Luis Muñoz Fernández

 La historia ha llegado a un punto en el que hombre moral, el hombre íntegro, está cediendo cada vez más espacio, casi sin saberlo […] al hombre comercial, el hombre limitado a un solo fin. Este proceso asistido por las maravillas del avance científico, está alcanzando proporciones gigantescas, con un poder inmenso, lo que causa el desequilibrio moral del hombre y oscurece su lado más humano bajo la sombra de una organización sin alma.

 

  Rabindranath Tagore. Nacionalismo, 1917.

 

Entre las muchas voces que se elevan durante la pandemia, las hay de alarma. No sólo por las consecuencias sobre la salud física, sino por las que, con la excusa de la peste, puedan volverse influencias permanentes en la formación de los ciudadanos del mañana.

En esta vertiente, no podemos hacer oídos sordos a una voz que nos interpela directamente, incluso en el aquí y el ahora de Aguascalientes, pues nos alerta sobre el futuro de la educación escolar y universitaria una vez que pasen los riesgos graves y se retorne a la actividad docente.

Esa voz es la de Nuccio Ordine, profesor de literatura italiana en la Universidad de Calabria, que lleva ya tiempo recordándonos la importancia de estudiar las humanidades para todos aquellos que acuden a las aulas. Insistencia más que singular cuando en Occidente se impone la tendencia de eliminarlas de los planes de estudio por considerarlas un estorbo.

En apoyo a su reclamo, Nuccio Ordine escribió La utilidad de lo inútil. Manifiesto. (Acantilado, 2013), un libro que pese a su extensión relativamente modesta (poco más de 170 páginas) me parece de una gran importancia. Además de las reflexiones del propio Ordine, acompañadas de las palabras de numerosos escritores y pensadores de todos los tiempos, esta obra incluye un pequeño ensayo (La utilidad del conocimiento inútil, 1939) de Abraham Flexner (1866-1959), el famoso educador estadounidense que revolucionó la enseñanza de la medicina de aquel país a principios del siglo XX.

Uno de los aspectos más interesantes que revela el libro de Ordine es la estrecha relación entre el modelo educativo y los intereses económicos hoy predominantes. Estos intereses se caracterizan por la omnipresencia del mercado en todos los ámbitos de la vida humana, incluso aquellos que antes se mantenían al margen de lo mercantil. Como lo señala Michael J. Sandel, filósofo político y profesor en la Universidad de Harvard (Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado. Debate, 2013): “El cambio más funesto que se produjo durante las últimas tres décadas no fue el aumento de la codicia. Fue la expansión de los mercados, y de los mercados de valores, hacia esferas de la vida a las que no pertenecen”.

El panorama que nos muestra Ordine es desolador: “…quisiera detenerme un momento en los efectos catastróficos que la lógica del beneficio ha producido en el mundo de la enseñanza… De manera progresiva, pero muy preocupante, el Estado ha iniciado un proceso de retirada económica del mundo de la enseñanza y la investigación básica. Un proceso que ha determinado también, en paralelo, la secundarización de las universidades. Se trata de una revolución copernicana que en los próximos años cambiará radicalmente la función de los profesores y la calidad de la enseñanza”.

Y prosigue: “A los estudiantes se les considera ya como clientes… Las universidades, por desgracia, venden diplomas y grados. Y los venden insistiendo sobre todo en el aspecto profesionalizador, esto es, ofreciendo cursos y especializaciones a los jóvenes con la promesa de obtener trabajos inmediatos y atractivos ingresos. Institutos de secundaria y universidades, en definitiva, se han transformado en empresas. Nada que objetar, si la lógica empresarial se limitase a suprimir los despilfarros y a rechazar las gestiones demasiado alegres de los presupuestos públicos. Pero, en esta nueva visión, el cometido ideal de los directores de instituto y rectores parece ser sobre todo el de producir diplomados y graduados que puedan insertarse en el mundo mercantil”.

