Por J. Jesús López García

Por su propensión a durar mucho tiempo, existen edificios que terminan por asimilarse al paisaje. Ciertamente los hay aquellos que tratan de enfatizar las líneas de ese panorama, como la Pirámide de la Luna con el Cerro Gordo que está detrás suyo en Teotihuacán, o la imponente Pirámide del Sol sobre la misma Calzada de los Muertos que parece imitar con sus tableros y taludes el perfil de la topografía del lugar. Ciertamente esa metrópoli prehispánica es imponente y no pasa desapercibida para los visitantes que el turismo mundial produce en grandes cantidades. Lo mismo sucede en otros sitios, como la ciudad de Roma donde la enorme masa del Coliseo es uno de los objetos más visitados en una localidad con un acervo arquitectónico imponente, pero no fue así durante la Edad Media y luego en buena medida durante los siglos XV, XVI y XVII, en que el edificio sirvió como cantera para la provisión de piedra útil en la construcción de otras fincas. Por sus dimensiones, el Coliseo sobrevivió en sus rasgos generales, hasta que en el siglo XVIII con el renacido interés por los grandes monumentos de la Antigüedad, fue preservado y estudiado sirviendo como uno de los modelos más acabados para los nuevos paradigmas arquitectónicos y como materia de la entonces nueva disciplina de la arqueología.

La publicidad tiene una vida útil extremadamente reducida, tras lo cual su impacto empieza a desvanecerse y a hacerse casi imperceptible. Algo similar ocurre con los edificios, que cuando nuevos muchos, no todos, parecen resplandecer y luego el tiempo, la cotidianidad y el desgaste natural empiezan a opacar el interés en ellos hasta que se vuelven parte de un contexto en que se les da por hecho, como el pavimento con todas sus grietas, las lámparas del alumbrado público o los tableros espectaculares de la propaganda urbana.

Si el edificio es representativo de una comunidad, su cuidado está más o menos garantizado, sin embargo, cuando es un edificio más, son sus propietarios u ocupantes los encargados de mantener la integridad del inmueble ante el duro paso de los años, que al final terminan por hacer patente su peso.

El entorno de los bloques cambia, lo mismo que la consideración del uso, su connotación económica, social y urbanística, lo que hace que inmuebles que antes poseían cierta distinción, terminan siendo parcialmente, o a veces totalmente, ocultos, como el Coliseo, esperando que una nueva reconsideración les sustraiga de la ruina parcial o total.

Si bien es cierto que hay fincas que no poseen un valor arquitectónico o histórico especial, la verdad es que muchas sí son un testimonio interesante de una manera de proyectar y construir identificada con un tiempo o un talante social o cultural específicos, como el inmueble ubicado en la calle 5 de Mayo No. 131, al inicio del túnel que desde la calle José María Chávez continúa por debajo de la Plaza de la Patria antes de convertirse en la vía mencionada. Antes de existir ese paso a desnivel, la calle era todavía la llegada principal a Aguascalientes desde la Ciudad de México, por ello el edificio, a una cuadra escasa de la portada de la Catedral, era más o menos visible. Ahora se encuentra dispuesta en un estrecho andador más o menos evidente para quien camina, pero parcialmente nublado para los automovilistas -que en ese punto de la ciudad son legión-; a su lado está el centro comercial Plaza Patria que contribuye a hacerlo más invisible aunque sigue siendo un inmueble bien conservado, al menos en su exterior, que es lo que percibimos.

Sin duda alguna, el inmueble descrito se alza como una invitación a ver con otros ojos estos ejemplares, que aunque relativamente recientes, ya se encaminan a tres cuartos de siglo y presentan las características arquitectónicas de una parcial modernidad -que admite rasgos tradicionales como la ventana en cuadrifolio-, que cambió en el siglo XX la fisonomía de la ciudad que ahora parece borronearles paradójicamente.

Esa arquitectura inadvertida quizá sólo esté esperando una reconsideración por parte de la urbe que ella misma, curiosamente, contribuyó a formar.

Posiblemente la vorágine de los nuevos tiempos ha hecho que la traza urbana se haya visto modificada, y con eso, las fincas que se observaban a pie de calle ya no es posible hacerlo dada la imposibilidad física. Es un hecho que los múltiples pasos a desnivel y los puentes han transformado la manera en cómo transitar, lo que da como resultado que si antes no apreciabamos la arquitectura existente en ese sitio al tener una perspectiva amplia para hacerlo, ahora menos, pues no acostumbramos a levantar la vista hacia segundas plantas, lo que trae como consecuencia el desconocimiento de nuestra propia capital.

Particularmente en el Centro de la ciudad podemos observar infinidad de fincas que son dignos ejemplos arquitectónicos, con soluciones que respondieron a las necesidades del momento en que se erigieron, y que aún hoy continúan funcionando perfectamente, amén que son las que conforman el perfil e imagen de Aguascalientes hoy.