida y de la forma más eficiente posible. Cuando los cambios eran bien acompasados, la reflexión, la prueba y el error eran implementados para definir la forma arquitectónica precisa. Actualmente esa hechura debe ser implementada y ejecutada rápidamente dando resultados diversos -y la fortuna de las conclusiones también-.

Una de las formas urbanas contemporáneas propiciadas en los albores de la Revolución Industrial es la apreciada en las “cuchillas” que rematan el o los extremos de una manzana. Usualmente provocadas por la cercanía de una glorieta o algún tipo de vía perpendicular y por el trazo superpuesto de redes viales no paralelas. Esas formas urbanas con frecuencia son ocupadas por edificios como el que se ubica en la esquina conformada por las calles Poder Legislativo y Ezequiel A. Chávez.

Edificio que posee una planta con un ángulo agudo que se trunca en la punta y que tiene dos fachadas contrapuestas no paralelas. En el caso de este inmueble cercano a la glorieta frente al templo de La Purísima, es una finca con rasgos modernos de alrededor de los años sesenta del siglo pasado de tres niveles, siendo el superior ocupado por una terraza panorámica. En esa zona de la ciudad son varios los edificios que tienen un planteamiento arquitectónico similar y en respuesta a lo comprometido del área disponible casi todos presentan dos o más plantas.

Las fincas desplantadas en terrenos irregulares terminan siendo obras con características particulares, propuestas con una personalidad individual cuando son bien resueltos. Desafortunadamente ante la falta de imaginación, o tal vez solamente por el riesgo que entraña una inversión fuerte en materia de construcción, muchos terrenos de formas “extrañas” que pueden recibir proyectos interesantes, son depositarios de construcciones más o menos efímeras que envejecen mal y que más que ayudar a ordenar la imagen urbana del sitio, terminan por difuminar aún más su legibilidad con diseños caprichosos construidos de manera provisional que terminan por degradarse rápidamente, y con ello por degradar la imagen del sitio.

Pero esperemos que la construcción de edificios sea abordada de manera seria y que se busque en la inversión de su hechura, un beneficio urbano de mayor aliento que la utilidad simple e inmediata. Así esos terrenos que parecen sobrar podrán producir proyectos  interesantes. Sin duda en Aguascalientes dada su conformación primigenia contamos con edificaciones bien resueltas en terrenos “residuales”, basta observar el inmueble ubicado ahí mismo en la zona de La Purísima, en las calles Ezequiel A. Chávez Norte y Alameda.

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