¿Es ese enfoque laboral el objetivo principal de la educación que deben brindar las escuelas y universidades? Hoy pocos se lo preguntan, pero la respuesta es un enfático no. Nos dice Ordine: “Sería absurdo cuestionar la importancia de la preparación profesional en los objetivos de las escuelas y las universidades… Privilegiar de manera exclusiva la profesionalización de los estudiantes significa perder de vista la dimensión de la función educativa de la enseñanza: ningún oficio puede ejercerse de manera consciente si las competencias técnicas que exige no se subordinan a una formación cultural más amplia, capaz de animar a los alumnos a cultivar su espíritu con autonomía y dar libre curso a su curiositas… Sin esta dimensión pedagógica, completamente ajena a toda forma de utilitarismo, sería muy difícil, ante el futuro, continuar imaginando ciudadanos responsables, capaces de abandonar los propios egoísmos para abrazar el bien común, para expresar solidaridad, para defender la tolerancia, para reivindicar la libertad, para proteger la naturaleza, para apoyar la justicia”.

Y en una obra más reciente (Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal. Acantilado, 2017), Nuccio Ordine remata este punto del objetivo principal de las instituciones educativas diciendo lo siguiente: “Pero la escuela, y también la universidad, deberían sobre todo educar a las nuevas generaciones para la herejía, animándolas a tomar decisiones contrarias a la ortodoxia dominante. En vez de formar pollos de engorde criados en el más miserable de los conformismos, habría que formar jóvenes capaces de traducir su saber en un constante ejercicio crítico”.

¿A qué llama herejía el maestro italiano? Ordine se refiere a la etimología original de la palabra, que proviene del griego hairesis y significa elección. Tal como lo explica Michel Onfray en Decadencia. Vida y muerte de Occiente (Paidós, 2018):

¿Qué es la herejía? ¿Cuándo alguien es un hereje? Aymerich [Nicolás Aymerich, ca. 1320-1399, Inquisidor General de la Corona de Aragón] apela a las etimologías. Rescata los dichos de Isidoro de Sevilla, quien asocia “hereje” con “escoger” y da su definición: “El hereje, teniendo que decidirse entre una doctrina verdadera y una falsa, rechaza la doctrina verdadera y “elige” como verdadera una doctrina falsa y perversa. Es, pues, evidente que el hereje “escoge”. Esta definición supone, pues, una elección; supone un repudio con pleno conocimiento de causa; decreta la adhesión voluntaria al error… El hereje elige la herejía, quiere se herético.

Por eso Ordine insiste en que el principal objetivo de la escuela y de la universidad es proporcionarle al joven los medios para que descubra su propia verdad. Es decir, brindarle las herramientas para que se convierta en hereje escogiendo su propio camino.

Todo lo anterior es completamente contrario a la evolución y rumbo que está adoptando la educación en nuestro medio y, en general, en la mayoría de los países de la civilización occidental.

Así lo expresan Carlos Fernández Liria, Olga García Fernández y Enrique Galindo Fernández en Escuela o barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda (Akal, 2017):

Si tenemos que buscar uno de los hilos conductores que más profundamente subyacen a los cambios que estamos experimentando en el mundo de la enseñanza, habría que resumirlo en lo siguiente: la educación está dejando de concebirse como un derecho de la ciudadanía y está empezando a transformarse en un servicio y en una inversión. Una inversión por parte de las empresas y una inversión, también, a nivel individual, una inversión del estudiante, puesto que, al fin y al cabo, de su educación dependerá en el futuro su penetración en el mercado laboral y en el mundo económico de los negocios.

Hoy se considera que las escuelas y las universidades, tal como han funcionado hasta hace poco, no son útiles para estos tiempos en los que el “dios mercado” domina prácticamente todos los aspectos de la vida humana. El formar ciudadanos libres, con juicio crítico propio no sólo no es deseable, sino que se considera peligroso, pues atenta contra los intereses de los grandes corporativos empresariales y financieros. Son estas grandes empresas quienes detentan el poder real en la actualidad, incluso por encima del poder político.

En este contexto, no nos debe extrañar que buena parte de los planes y programas de estudio escolares y universitarios de los países occidentales sean diseñados por instituciones tan ajenas a la educación como el Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Tampoco debe sorprendernos que algunas empresas hayan tomado el papel de escuelas y universidades. Carlos Fernández Liria y colaboradores nos informan que el Reino Unido autorizó en 2008 que tres compañías privadas, McDonald’s, Network Rail y la aerolínea Flybe concediesen diplomas homologables con el bachillerato e incluso con doctorados en ingeniería: “la idea predominante es que la sociedad se beneficiaría mucho de la compenetración entre el mundo de la empresa y el mundo de la enseñanza. Son dos realidades, se dice, que no deben competir o darse la espalda, sino que más bien tienden a fundirse y a converger”.

