Por J. Jesús López García

Existen edificios que no poseen una brillantez especial, es decir, inmuebles que no se manifiestan con un impacto particular, sea por la composición plástica, por la situación histórica, o por lo novedoso de su técnica constructiva. Sin embargo, con el correr del tiempo, y debido a la constancia de su ocupación por un conjunto de actividades o una manera de representar a alguna institución respetada o estimada por la comunidad de manera continua en el tiempo, hay fincas que parecen contagiarse de esa buena imagen no obstante el modo discreto de su expresión.

El número 10 de Downing Street en la ciudad de Londres, Inglaterra, es la residencia oficial y despacho donde laboran el Lord del Tesoro y el Primer Ministro británicos, que en origen eran tres propiedades diferentes: una mansión, una cabaña adosada y una casa más humilde que daba a la calle que lleva el nombre actual del famoso domicilio. Realmente pocos primeros ministros la han habitado por no ser muy práctica, sin embargo continúa siendo una dirección conocida por todos los ingleses y por quienes a nivel mundial estén mínimamente enterados en política internacional. Una casa con cierta majestuosidad, pero discreta para la investidura de unos personajes de ese nivel; habla de lo que la arquitectura como planteamiento político puede hacer: una nación poderosa, rica y orgullosa no tiene por qué demostrar ello en fastos para sus gobernantes.

Fuera de la política, el Teatro The Globe -que con ese nombre hace referencia a la imagen de Hércules cargando el globo terráqueo- fundado el último año del siglo XVI, destruido por un incendio y demolido antes de iniciar el siglo XVII por el puritanismo isabelino, se volvió a construir en la última década del siglo pasado -muestra de la permanencia en la memoria colectiva de las cosas buenas-. Fue la sede del arte dramático de William Shakespeare (1564-1616), construido inicialmente por William Street con alguna intervención -presuntamente- del gran arquitecto inglés Iñigo Jones (1573-1652). Es un coso simple con galerías en tres niveles y patio frente al escenario en un esquema circular, muy diferente a la configuración de los teatros actuales que atienden a una dramaturgia diferente. Pero el teatro se reconstituyó y si bien con su estructura tradicional inglesa de madera y muros de paños simples no es un edificio muy agraciado, lo cierto es que  es inconfundible en la orilla del Támesis y se mantiene como referencia de la literatura y el teatro universales.

Caminando por la calle Lic. Francisco Primo Verdad en nuestra ciudad de Aguascalientes nos encontramos con la finca de la Cruz Roja Mexicana, institución apreciada en un país donde su utilidad y pertinencia se han mostrado de manera ininterrumpida en la vida particular de las familias o en las catástrofes nacionales que desafortunadamente golpean de manera periódica a nuestro país. Es un edificio común a los realizados a mediados del siglo XX en Aguascalientes donde se mezcla algo de la Escuela Moderna de arquitectura con algunos arreglos plásticos para mitigar la sencillez del estilo: retícula marcada en vanos, algunos elementos salientes -en el extremo superior derecho- que recuerdan de manera discreta al futurismo italiano, enmarcado todo el contorno y recubrimiento de piedra en la franja de fachada que ocupa la circulación vertical, hoy pintada de rojo.

Por otro lado, la prensa local mencionaba en agosto de 1953, que el proyecto de La Cruz Roja era “…para reformar el edificio que ocupa la delegación de la Benemérita Cruz Roja Mexicana, ha sido elaborado por la actual Mesa Directiva de la Institución, que encabeza el señor Juan María Romo. Estas reformas incluyen la construcción de un primer piso, ampliación de la fachada del edificio que permita el acceso de las ambulancias y construcción del aula de la Escuela de Enfermeras”. Sin embargo para octubre del mismo año el mismo señor Romo mencionaba que “…hasta la fecha el arquitecto Humberto León Quezada no ha entregado los planos para la ampliación y acondicionamiento de la Delegación, Puesto de Socorro y Escuela de Enfermeras, por lo cual, y dado que se desea iniciar las reformas cuanto antes, se pedirá la cooperación del ingeniero Gustavo Talamantes, de la firma Talamantes y Urzúa, para emprender cuanto antes las deseadas reformas”.

Como el inmueble de la Cruz Roja Mexicana aún quedan varios en pie, apuntalados en lo físico y en la memoria por los valores perennes de sus ocupantes. La arquitectura sirve a esos méritos como símbolo de la permanencia de esos valores, y de paso, como aglutinadora de experiencias compartidas, como un tótem urbano en que el objeto -no obstante la «normalidad» de su apariencia- recibe y retransmite alguna energía social que contribuye a dar sustento a la edificación continua de una comunidad.

Es así como la finca con su ocupación original le transmitió un aura positiva y de respeto, prueba de ello es que no ha corrido con el destino que han experimentado edificios similares, en composición arquitectónica, de su momento de los cuales quedará tal vez alguna fotografía.