Por J. Jesús López García

Cuando hablamos del “perfil” de una ciudad, nos referimos a la forma de los edificios. Hay urbes de perfiles muy reconocibles, como Manhattan en Nueva York, con las siluetas esbeltas a la distancia de sus rascacielos. Hay contornos más tradicionales como los de las ciudades occidentales en que el perfil de las torres o cúpulas de templos dominan el paisaje urbano, y ello va de metrópolis como Florencia a ciudades como la nuestra en que cada barrio del centro era dominado por los campanarios.

Hoy la forma de los edificios es más independiente pues los materiales y procesos constructivos modernos son más proclives a ensamblarse y articularse en composiciones libres de los cartabones tradicionales, obedientes a la piedra, la madera, el adobe y el ladrillo. El concreto, el acero y el vidrio han operado un cambio radical en los últimos ciento cincuenta años además expresado en múltiples formas, inéditas muchísimas de ellas.

Las formas que adopta la arquitectura se relacionan a factores que van mucho más allá del gusto compositivo de sus diseñadores. Las torres bajas y de base ancha de los campanarios oaxaqueños fueron producto de un proceso de ensayo y error en que los sismos tuvieron un fuerte papel. Los vanos verticales en nuestra arquitectura vernácula corresponde a una construcción de anchos muros de carga en adobe que no permitía claros muy grandes. En última instancia, la construcción y su depuración a tono con los importantes cambios en el pensamiento y en el decurso de los movimientos sociales, fueron los principales agentes que moldearon los estilos de la historia de la arquitectura de acuerdo al crítico e historiador de la arquitectura Francois Auguste Choisy (1841-1909).

Es por ello que en ciudades de los Países Bajos, se diese una aglomeración demográfica que propiciaba la llamada “parcela gótica” de poco frente y muy profunda que implicaba la construcción de edificios muy angostos pero muy altos para contrarrestar el precio de un terreno costoso, producto de la especulación inmobiliaria, de ello surgiendo un paisaje urbano muy denso en construcción, en que la forma de las calles continuaban en la esfera pública las operaciones financieras y económicas que se daban lugar en las plantas bajas de los edificios.

En Aguascalientes vemos la forma de los edificios tradicionales en los barrios más viejos, que aunque muchos son de inicios del siglo XX, aún tienen características de la arquitectura tradicional: alineados al paramento y vanos verticales. Pero desde fines del XIX, con la industrialización de la ciudad y los nuevos materiales constructivos, también llegó una nueva manera de planear la ciudad con base en una red vial más dinámica y a una trama urbana más densificada en terrenos en que anteriormente se ubicasen huertas y establos.

Los cambios fuera del centro de la ciudad son muy evidentes, pero dentro de él, son más sutiles aunque claros. Como ejemplo la finca ubicada en la calle Poder Legislativo No. 112, vemos cómo el ladrillo sustituyó al adobe y el concreto de los cerramientos a la madera, por lo que los vanos son más anchos.Tiene una composición en dos ejes de paramento en que parecen articularse dos cuerpos del mismo inmueble mediante una terraza -elemento totalmente moderno- protegida por un barandal de acero similar a los utilizados en los barcos transatlánticos, e integrándose con un plano curvo en el acceso, gesto moderno también, un remate mixtilíneo como guiño neocolonial a una contrastante tradición.

Como se ve, la forma de los edificios es un tema en el que convergen múltiples circunstancias. La finca analizada, correspondiente a una época de cambio constructivo y urbano en nuestra ciudad, pueden observarse múltiples elementos para analizar su composición y concluir que las buenas formas de la arquitectura, al margen de la magnitud histórica o artística del edificio, siempre tienen algo que contar.

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