De acuerdo al Plan o Proyecto Bolonia para reformar la educación universitaria en Europa (cuya más fuerte crítica ha sido su orientación privatizadora y mercantilista de la educación pública y la educación en general), los autores de Escuela o barbarie señalan que “lo ideal sería que las empresas y los departamentos universitarios se fusionaran cada vez más en una unidad, de tal modo que los estudiantes fueran desde el principio, ya desde su primera formación ‘trabajadores en prácticas’ (sin sueldo) de la empresa patrocinadora; que luego pasaran a ser becarios reconocidos (preferentemente pagados, por supuesto, con dinero público) y finalmente, terminarán la carrera en el seno mismo de la empresa, con un puesto de trabajo acorde con las demandas del momento”.

Lo descrito en el párrafo precedente, que a algunos nos parece muy grave, es perfectamente aceptado y deseado por no pocos de nuestros actores sociales, incluso por algunos de nuestros líderes educativos. Pasa por la transformación de los profesores en simples “facilitadores” que “apoyen” la formación autónoma de los alumnos. Y pasa también por la conversión del ciudadano (sujeto de derechos) y del trabajador (protegido sindicalmente) en lo que hoy se llama elogiosamente “emprendedor”, un individuo sin derechos ni protección que debe buscarse la vida en un mundo sin más reglas que las que dicta el mercado.

En palabras de Fernández Liria y colaboradores: “como la sociedad (el turbocapitalismo) está triturando al ser humano, es necesario estar bien entrenado. No vale con saber física, matemáticas, latín o historia. Hay que ser un atleta para vivir en un mundo así. Y los atletas no necesitan profesores, precisan de entrenadores. Puesto que la sociedad cambia vertiginosamente, hace falta centrifugar la escuela pública para que se ponga a la altura de los tiempos”.

Relacionado con todo lo anterior, hoy, en el centro de esta “revolución educativa”, aparece el uso de dispositivos artificiales, de máquinas, no sólo como auxiliares de la enseñanza, sino con la clara intención de reemplazar la relación personal entre el profesor y los alumnos. Con el desarrollo vertiginoso de la informática se podría pensar que el uso de máquinas en la enseñanza es un fenómeno relativamente nuevo, pero no es así. Nicholas Carr, escritor y crítico de la tecnología estadounidense, en su libro más reciente (La pesadilla tecnológica. Ediciones El Salmón, 2019) nos ilustra al respecto:

Al menos desde finales del siglo XIX, cada medio de comunicación ha inspirado visiones de una revolución pedagógica. En 1878, un año después de la invención del fonógrafo, el Times publicó un artículo en el que predecía que los reproductores de discos podrían ser utilizados en las escuelas “para enseñar a leer a los niños sin necesidad de la asistencia personal de un profesor; para enseñarles a deletrear, y para transmitir cualquier lección que pueda estudiarse y memorizarse”. El artículo concluía. “En resumen, la escuela podrá ser dirigida por máquinas”.

Con el paso del tiempo, con cada nuevo medio de comunicación que iba apareciendo o modernizándose, la idea de convertirlo en una nueva forma de educar se volvió recurrente. Así sucedió con el correo y los cursos por correspondencia a principios del siglo XX y siguió ocurriendo con el cine, la radio, la televisión y, por último, con la llegada de las computadoras. Sobre esto último, Nicholas Carr nos relata lo siguiente:

Después fueron los ordenadores los que harían que las aulas quedasen obsoletas. “No habrá escuelas en el futuro·, dijo Seymour Papert, del MIT, en 1984. “El ordenador hará saltar por los aires la escuela. Es decir, la escuela entendida como un lugar con clases, profesores que hacen exámenes, personas organizadas por grupos de edad, siguiendo un temario… todo eso”. La educación por internet tuvo también su burbuja, con la moda del “e-learning” a finales de los noventa. En 1999, John Chambers, director ejecutivo de Cisco, anunciaba: “la siguiente víctima de la aplicación de internet será la educación. La educación a través de internet crecerá tanto que hará palidecer el uso del correo electrónico”.

La enseñanza dirigida por las necesidades del mercado ve en el uso “educativo” de las computadoras una gran oportunidad para lograr sus fines y por ello impulsa decididamente la labor docente a través de medios digitales como las plataformas informáticas que hoy se han puesto de moda con la pandemia.

Ante el riesgo de que la digitalización de la enseñanza y la teledocencia dejen de ser recursos extraordinarios en una situación de emergencia sanitaria como la actual, para convertirse en la forma permanente y predominante de la enseñanza en escuelas y universidades, Nuccio Ordine, desde la biblioteca de su casa en Rende, en el sur de Italia, eleva de nuevo su voz de alarma y su gran preocupación en un video aparecido a mediados de mayo de 2020 que recomiendo ampliamente (https://www.youtube.com/watch?v=e9ijRqnU_7Q&feature=youtu.be), cuyo mensaje transcribo prácticamente completo a continuación:

Me inspiran terror los elogios que están propagando esta semana los cantores de lo virtual, de la enseñanza telemática. No hablo, claro, de la situación de emergencia. Ahora es inevitable adaptarse a lo virtual para salvar el curso del desastre. Me preocupan quienes consideran el coronavirus como una oportunidad para dar el tan esperado salto adelante. Afirman que ya no podremos volver a la educación tradicional o que, a lo sumo, tenemos que imaginar una didáctica híbrida, con unas clases en las aulas y otras a distancia. Y mientras el entusiasmo de los partidarios de la didáctica del futuro se expande como una ola, yo siento la incomodidad del que vive en un mundo en el que ya no se reconoce. En medio de tantas incertidumbres, yo he madurado una certeza: el contacto con los alumnos en el aula es lo único que puede dar verdadero sentido a la enseñanza e incluso a la propia vida del docente […] ¿Cómo podré arreglármelas sin los ritos que han dado vida y alegría a mi oficio desde hace decenios? ¿Cómo podré leer un texto clásico sin mirar a los ojos a mis estudiantes, sin reconocer en sus rostros los gestos de desaprobación o los gestos de complicidad?

Las escuelas y las universidades, sin la presencia de alumnos y enseñantes, se volverían espacios vacíos privados del soplo vital. Los estudiantes no son recipientes para ser llenados con nociones. Son seres humanos que necesitan, como los profesores, dialogar, interactuar y reconocerse en la experiencia vital de estar juntos para aprender. A los jóvenes ya no se les pide que estudien para mejorar, para hacer del conocimiento un instrumento de libertad, de crítica, de compromiso civil. No, no, a los jóvenes se les pide que estudien para aprender un oficio y ganar dinero. Se ha perdido la idea de la escuela y la universidad como una comunidad en la que se forman los futuros ciudadanos que podrán ejercer su profesión con una fuerte convicción ética y un profundo sentido de la solidaridad humana y del bien común […] Estamos olvidando que, sin la vida comunitaria, sin los rituales que regulan los encuentros entre profesores y alumnos en las aulas, no puede haber ni transmisión del saber ni formación auténtica. Ninguna plataforma digital, tengo que subrayarlo, ninguna plataforma digital puede cambiar la vida de un estudiante. Sólo los buenos profesores pueden hacerlo.

Finalmente, volvamos al libro Escuela o barbarie. Entre el neoliberalismo salvaje y el delirio de la izquierda, que resume lo que en realidad nos estamos jugando con esta apuesta a la educación dirigida por el mercado mediante el uso preponderante de las nuevas tecnologías. Según estos autores, el dilema que enfrentamos es: “si queremos o no este modelo humano que se nos propone desde semejante futuro suicida y demente. Es decir, si vamos a aceptar con resignación dejar de ser ciudadanos para acoplarnos a esta nueva subjetividad neoliberal. Si estamos dispuestos a dejar atrás las conquistas de la Ilustración, para precipitarnos en lo que vamos a llamar un nuevo Medievo, un nuevo feudalismo 2.0”.

Una nueva Edad Media en la que, como ya ha sucedido en otras ocasiones, los herejes serán quemados en la hoguera para la tranquilidad de las buenas conciencias y de las fuerzas que, como dice el doctor Leonardo Viniegra, nos han llevado al colapso civilizatorio.

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